Andrei Platonov, August 28, 1899 – January 5, 1951, was the pen name of Andrei Platonovich Klimentov, a Soviet author whose works anticipate existentialism. Although Platonov was a communist, his works were banned in his own lifetime for their skeptical attitude toward collectivization and other Stalinist policies.
From 1918 through 1921, his most intensive period as a writer, he published dozens of poems (an anthology appeared in 1922), several stories, and hundreds of articles and essays, adopting in 1920 the Platonov pen name by which he is best known. With remarkably high energy and intellectual precocity he wrote confidently across a wide range of topics including literature, art, cultural life, science, philosophy, religion, education, politics, the civil war, foreign relations, economics, technology, famine, and land reclamation, amongst others.
Este libro fue increíble, es la historia de un joven de Uzbekistán que estudia en Moscú y regresa como un economista llevar "el comunismo" a su pueblo, que no es más que un grupo de personas al borde de la muerte perdidos en el desierto, por el tema, uno podría pensar que es una típica novela soviética, pero nada más lejos que eso. Si bien la idea de la mejora comunista subyace en la trama, la novela es super profunda en cuanto a los personajes, tiene además un estilo muy similar a las historias árabes, tiene un espíritu que recuerda a escritores turcos, egipcios, etc....
No hay desperdicio en leerla, además de formar imágenes tan vivas y evocadoras, la historia es muy conmovedora, simplemente genial.
En La palabra arrestada, Shentalinski relata cómo Platónov se convirtió, tras la Revolución, en una de las lecturas habituales de Stalin. Tanto le desagradó, que hizo prohibir sus obras, a pesar de su profunda convicción comunista. Dzhan, que su autor nunca vería publicada, retrata una Rusia terrible, interminable, donde el desapego a la vida es el mejor retrato de un país en búsqueda. Su discurso moral es agotador y enérgico. Pero de una gran profundidad, porque no surge hasta que la esperanza se ha perdido («No tengas miedo, hijo, vamos a morir»). Obra de repetición, por momentos presenta también tintes de ciencia ficción.
Dzhan es el éxodo de un pueblo sin nombre, donde no se atisba felicidad, sino una conciencia despierta que termina por tomarse la supervivencia casi con humor. Desde fuera. Porque en la pérdida de la dignidad, los seres humanos se deshumanizan. O más bien, se humanizan como se humaniza una planta. Con igual patetismo. El espíritu colectivo –y he ahí la razón de su censura– no existe en un presente que es total. No hay pasado, no hay futuro. Solo un interminable ahora. Y ahí surge, inevitable, el individualismo. Sálvese quien pueda. Cuando la miseria es tal, la muerte pasa casi desapercibida. Y aun así, hay esperanza.
El mundo de Andréi Platónov siempre parece ajeno a las grandes ciudades, si bien estas permanecen tras bambalinas, ya sea amenazantes, como una suerte de Cronos devorador de su progenie, o como el centro neurálgico del que emanan las inaplazables órdenes del comunismo. Y si bien ese mundo platonoviano es sobre todo rural en el entorno, ésta es sólo la capa más superficial, porque en cuanto nos adentramos un poco en las historias, de inmediato surge un núcleo profundamente filosófico, no tanto porque sus personajes reflexionen de tal manera durante la narración, sino porque sus actos llevan al lector a esa clase de cavilaciones. En el caso de la colección de relatos que conforman Dzhan, eso está llevado a un punto arquetípico, con personajes que intentan regresar a su perdida cotidianidad —o en busca de algún sueño trunco— luego de años de librar, directa o indirectamente, una guerra armada e ideológica, o imbuidos en la misión de llevar la felicidad del comunismo a todo el territorio ruso. Así, tenemos a una mujer que finge una gran enfermedad para que el marido, cuya misión comunista lo ha llevado a las provincias asiáticas de Rusia, regrese al menos un puñado de días con ella, que se desespera por no tener dónde verter todo el amor que le rebosa el corazón; o el hombre que regresa con su familia después de años de ausencia sólo para ver que sus hijos son pequeños adultos a su corta edad y que su esposa, abrumada por la soledad y las dificultades económicas, no ha tenido más remedio que sustituirlo temporalmente, uniendo su soledad con la de otro hombre que ha perdido a su familia; o ese otro que ha regresado al terruño solamente para poder cargar con el ataúd de su madre y cumplir los ritos de la región, como a ella le hubiera gustado; o aquel joven ex soldado que regresa también al terruño para casarse, pese a sus propias inseguridades, las cuales lo orillan a abandonar a su esposa creyendo que no es digno de ella, con lo que casi provoca una estúpida tragedia; o como sucede en el más extenso de los cinco relatos, el que da nombre al libro, en el que un joven originario de Dzhan, una zona esteparia —que cuesta llamar rusa—, ubicada al norte la antigua Persia, luego de ser abandonado por su desesperanzada madre, con las instrucciones de irse hacia algún lugar en el que no deba morir de hambre, con alguien que se pueda hacer cargo de él y le brinde alguna instrucción, y luego de varios años de vivir y ser educado en Moscú, regresa a Dzhan con el fin de llevar la felicidad a su pueblo por inapelables órdenes del gobierno. Sin embargo, resulta una orden muy difícil de llevar a cabo, sobre todo porque los escasos habitantes del pueblo, convertidos por la necesidad en una tribu nómada, han olvidado el deseo de vivir gracias a su extrema miseria, por lo que la labor comenzará desde un principio casi ancestral: la búsqueda de una tierra que pueda sostener la vida, la persecución de un rebaño de ovejas asilvestradas, la construcción de una aldea desde los propios cimientos, todo ello para encontrar la dignidad que ningún ser humano debería olvidar pese a la adversidad de las circunstancias. Así, los relatos deambulan entre regresos al terruño y misiones de llevar la felicidad del comunismo a todos los rincones de la patria; es decir, entre la melancolía y el absurdo. Muy a lo Platónov.
