La autora toma un tema tan conocido por muchos y logra darle diversos significados al tiempo que ahonda en la emoción del abandono y todo lo que implica. Un gran acierto del libro es el estilo, la mirada sobre lo cotidiano, el lenguaje que no teme mostrar sus verdaderas raíces: Bogotá y su panadería. Algunas imágenes que como símbolo son conocidas en este tema logran sostenerse por sí mismas: El mundo que es la madre, las constelaciones que es la familia, etc. Si bien los poemarios no deben tener una unidad temática, es muy valiosa esta propuesta porque es disruptiva y propone otra forma de entender la poesía y el cómo usurpar técnicas narrativas para ponerlas al servicio del símbolo y cómo el efecto bola de nieve causa un impacto emocional y termina por construir y dar luz y sentido al poemario. Debo decir que hay algunas cosas que creo pudieron desarollarse mejor, como la idea de los apartados sobre la palabra/imagen animal, siento que se queda allí, no logro llevarlo hasta el final y atarlo con otros sentidos. Por último, siento que hacia la mitad del libro el abandono del padre y las emociones se hicieron demasiado evidentes y repetitivas, llegó un punto de saturación en que no sentí ninguna emoción nueva ni tampoco una perspectiva disruptiva. Además, la conclusión es muy fácil: no podemos ser otra cosa más que esto y gracias a ello somos quienes somos. Habiendo tantos elementos con los cuales trabajar me pareció que el cierre no da la talla. Y, bueno, la repetición de emociones de rabia, tristeza y espera de aceptación por el padre llegó a un punto que me pareció escuchar todo el tiempo a una adolescente, lo cual no está mal, solo que a medida que avanzaba el texto y la mirada se hacia más grande porque el personaje crecía, pensé que encontraría otra gama de emociones y miradas. Es una propuesta muy bella que me gustaría incluso estudiar más en términos de lo creativo, hay mucho que aprenderle a la autora.