Este libro es publicidad engañosa, un engaño orquestado por el autor que la escribió y por la editorial que colocó un resumen tan atractivo. Si tu me dices que esta novela va a tratar sobre la sustitución del continente europeo en los albores del siglo XX por otro completamente virgen con una fauna y flora que se podría decir alienígena, y que este continente tiene que ser explorado por una expedición científica para identificar y catalogar todas esas nuevas especies, me tienes que dar exactamente eso: ecosistemas fantásticos, animales y plantas extrañísimas tan asombrosas como peligrosas, naturalistas intercambiando impresiones, hipótesis y teorías, el hombre contra la naturaleza indómita; sentimiento de la maravilla, en resumen. Pero Robert Charles Wilson, quien ya me engañara hace unos años con su novela Spin de la misma manera, me la ha vuelto a jugar contándome una historia que nada tiene que ver con su premisa inicial.
Darwinia, en efecto, comienza con la inexplicable desaparición de todo el continente europeo, aunque mejor sería decir de todo el contenido europeo, pues del continente se han volatilizado ciudades, ciudadanos, animales, plantas, etc.; todo, a excepción de su contorno geográfico. En su lugar ha aparecido un nuevo continente, Darwinia, una extensión inmensa de bosque de plantas desconocidas para la ciencia habitada por una fauna que difícilmente puede considerarse terrestre. Tal desaparición provoca que las potencias europeas hayan desaparecido o hayan quedado reducidas a sus colonias, caso de Reino Unido, o a un puñado de ciudadanos que se alojaban fuera del continente para cuando ocurrió el fenómeno. Este cambio en el panorama geopolítico provoca, como es lógico, que la balanza de poder se incline hacia Estados Unidos, que pese a encontrarse inmerso en una crisis económica debido al colapso del comercio internacional, reclama los derechos de explotación del nuevo continente en contra de lo que queda del Imperio Inglés, dispuesto aún a recuperar su metrópolis a toda costa, y de los gobiernos improvisados de los extintos estados europeos, que ya han mandado adelantados, pioneros y buscavidas con la intención de asentarse en el continente antes que los estadounidenses. En este tumultuoso contexto ucrónico, una expedición científica parte hacía el interior de Darwinia para cartografiar esta terra ignota. Sin embargo, los mecenas impulsores de este proyecto tienen interés más particulares que científicos.
Con un inicio tan estimulante podéis imaginar la velocidad con la que devore los primeros capítulos. Tan cegado estaba por el entusiasmo que no reparé en que Wilson me había tendido una trama, que no había tomado en suficiente consideración la segunda línea narrativa de la novela. En efecto, la expedición no es la única ventana que tenemos a este mundo, hay otra que transcurre en Estados Unidos y que tiene a un médium como protagonista. Al principio no me importo, de hecho, vi con buenos ojos tener otro punto de vista para saber más de esos intereses ocultos que he mencionado antes. Además, este protagonista, que al poco se descubre como antagonista, añadía un nuevo misterio igual de sugerente, a saber, el origen de sus poderes. En efecto, lejos de ser un fraude o un oportunista, este médium es capaz de comunicar con los muertos mediante la intercesión de un ente desconocido, y es gracias a éste que el médium se convierte en un arribista y va escalando socialmente hasta llegar a medrar en las familias bien de Nueva Inglaterra. Sin embargo, conforme la trama se desarrolla, no pude evitar notar cómo esta segunda historia iba ganando más peso y cómo cada vez pasaba menos tiempo en Darwinia. Esto ya no me hizo gracia ¿No habíamos quedado que esta historia trataba sobre la exploración de un nuevo continente? ¿Acaso no pone Darwinia en la portada del libro?
Pues no. Esto no va de Darwinia; Darwinia es solo el pretexto para hablar de algo mucho más grande: años luz más grande. Porque Darwinia, en realidad, va de la lucha cósmica de entre el conjunto de todas las conciencias inmortales de antiguas civilizaciones interestelares y una suerte de IAs víricas. Al parecer, en el casi cero absoluto que marca la muerte térmica del universo, estas inteligencias colectivas crearon -o crearán, o hubieran creado; con estas cosas los tiempos verbales son confusos-, fuera del tiempo, un reservorio virtual que contendría todas las conciencias de todos los individuos de todas las especies que han existido en este y en los infinitos universos. Durante la confección de estas unidades de almacenamiento cósmicas surgen estas inteligencias artificiales que buscan apoderarse de ellas y corromperlas, lo que obliga a estas macroentidades a tomar ciertas medidas que provocan, entre otros desajustes, que haya aparecido Darwinia en la Tierra.
Es en el momento en que aparece este giro en la novela que Darwinia pasa no a un segundo plano, sino que se convierte en un escenario comparsa que nada importa, porque ahora solo importa esta lucha, lucha que llevaran a cabo mediante avatares, que ya podéis imaginar quiénes son. En efecto, el protagonista, Guilford, que se enrola como fotógrafo en la expedición al continente, y el antagonista, el médium; aunque no son los únicos, hay muchos más avatares buenos y malos pululando a lo largo de la historia que solo tienen verdadero peso al final de la novela.
Es un error juzgar una obra por lo que no es en vez de por lo que es. Puede que Wilson me haya escamoteado la historia que yo quería leer, pero no era esa la historia que Wilson quería escribir, y eso es lo que yo debo juzgar. Bien, pues si juzgo la novela luego de este volantazo solo puedo decir que la historia es, a lo sumo irregular, con un ritmo aceleradísimo, con la aparición y desaparición de varios personajes que parece que van a tener mayor peso en la trama y un protagonista soso y aburrido.
Puede que haya revelado mucho más de lo que debería con esta reseña, pero me gustaría evitar a futuros lectores el mismo posible desengaño. Darwinia no es una novela de aventuras clásica en tierras vírgenes desconocidas, sino una novela de ciencia ficción dura y transhumanista igual de ambiciosa y desquiciada que Ilión de Dan Simmons, aunque infinitamente menos lograda. Si os acercáis, que sea sabiendo lo que vais a leer, que gestionar las decepciones siempre es desagradable y uno acaba siendo injusto con la novela, cuyo único pecado es ser irregular.