La meva edició (bastant menys molona) contenia 5 contes: Fro, El regreso, El tercer hijo, El río Poudan i finalment Dzhan.
De Fro: "EL marido de Frosia tenía la facultad de sentir la tensión de la corriente eléctrica como una pasión propia. Daba almaa todo lo que tocaban sus manos y su mente, y por eso adquiría una idea real sobre el movimiento de la fuerza en cualquier instalación mecánica y sentía directamente la resistencia dolorosa y paciente del metal corporal de la máquina. [...] Abrazando a su mujer después de la separación de todo un día, Fedor se convertía para unos instantes en un microfaradio y en la corriente alterna."
Si estàs content aparta-t'hi. Si et sents desgraciat compara-t'hi.
Es parla del socialisme no sé si amb optimisme o ironia. Dzhan, per exemple és la història d'un nano que d'un poble que du aquest nom, molt pobre, el més pobre que pugueu imaginar. Tant que hom podia sentir el frec dels ossos dels seus membres. Arribà a Moscú amb una mà davant i l'altra radera i es pogué llaurar un digne futur, aconseguir un ofici i una família (infeliç de collons, també). S'entén que el socialisme no fa gaire que hi és i des de l'Estat s'envien partides de funcionaris que van a ajudar o civilitzar però en principi de bon rotllo comunitats perdudes en zones remotes de l'estepa i tota mena de pobles solitaris. Hi van una mica també com a donar la bona nova, que el socialisme ha arribat per quedar-s'hi i que tots els mals del món seran erradicats.
Tanmateix al poble del protagonista ja n'han enviat uns quants i o bé han mort allà o no han aconseguit res, per això li ho demanen a ell, coneixedor d'aquelles terres. Us deixo una frase d'aquesta trista història: (*travessant el desert*)
"Conocía muchos pájaros y animales que se comían a los muertos en el desierto. Seguramente detrás del pueblo, a una distancia invisible, avanzaban continuamente animales salvajes que se comían a los caídos. Al perder la línea de hierba, las ovejas a veces empiezan a seguir el camino caótico del cardo corredor, movido por el viento, y por eso el viento es la fuerza motriz general, desde la hierba hasta el hombre."
Nazar Chagatáyev es hijo de un soldado ruso y una mujer turcomana, concebido posiblemente durante la guerra civil rusa entre blancos y rojos. Chagatáyev es enviado de Moscú a Asia Central para que lleve el socialismo a las gentes de Turkmenistán y Uzbekistán, al pueblo nómada de los dzhan. Allí se convertirá en un guía para los lugareños, que viven en la miseria, sin alma y sin futuro. La pequeña Aidim será su proyecto de mujer para el futuro, pese a que en Moscú le espera Ksenia, la hija de su ex mujer Vera.
Dzhan es un relato duro e íntimo de la vida y las costumbres en Asia Central. Nazar Chagatáyev, el protagonista, es una especie de forastero por una parte (es hijo de un soldado ruso) pero también es local y conoce la zona, pues es hijo de una mujer turcomana (el padre de Nazar la posee pese a que ella está casada con un pobre pastor turcomano). Los diálogos con la madre y con otros personajes de la zona son verdaderamente desgarradores, así como las descripciones de los lugares, las condiciones de vida y las costumbres.
Nazar demuestra más humanidad que la mayoría de personajes, pero tampoco duda a la hora de llevarse a Aidim del hogar paterno pese a que sólo tiene 13 años. En Moscú le espera Ksenia, otra niña de la que se enamora y a quien mantiene viva en la esperanza a través de sus cartas. Ya en el poblado, con Aidim, Nazar va en busca de ovejas para la gente y conoce a la muchacha turcomana Janom, a quien también se lleva de su hogar para poseerla durante unos días. Es la costumbre del rapto de novias de Asia Central, pero a su manera, medio a la rusa, ya que no se casa con ellas (niñas, pero de una madurez e independencia espectacular) pero sí mantiene un vínculo especial. Los dibujos de Platónov que hace del lugar son verdaderos golpes secos. Un placer de lectura.