¿Un santo o un diablo, una oveja o un lobo rapaz, qué hace el hombre entre medio, cuál es su destino y cuál su realidad, qué orilla al hombre a desenvolverse en aquello que niega, pero lejos de anteponerse a un cambio se deja llevar? no es el santo (Empédocles) uno de esos personajes, angustiado perseguido por su duda, espiritual y material.
Una de las razones por las que elegí esta novela fue por su autor, Jordi Soler, no hace falta echarle flores, es un maestro de la narrativa. Había leído “Los rojos de ultramar” (2004) la cual encontré exquisita, pero hablaré de ella en otro apartado.
La novela inicia en las trincheras del periodismo, podría funcionar bien como una crónica aunque el narrador prefiere darle este giro de reportaje. El narrador, un periodista especializado en historias excéntricas, inicia la historia y poco a poco desaparece, lo olvidamos, lo perdemos de vista en la novela, vemos por otro lado solo al personaje, ‘el santo’ a este ser arrojado al mundo, a un barrio de cualquier ciudad de México, que deambula por un mercado en sandalias y arropado en su túnica, bendice y recibe insultos, la imagen roza la idea hippie y que a fin de cuentas es un santo laico, además de ser constantemente ‘sometido’ a pruebas dignas de un santo en la épocas antiguas, conlleva una vida tranquila que cambia con la llegada de personajes pintorescos y cóncavos.
El santo llamado por algunos o el ‘pope’ llamado por las rusas, o el santo varón en fin Empédocles su nombre real es señalado, es un personaje esperpéntico, digno como la menciona el narrador al estilo Valle Inclán, a la figura actual todos los personajes en la obra son cortados con esa tijera, carecen de cierta humanidad, el santo quien pelea contra el mundo y él mismo se topa con su sombra y con sus propios deseos, sucumbe, forma parte de ese aparato mafioso al que se debe unir para justificar su profesión. La historia enlaza la vida etérea que aspira el varón entre la podredumbre de la prostitucion, la mafia rusa, la corrupción del gobierno y la vida de barrio traqueteado por la cotidianidad, un mundo nauseabundo donde el tráfico de órganos toma un segundo plano y donde la existencia de algunos se basa en la oferta y la demanda.
La historia logra momentos cómicos, ácidos y sarcásticos, los nombres de los personajes evidentemente permiten una risa, las descripciones de ellos, por ejemplo: “Rusticiana Apodaca” ''Madame Erotikón” “Childeberto” entre otros, permiten una imaginación desbordada sobre sus personalidades freudianas. En algunos momentos de la lectura recordé algunas historias del maestro Sergio Pitol y esos personajes con una doble moral en busca de redención.
Sin duda “Restos humanos” es una novela entretenida, entre la cómicidad y el humor negro, donde desfilan la agenda oculta de los políticos, los sin sabores de los gobiernos y sus administraciones corruptas y sin escrúpulos.