4.8/5
Hace rato que tenía esta deuda con Lemebel. Había algo en mí que cachaba lo que venía, como una advertencia calladita, pero nunca me imaginé que lo iba a pasar tan bien leyéndolo. Es como escucharlo hablar, como si sus palabras se te metieran entre los oídos con toda su cadencia, con ese tono entre jugoso y filudo que no deja espacio para perderse.
Poco hombre es un festín de crónicas, un muestrario impecable de lo que fue y sigue siendo Pedro Lemebel: el escándalo bien puesto, la flor que florece aunque la quieran marchitar. Esta antología no es solo un recuento de los mejores textos, sino una invitación a mirar a Lemebel con nuevos ojos, a descubrir sus guiños, sus ironías, esa manera única de bordar el lenguaje con lentejuelas y sangre.
Las páginas están cargadas de un Chile que pocos se atreven a mostrar. Ese Chile marginado, sudado y a ratos enfiestado que, a pesar del olvido oficial, se resiste a morir. Lemebel te lleva por los barrios olvidados, los gestos mínimos de la sobrevivencia, y te los tira en la cara con toda su crudeza y belleza. No hay filtros ni palabras domadas: todo es brutal y honesto, pero al mismo tiempo, tiene ese toque casi teatral, bien amanerado, que lo hace inconfundible.
Su prosa es puro ritmo, pura calle. Leerlo es como escuchar al cabro más ingenioso de la población contarte la historia más triste y más hermosa al mismo tiempo. Y en el fondo, lo que dice es simple, pero no por eso menos potente: hay que mirar donde duele, porque ahí está la verdad que se ha querido enterrar.
Y ojo, que esta selección de crónicas no es al lote. Echevarría las reagrupa de una manera que te da una lectura nueva, una forma distinta de ver a Lemebel, como si cada texto conversara con el otro, mostrándote nuevos pliegues y resonancias que quizás antes no habías pillado.
En resumen, Poco hombre es de esas joyas que te dejan marcando ocupado. Leer a Lemebel es como abrir una ventana que no sabías que tenías cerrada, para que entre el aire fresco, pero también ese olor a tierra mojada, a sudor, a vida real. Es lejos de lo mejor que he leído de la literatura chilena. Lemebel es un lujo y una bofetada, y por mucho que lo releas, siempre habrá algo nuevo que te remueva el alma.