¿Qué lugar ocupan la vergüenza, el miedo, la compasión, la confianza o la autoestima en la formación de la personalidad moral? ¿Nos gobiernan las emociones? ¿Son positivas para el discurso político? ¿Sería ética una soberanía del sentimiento? Victoria Camps lleva a cabo un estudio de las emociones para descubrirnos que los afectos no son contrarios a la racionalidad, sino que, por el contrario, sólo desde ellos se explica la motivación para actuar racionalmente. Sólo un conocimiento que armonice razón y sentimiento incita a asumir responsabilidades morales.
Este ensayo de filosofía moral o ética, como se quiera, centra su interés en las emociones: el modo de gobernar o dominar éstas y el fomento de las que resultan moralmente beneficiosas. La tesis central, he concluido, es que no basta con saber o conocer qué es el bien, sino que es necesario también quererlo, desearlo. El vínculo emocional con la norma es imprescindible para que ésta se cumpla.
Victoria Camps es una reconocida filósofa próxima al PSOE, por lo que su ideología se desliza en varias ocasiones a lo largo del texto, impregnando el conjunto de un aroma inconfundible a viejo y clásico pensamiento socialdemócrata, un perfume que exhala orgullosa la mayor parte de la ciudadanía española. Porque los españoles otra cosa no seremos, pero socialdemócratas, lo que más. La franquicia PSOE es hegemónica, le pese a quien le pese. El español de bien cree deber ser moral y políticamente socialdemócrata, por miedo a ser excluido de la tribu y marcado con la letra escarlata. El alma de España vive en un puño apretado en torno a una rosa roja. Lo dicho: el ensayo atufa a socialdemocracia de la buena, receta a la española. Que no ha de ser malo todo lo referido a ella, ojo. Es preferible oler el varón dandy del SOE sociológico, que la versión cañí del "parfum" posmoderno de inspiración norteamericana. Esta impronta socialdemócrata se ve reforzada por el hecho de que el director de la colección Pensamiento Herder, bajo la que se publica el libro, resulta ser Manuel Cruz, otro filósofo de la órbita socialista.
A lo que vamos y salvando el aderezo ideológico, el ensayo no me ha entusiasmado por las siguientes razones:
* La autora se vale para la exposición de tres filósofos clásicos: Aristóteles, Spinoza y Hume. En ningún momento, que yo recuerde, explica la elección. ¿Por qué ellos y no otros? Seguramente porque a la señora le peta. Y punto. Pero a mi me hubiera gustado una explicación metodológica.
* El texto es dócil y manso. No remueve, no punza, no hiere en ningún momento. Es una florete de punta roma.
* Al texto le falta carga original, pensamiento propio. Abusa de las referencias externas, citas, pensamientos ajenos. Recuerda a la exposición de una profesora de instituto.
* El penúltimo capítulo dedicado a los afectos políticos me ha contrariado de forma especial y estaría bien analizar el por qué. Sospecho que se debe a la automática activación de las defensas que se produce en una mente conservadora ante el ideario progresista. Quisiera explicitar la crítica de forma razonada pero el tema me sobrepasa. No soy contrincante a la altura de la autora. Ni poseo su bagaje intelectual, ni la misma soltura en la expresión. Sólo dejo constancia del rechazo producido por el capítulo, siendo consciente de que puede ser un simple resquemor prejuicioso.
Pese a todo lo expuesto, el libro se lee con interés y ayuda, al menos en mi caso, a refrescar conocimientos y a cuestionarse el papel de la emoción en la construcción moral. Un tema de especial importancia en tiempos como el nuestro caracterizados por un sentimentalismo tóxico y una emotividad exacerbada que encuentra la justificación moral en sí misma, llegando a correlaciones aberrantes en lo ético.
Mi valoración de este ensayo se podría resumir de la siguiente manera: su tesis me ha gustado muchísimo, la aplicación que de ella hace la autora, no tanto. La tesis de este libro es que el cometido de la ética es el gobierno de las emociones, que la moral no puede reducirse a normas y acciones sino que consiste también en una sensibilidad que hay que educar y que el sentimiento es fundamental para la motivación moral y, por tanto, para salvar la brecha entre teoría (conocimiento del bien) y práctica (hacer el bien). Su propuesta podría describirse como algo así como una ética de las virtudes actualizada al siglo XXI. A sus fuentes filosóficas (Aristóteles, Spinoza y Hume), Camps dedica sus primeros cuatro capítulos. A los siete capítulos siguientes dedica el análisis de diversas emociones, cuyo papel en la moral reivindica y examina: la vergüenza, la compasión, la indignación, el miedo, la confianza, la autoestima y la tristeza (las "sub-tesis" de estos capítulos me han gustado, pero algunos tramos los he encontrado redundantes, es quizá la parte que he encontrado más repetitiva). Finalmente, dedica tres capítulos a analizar el modo en que esta dimensión sentimental debe articularse en relación con la educación, la política y la ficción. Como decía, para mí, donde falla la autora es en su "aplicación". Camps es una filósofa que podríamos llamar institucional o, en otras palabras, reformista. En ningún momento critica como tal a las instituciones que nos rigen social y políticamente, sino que su propuesta mira a ¿mejorarlas? dándoles un toque más emotivo. Podríamos creer entonces que todo el problema de nuestra sociedad y de nuestras instituciones se refieren a un exceso de racionalismo. Cae así en una propuesta, a mi entender, estéril o impotente, porque no se dirige a las verdaderas causas del imperio de la razón instrumental más fría (ninguna mención por su parte a la escuela de Fráncfort en este sentido). Además, esto la hace representar algunos problemas de formas simplificadoras y, en mi opinión, erradas. Por ejemplo, al abordar la cuestión del nacionalismo, la reduce a una postura liberal-cosmopolita y comunitarista-nacionalista, lo que no hace en absoluto justicia al quid de la cuestión y mete en el mismo saco el nacionalismo más ultraconservador y reaccionario con las identity politics de izquierdas. Por lo demás, como decía, su tesis me parece muy interesante y enriquecedora y está muy bien articulada a partir de sus fuentes filosóficas, lo que hace que sea una propuesta en el ámbito de la Ética que merece mucho la pena conocer.
La razón y la emoción, cómo se necesitan y complementan, el porqué debemos educar y conocer nuestras emociones para alcanzar una vida más plena(cuidado, no es un libro de autoayuda ni por asomo).Todo ello desde una interesante recopilación de opiniones filosóficas a lo largo de la historia. La culpa, la vergüenza, el miedo, la confianza o la tristeza son motores del mundo más poderosos que la razón, y están presentes en todo, como la política, el arte, la justicia o las leyes. Un libro en el que no pararías de subrayar y permite reencontrarte con el placer de la reflexión.
Se me hacía pasable hasta que la autora comenzó a hablar sobre salud mental y decir que la psicología "ha patologizado la tristeza en todo el mundo". También, insinúa un punto al que nunca llega: cómo gobernar las emociones. Fue mi libro para una clase de ética, pero ni siquiera en este rubro lo recomendaría. Dicho esto, los primeros capítulos son interesantes, pues son una historiografía de las emociones en la filosofía moral.
No pude soltar este libro, considerando que es un libro de ensayo la lectura fue adictiva y ya que está en boga leer autoras, este es un excelente libro para ello, y al mismo tiempo pasar de nivel e ir dejando la lectura light a un lado. Un libro donde la autora supo abarcar y condensar de manera magistral el gobierno de las emociones vinculándolo con la ética, política, feminismo y estética. Excelente!