Un libro amable con el enfermo y su miedo ante un diagnóstico incierto.
Sampedro me gustó mucho en su novela La sonrisa etrusca. Este es un librito de apenas ochenta hojas que se lee como el que bebe un sorbo, y en el que despliega su compasión hacia otro tema considerado menor: la fragilidad de la persona cuando se enfrenta a una enfermedad grave.
Sampedro personaje de nuevo es una persona que usa el humor para navegar su edad y sus dudas. ¿Para qué vivir si la vida ya la tengo hecha? ¿Para quién? Es también, cómo no, un enamoradizo platónico que nos saca una sonrisa.
Se dice que quien canta, su mal espanta. Sampedro hace del episodio de su salud un cuento. Un viaje épico. Inventa un lenguaje con símiles absolutamente hilarante (el abrazo del naúfrago, el laboratorio de Metropolis, el barco con pasajeros que no saben a dónde van...). Asigna a aquellos que interactúan con él en esos días, doctores, enfermeras y pacientes, papeles de reparto conmovedores. Incluso el edificio forma parte de la historia.
Todo esto, dice Sampedro, sobre la abversidad, sirve "para hacernos". Porque "hacerse es vivirse y no solo estar vivo (...) Todos mos hacem9s, sabiéndolo o no, pero sólo si se es consciente de ello se vive de verdad".