El balanceo que se da entre estas historias cruzadas y simétricas hace que suegra y nuera, como se revelan casi al comienzo del libro, lidien con problemas de diversa trascendencia e intensidad con, justamente, inversa intensidad: mientras para Cecilia, joven dosmilosa con todos sus vicios, todo resulta trágico, Silvina vive cada minuto de su enfermedad como una nueva curiosidad que va descubriendo, no sin pesar, pero tampoco arrastrada por la ira u otros sentimientos que podríamos llamar «esperables». En su moderación seguramente se encuentre un sentido al atinadísimo epígrafe de Desayuno en Tiffany’s que elige Duhau, en el que se habla de unos «días rojos», en los que se siente miedo y no se sabe por qué. Así, expresiones como «Me asusto de mí misma. No quiero pensar en nada. Nada me calma pero, a la vez, ninguna cosa me perturba» parecen estar ambientadas en esa luz roja que ilumina al libro entero. De la crítica de Nicolás Scheines.