La historia reciente de Venezuela no debe considerarse meramente como una serie de sucesos desafortunados para nuestros primos del sur, sino una advertencia viva para todos los países de América Latina sobre la terrible factura que deben de pagar los países que siguen a líderes carismáticos, a caudillos mesiánicos que “ya no son ellos mismos, ahora ya son un pueblo”.
Las señales están ahí, frente a nosotros y si nos negamos a verlas, si no hacemos nada frente a ellas, vamos a pagar con sangre y lágrimas lo que se venga: “Eso no sucederá aquí” dicta la frase, “No somos Cuba” … y míralos ahora.
Publicado en noviembre del 2008, tres años antes de la muerte de Chávez, este interesante libro de Enrique Krauze vio confirmado sus peores temores. El líder mesiánico, Hugo Chávez, la nueva y rutilante estrella de la revolución, incondicional émulo de Fidel Castro (pero sin batallas), representaba para las románticas visiones del progresismo latinoamericano, la confirmación utópica del reino del pueblo en la Tierra. La Venezuela de Chávez era una Venezuela comunal, un país abocado al bienestar de su gente, un pueblo donde la justicia social era posible, donde el presidente era uno más y donde la voluntad del pueblo se encarnaba en un hombre que la comprendía, porque a su vez, era uno más del mismo pueblo.
La visión de este líder del pueblo, recorría América: “¡Mi Comandante! ¡Patria, Socialismo o Muerte! ¡Fidel y el Che son tus guías!” Y toda esa sarta de románticas estupideces infestaba la mente de los estudiantes de ciencias sociales quienes creían ser testigos de un verdadero ídolo del pueblo, se dieron entonces de bruces contra la realidad…
Cuando Krauze fue a Venezuela para recopilar entrevistas y una experiencia de primera mano, aún no existían ningunas medidas coercitivas del enemigo no. 1 de Venezuela — El Satánico Imperio Capitalista de los Estados Unidos— pero el ya mostraba, no los inicios, sino las pruebas de la debacle: Las tiendas de Mercal, creadas por el estado para ofrecer precios populares al pueblo (valga la redundancia) habían cerrado en un 42% y las que quedaban dentro del sistema, estaban mal abastecidas y las filas ya eran kilométricas para adquirir comida; el famoso proyecto Barrio Tierra Adentro que manejaba a médicos cubanos para atender a la población más necesitada, era también otro fracaso y hasta les llamaban doctores pastillita, porque todos recetaban lo mismo. Los que veíamos al Mico Mondante hacer show y pontificar y gobernar desde la televisión, ya notábamos su megalomanía, su figura construida sobre las leyes y su reino aplicado con un solo “Exprópiese”.
Y aun así, la gente lo adoraba. Obviamente, como ya comienza a perfilarse en este libro de Krauze, todas las señales estaban ahí. Y es que la masa, el vox populi, el pueblo, no es un ser consciente y eso Chávez (y Fidel) lo sabían muy bien. El pueblo es emocional y requiere dadivas (al menos los latinos somos muy así) y todos aplaudiremos como monos a cualquier tipo de estupidez que el mesías diga o haga.
Ah, pero cuando la dadiva se acaba y continua el mesianismo, entra la verdadera cara de estos gobiernos: totalitarios, fanáticos, antidemocráticos en realidad, aunque nacidos de la democracia, donde buscan destruir las instituciones porque ellos pretenden crear las suyas a modo, donde la constitución busca ser cambiada también para su beneficio con el pretexto de que es para el pueblo ¡Lo hemos visto montón de veces en América Latina! Y ni así entendemos.
El libro de Krauze fue una radiografía en su momento del desastre que estaba por venir. Por tal razón es un libro que ha sido despreciado por todos los estos gobiernos populistas (o populacheros) porque desnuda la realidad que subyace en ellos.
Un líder populista dice más sobre su pueblo, que de sí mismo. Se encaraman en el poder, porque debajo de ellos hay un pueblo irreflexivo que sostiene sus incoherencias y sus ocurrencias “populares”, porque creen que a estos tipos en realidad les animan buenas intenciones. Chávez era un narcisista que le encantaba ser la imagen de un héroe popular y la idea de que lo llamaran libertador de la América Latina, y el ladino de Castro supo verlo y manipularlo a su antojo. Cuando Venezuela se dio cuenta de su candidez, ya no había vuelta atrás.
Hasta el día de hoy, con un gobierno totalitario y opresor, los venezolanos están pagando la factura de jugar al revolucionario; de abrir las manos para recibir mientras cerraban los ojos a lo que debían ver.
“¿Temes acaso que tu país se convierta en otro Venezuela?” me han preguntado algunos de mis amigos antes.
Vaya… ¿Y no deberíamos?
Porque, señoras y señores, las señales están ahí. Y aquí está el libro de Krauze como prueba, porque lo que muchos veíamos y temíamos, es ahora una realidad. Crónica de una muerte anunciada, pues…