Frenética, como si saliera sin filtro alguno a través de la mente del autor, es la narrativa que Antonio Calera-Grobet expone en este pequeño conjunto de episodios acerca de la vida de un paria suburbano, borracho, drogadicto, pendenciero y escritor, que en un afán documentalista llena libreta tras libreta con las aventuras de su reducido grupo de amigos.
De lectura amena y tan veloz como su narrativa, Zopencos es un libro entrañable que apela a la nostalgia del lector por esas vivencias juveniles descarriadas y adictas a la inmediatez más alegre y desoladora.
Capítulo tras capítulo se suceden, en un estupendo ejercicio del argot de ciudad zooburbia (centro geográfico del relato), parte lenguaje popular y parte dialecto inventado por el autor, los relatos de amor, desamor, adicciones y sobre todo potencia vital, que posteriormente concluyen de forma inmejorable en ese futuro que, como muralla de acero, separa a los personajes de lo que alguna vez pretendieron ser.
Una vez concluída la lectura de Zopencos, que idealmente debe hacerse, al menos en el primer acercamiento, sin pausas de principio a fin. Llega el momento del silencio y de la asimilación de lo leído. Es aquí cuando el poder de la novela de Antonio se revela por completo, evocando cada lector los recuerdos de su propia Zooburbia, de sus picks, de sus compincheurs cabrones y de un pasado que ha quedado atrás, pero al que siempre se podrá retornar de forma indirecta a través de las páginas de Zopencos; para volver a ganarlo y perderlo todo, una y otra y otra vez.