This book was born of a refusal, the refusal of the very philosophy from which it has sprung. After the war, when it had become apparent that the classical tradition, and particularly neo-Kantianism, was breathing its last, French thought looked to Germany for its inspiration and renewal. Jean Hyppolite and Kojeve reintroduced Hegel and the "existentialists" and phenomenologists drew the attention of a curious public to the fundamental investigations of Husserl and Heidegger. If only by being understood as a phenomenological ontology, this books speaks eloquently enough of the debt it owes to these thinkers of genius. The conceptual material which it uses, particn1arly in chapters 1 to 44, outlines the Husserlian and Heideggerian horizon of the investigations. However, it is precisely this horizon which is questioned. In spite of its profundity and achievements, I wanted to show that contemporary ontology pushes to the absolute the presuppositions and the limits of the philosophy of consciousness since Descartes and even of all Western philosophy since the Greeks. An 'External' critique, viz. the opposing of one thesis to another, wonld have no sense whatever. Rather, it is interior to these presuppositions whose insufficiency had to be shown that we placed ourselves; the very concepts which were rejected were also the ones which guided the problem initially.
A formidable tome. I think I understood a good amount, although much went over my head, too. A fair portion of this is critiquing idealism and classical phenomenology, although Henry makes this rather confusing, refusing to let the reader know when he's actually endorsing a line of reasoning or merely setting it up in order to knock it down. Hence, the most rewarding sections were those in which he put forth his own ideas. He is a provocative thinker, and while there is quite a bit on which I disagree with him, I do think he makes valid and thought-inducing points that are important enough to escape the confines of academic philosophy. For example, he vigorously rejects that our feelings can be classified or studied, let alone thought of, by psychologists in a cognitivist way; for this perspective, which ignores the first-hand experience of affectivity, distorts and perverts what it means to feel at all, leading, as Henry perceptively points out, to contemporary society's misunderstanding of the emotions, e.g., our obsession with happiness. It is the radicalness of Henry's thinking which both attracts and repulses me, because his ideas of absolute subjectivity and interiority, the "predestination" of feelings, and the joy and suffering of life—just to name three—make a lot of sense to me and align, to an extent, with my own thinking; however, at the same time, I can't help but feel that he is too radical, leading to a serious form of solipsism that I find quite intolerable. I'm giving this four stars because in spite of the difficulty of this work, and some of the sheer drudgery required in getting through certain portions (especially you, Appendix!), it stands, in my eyes, as a premier work in phenomenology, and one which sets the foundations for what I take to be promising vistas for further thinking. It is vital that we consider a phenomenology of life.
Sencillamente, una de los mejores libros de filosofía del siglo XX. La crítica que hace a la obra de Heidegger, encuadrándola dentro del monismo ontológico que recorre la filosofía desde sus orígenes griegos, me parece definitiva. Sin embargo, es cierto, su propuesta fenomenológica “positiva”, que busca determinar la fenomenicidad del fenómeno, su esencia, en términos de Vida y de ipseidad manifestativa, plantea ciertos problemas. El más grave de ellos tiene que ver con la cuestión del tiempo y la apertura del hombre a la alteridad, reducidos ambos a un horizonte mundanal de comprensión. Opina García Baró que el gran logro de la obra de Michel Henry se encuentra en la afirmación decidida de la presencia del Absoluto en la vida del hombre. Sin embargo, cabría todavía preguntar, teniendo en cuenta los análisis henrynianos, cómo dicha presencia puede ser afirmada radicalmente si la cuestión del tiempo y de la alteridad, y, con ello, la cuestión de la esperanza, han sido en cierta manera borrados del horizonte originario de la Vida y su manifestación. No podemos olvidar que la revelación del Absoluto abre la vida del hombre a la esperanza. En este punto quizá se encontraría el gran "déficit" del planteamiento de Michel Henry.
De entrada, tengo que confesar que es un libro que me tomó mucho tiempo. Como lector, uno tiene ser muy paciente: le exige bastante, tanto como conocimientos previos como atención, y es que el autor, Michel Henry, va exponiendo los argumentos que pretenden fundar, en el nervio de la filosofía, la tesis de una «afectividad sin intencionalidad», como bien dice Lévinas («Dios, la muerte y el tiempo»). A lo largo de casi 700 páginas, Henry despliega una crítica de la filosofía occidental —centrándose, ante todo, en la moderna y contemporánea— que ha pensado que el ego cogito (Descartes), es decir, el yo pienso, puede ser captado como un fenómeno entre otros, como algo que se manifiesta como los demás objetos al yo. De esta manera, en la primera parte del libro se ve cómo el mentado «monismo ontológico» pretende hacer del yo un objeto, volviéndolo, a partir de la diferencia óntico-ontológica (Heidegger) también un ente. La entificación y objetivación del yo —si se me permite decirle de ese modo—, es, pues, el asunto que detona el texto de Henry. Su lectura de los modernos y contemporáneos (Descartes, Kant, Schelling, Fichte, Hegel, Kierkegaard, Husserl, Heidegger y Sartre) le lleva a mostrar cómo tanto la entificación como la objetivación colocan al yo, y con ello, a la conciencia, como asunto de lo que él llama «trascendencia». En ese sentido, son incapaces de captarlo en su esencia debido a que los toman como algo fuera de sí, sin atender a las condiciones de posibilidad de su manifestación con respecto de sí misma. En palabras de Henry, no dan con «la esencia de la manifestación». Por lo anterior, Henry despliega un estudio de la trascendencia que apunta a mostrar cómo la esencia de ésta es la «inmanencia», el darse de algo para sí mismo, la «auto-afección originaria». Esta inmanencia, que es un punto ciego para la filosofía, no sólo sustenta la crítica de la filosofía y funge como el corazón de su trabajo, también permite que el autor explore una serie de consideraciones que, hasta antes de él, no habían sido tratadas en su densidad. Y es que Henry le da a nociones como las de «afecto», «sentimiento», «soledad», «Sí mismo», «pathos» y «vida» un fundamento filosófico formidable. Me atrevería a pensar, incluso, que es el único filósofo que se plantea el asunto del Sí mismo con la seriedad que de suyo exige (concepto que, por cierto, ha sido profundamente manoseado y pervertido tanto por la psicología como por el psicoanálisis) dado que lo dota de una base sólida que no remite, de forma obtusa, a intentar asirlo a partir de la observación empírica (remanente de la trascendencia), sino que lo capta apelando a la «revelación» —paraconcepto medular de su trabajo, pilar de su crítica de la filosofía—.
Lo que cabe reprocharle al texto es que, en algunas ocasiones, quizás demasiadas, sea repetitivo —más con lo relativo a la afección, que termina siendo esencia de todo, hasta del Absoluto—. Pero eso es poco comparado con el hecho de que, como muchos franceses de su época, Michel Henry desarrolla sus argumentos distorsionando las afirmaciones de los autores a los que comenta o critica. Podría decirse que llega a ser bastante tendencioso. Lo digno de resaltar, en cambio, es que construye una impresionante teoría que restituye algo que parece perdido en las filosofías de mediados del siglo XX, a saber: la identidad. Y lo fascinante es que de ninguna manera lo realiza ingenuamente. En definitiva, es un texto cuya lectura podrá ser de sumo interés para todo aquel que se dedique a la filosofía y que esté cercano a las corrientes fenomenológicas, ontológicas y epistemológicas. Altamente recomendable.