Valoración exacta: 7,5/10
Es un libro muy difícil de calificar. Parecería tener más capas que una cebolla, y estas van desde lo tierno hasta lo más repugnante.
Por un lado, la prosa de Falco es hermosa. Soy quizás demasiado tradicional, y por eso no me gusta demasiado su forma poco convencional, sin raya ni verbos introductorios, de incluir los diálogos. Pero estos se entienden perfectamente. No llega a los extremos de, por ejemplo, Saramago. Terminan siendo un detalle menor, mientras que el resto de su narrativa es brillante; tanto su relato como sus descripciones, ni demasiado largas ni excesivamente líricas. Por otro lado, se nota que es (o era, al menos en ese momento) un autor más familiarizado con el cuento que con la novela. Cielos de de Córdoba es una nouvelle, o novela corta, ya que se encuentra a mitad de camino entre uno y otor género. Pero por sus formas, está mucho más cerca del cuento: personajes, incluso el protagonista, muy poco desarrollados; una narración lineal y cronológica; una sola perspectiva, la del protagonista... todos estos rasgos mucho más característicos del relato breve que de la novela moderna.
Por momentos, sobre todo al comienzo, nos encontramos con un relato marcadamente costumbrista: la descripción de las calles, del río, de los hábitos de los habitantes de este pequeño poblado cordobés (la escuela por la mañana, el paseo por el pueblo o bañarse en las ollas del río por la tarde, las noches apacibles); también, a los traerá el recuerdo de otras épocas en que la vida estaba menos marcada por la tecnología, con lo que esta tiene de bueno pero también de enajenación.
El personaje principal, Tino, es un niño de 11 o 12 años que anda por la vida casi con la independencia de un adulto, ya que su madre está internada en el hospital y su padre prácticamente lo ignora, repartiéndose entre su trabajo en el museo y su obsesión por los ovnis.
Como dije antes, el texto tiene pasajes muy tiernos, como la amistad entre Tino y Alcira, una paciente ciega del hospital. También el despertar sexual de Tino, su curiosidad, sus charlas sobre el tema con otros compañeros, entrañan cierta ternura... al menos al comienzo. Porque con el correr de la historia la cosa empieza a ponerse más y más turbia, hasta un episodio al final que seguramente causará una sensación desagradable en los lectores más sensibles.
Lo que no puede negarse del libro es que es muy humano. Con lo bueno y lo malo, Tino representa los distintos matices de la Humanidad. También su comportamiento puede tomarse como resultado de la falta de educación en valores, esa que se aprende en casa. Sin nadie que lo oriente ni aconseje en un momento crucial de su existencia, sin padres presentes que le enseñen a diferenciar el bien del mal, el niño anda a los tumbos por la vida.
Cielos de Córdoba me gustó. Es chocante, pero con un propósito. No me pareció que buscara ser efectista de una manera gratuita, ni para bien ni para mal. Y la narrativa es tan bella que compensa cualquier crítica que pudiéramos hacerle desde el punto de vista argumental. Espero con ansias leer otras cosas de este autor, y ver como ha evolucionado su prosa con el correr de los años.