No estoy muy seguro de si me ha gustado este libro o no.
Es una colección de 14 relatos cortos (que incluye instrucciones de uso: "leer los cuentos en orden y no mas de dos seguidos") que explora de gente rota o rompiéndose: la frustración, alienación, resignación, ansiedad, pérdida...
Sorprende muchisimo por su estilo, que honestamente tampoco sabría describir. Imagino que una de las virtudes que tiene es que los relatos son muy diferentes entre si, suscitando cosas diferentes a diferentes lectores. En mi caso, ha habido relatos que me han encantado, como "Tectónica de Placas", otros que por pasajes me han encantado, pero en general me han dejado frío (Divorce is ok meme), y otros que honestamente me han dado bastante igual (La Máquina Inmensa).
Lo recomiendo mucho como libro para tener al lado de otros, o si se quiere leer algo intenso en pequeñas dosis.
Dejo algunos fragmentos que me han encantado debajo.
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—Vale. Ya podemos seguir. ¿Sabes qué es este libro?
— Es un libro para aprender palabras, ¿no?
—Es un libro para complicarse la vida: decir lo mismo con palabras distintas.
La niña lee la cubierta:
—Diccionario de sinónimos. ¿Sinónimos?
Y el padre le señala el libro con un gesto de la cabeza.
Mientras él paga, la niña se apresura a buscarlo y le lee en voz alta:
- Sinónimo: equivalente, afín, análogo, similar, idéntico, parecido.
El padre se ríe y le compone un mechón que se había rebelado contra la trenza.
—Anda, vamos a almorzar que tengo hambre.
Y a los dos minutos, ella recita:
-Apetito, gana, gazuza, avider voracidad, carpanta, glotonería, gula. —Acto seguido, levanta la vista hacia su padre y exclama —: ¡Qué carpanta!
Se desternillan de risa. A partir de hoy, siempre dirán «carpanta». A menos que estén enfadados o de mal humor. «Carpanta» es el primer ladrillo de su palacio privado de palabras.
Si tengo suerte, aparece el quebrantahuesos por los riscos y da unas pasadas planeando con las alas extendidas. En algún sitio leí que estos pájaros ponen dos huevos y el primer pollito que nace mata al otro. Caín y Abel. El santo y el verdugo. Matar a un hermano es como romper un espejo para no ver lo que podríamos haber sido. Yo a mi hermana nunca he podido ni verla. Será por eso que me fascinan estos pajarracos. No obstante, tampoco me gusta lo que me encuentro en el espejo todas las noches mientras me cepillo los dientes.
—¿Qué es ese humo? —te pregunta tu hija.
—Los campesinos, que queman rastrojos, lo que sobra después de la siega.
Le ves el miedo en la cara.
-No pasa nada. Es un incendio controlado.
Incendio controlado, piensas: cuántas mentiras.
De nuevo, las lágrimas: pólvora líquida del incendio que llevas dentro. La impotencia es inflamable.
Los adelanta pero no los ve, ya no ve personas, solo relojes de carne y hueso con manecillas de cartílago, de uña, de sangre, acercándose a la muerte a velocidades diferentes según su edad; no ve personas, ve canicas rodando por un embudo, van acelerando hasta un ritmo frenético justo antes de caer por el agujero; cuantos más minutos vivimos, más cortos se nos hacen, es pura estadística: a los diez años, un año es una décima parte de tu vida; a los cien, es una centésima parte. Si fuésemos inmortales, la percepción del tiempo tendería a cero. ¿Quién querría ser inmortal?
Nos gustan demasiado los paralelismos entre humanos y pájaros —la libertad, volar, etcétera -, pero nos parecemos más a los insectos que a los pájaros. Colonias de individuos indistinguibles entre sí, insignificantes. Un día muere uno, y ya hay decenas de larvas esperando su turno para errar por este mundo incomprensible. Criaturas que proliferan en la putrefacción y no hay forma de exterminarlas; las moscardas, las cucarachas, también los humanos.