«Para hacerlo callar, Evavangeline arremetió con la cabeza, le arrancó un trozo de cuello de un bocado y lo escupió sobre las sábanas como si fuese una ostra. El se quedó mirándola embobado y, al momento, se puso a gritar. Ella logró liberar por fin la
pistola, lo agarró de la papada, le metió un tiro en el ojo derecho, luego le estabilizó la cabeza y le metió otro en el izquierdo, y luego otro más por la nariz, mientras sus labios seguían formando palabras. Acto seguido, girándole la barbilla hacia ambos lados en busca de ángulo, le descerrajó una bala en cada oído de tal forma que apenas le quedó nada por encima de la mandíbula inferior, la mitad superior del cráneo vencida hacia atrás como un capuchón de pelo. Con la cara llena de salpicaduras sanguinolentas, se dio cuenta de que la dentadura inferior permanecía intacta. Retiró la sangre, le extirpó una muela de oro con el cuchillo y, al soltar el cadáver, la cabeza se desangró sobre el catre como una lata de pintura volcada. Retrocedió unos pasos y recargó. La pólvora le había quemado la membrana entre el pulgar y el índice. Volvió a poner en su sitio la aguja del gramófono que había derrapado y, entonces, por un breve instante en su vida, mientras el humo se enroscaba en el aire, escuchó las cuerdas de Haendel».