Y hasta aquí me trajiste, gloriosa racha, producto de la recomendación de mi tutor de taller de escritura creativa y de la atractiva promesa de una parte del título de esta obra que hace referencia a una de las bandas de Rock que más me ha gustado en toda mi vida, terminé cayendo en las garras literarias de un autor que plasmó mucha de su ambición intelectual en este trabajo de poco menos de 180 páginas. ¿El resultado? Una de las experiencias de lectura más “incómodas” del año. Y eso que venía de un montón de aciertos en cuanto a selección de libros que me tenían comiendo uvas y carne especiada en el Parnaso (con todo y orgías incluidas) al lado de mis escritores ídolos favoritos y sus musas… pero al parecer el 2020 odia a todo ser que demuestra algún tipo de felicidad y, no contento con aplicarme una providencial zancadilla con ese infeliz accidente llamado “Pirro: el águila de Epiro” (pedazo de mierda, pero no tan pura como yo pensaba), también me lanza el dardo cargado de veneno que significa “Érase una vez el amor pero tuve que matarlo” y preciso atina entre gónada y gónada, como para que sienta que aquí el concepto de felicidad es efímero y para nada seguro.
Varios aspectos de este trabajo hacen que reconozca a este tipo de libros como los que más detesto, si es que uno pudiera tener la soberbia de poder reunir en un solo saco a cierta literatura que reúne cierto tipo de cualidades. Sin embargo me tomo la libertad de hacerlo porque precisamente esa es una de las palabras que para mí describen este tipo de libros: Soberbia. Me explico: detesto una novela con un discurrimiento caótico que esconden su falta de substancia detrás del telón oscuro de la subjetividad y del color de la poesía. Lo digo porque cuando uno lee este libro, después de pasar por varios capítulos con mucha inconexión, con muchas incongruencias entre sí (de tiempo, de espacio, de personajes, etc.), uno queda arrinconado al temible pensamiento que lo atormenta de principio a fin: hijo de puta, no entiendo del todo.
Y la respuesta viene del mismo autor… es más, viene del mismo protagonista (que uno siente, inevitablemente, que es una parte importante del pensamiento del autor) y te grita a la cara: “lo que pasa es que eres un idiota que no tiene el suficiente nivel intelectual para entender este bello trozo de poesía sobre pulpa vegetal”. Para ello yo tengo una respuesta sacada del mismo libro: “Hoy en día a cualquier trozo de mierda le llaman arte”, ¡así que relájate y disfruta! Que aquí vino el vengador de Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.
Porque este personaje, señoras y señores, el personaje de “Rep”, el protagonista (oh si, como lo lees, así se llama) este pedazo de bollo (en el sentido paisa, no en el costeño) pseudointelectual, insufrible, cruel, morboso y misógino… es el protagonista más increíblemente odioso que he leído en mi vida. No tengo idea si el señor Medina Reyes tenía la intención de hacer que su personaje central fuera tan poco empático con el lector y hacer que uno lo odiara con ganas. Si es así, entonces: Buen trabajo señor Medina Reyes, lo logró con creces.
Rep es un hombre joven amante del Rock (muy buen Rock, de hecho) que piensa que el mundo merece la mierda que le lanza en primera porque Rep es un egocéntrico narcisista que piensa que la gente que lo rodea es intelectualmente inferior a él sólo por no coincidir en sus particulares gustos en cuanto a consumo de tendencias sociales, tales como la música, la escritura o en cosas tan básicas como sus particulares gustos sexuales. Rep idolatra a artistas depresivos como Sid Vicious y Kurt Cobain y justifica su comportamiento con el análisis de apartados de la vida de estos cantantes haciendo hincapié que, en el fondo, se trata de corazones peligrosamente “expuestos” ante los horrores de esa sociedad cruenta que solo busca un explotación económica y que los arrincona a comportamientos autodestructivos que ellos no tuvieron oportunidad de elegir y... ¡Y una mierda, Rep! Tu comportamiento no tiene ningún tipo de justificación, básicamente porque en todo el puñetero libro no vi un solo acto de sensibilidad genuina hacia otra persona que no fuera otra que contigo mismo: pura auto condescendencia, y esto me parte los huevos en trocitos porque no dejaba de pensar en las decenas de personas que he conocido en la vida real que se justifican a sí mismos para pasar por encima de los sentimientos ajenos sin misericordia. Así es tu personaje, señor Medina Reyes, una mierda que uno odia con todas sus tripas.
Me encantaba (sarcasmo) cuando este personaje mierdero afirmaba, por ejemplo que el colegio era un juego de niños porque tanto maestros como estudiantes tenían el nivel intelectual de un Mandril y que en la universidad se aburrió de Medicina porque era peor que el colegio y que lo que enseñaban ahí se podía estudiar más fácilmente en un mercado público. No miento, así de soberbio es.
O algo que me dolió particularmente fue cuando a Vargas Llosa lo llamó cagatintas y a Gabriel García Márquez como “mamarracho” a la hora de escribir (independiente de los premios y que algo como el realismo mágico no existiera en el planeta, antes de ellos), o que le encantaba el futbol y que cuando perdió el interés en este deporte, el planeta entero se perdió del mejor jugador de la historia, o de una vez que una mujer con sobrepeso se sentó a su lado en algún sitio que no tiene importancia (como casi todo en este libro) y quería conversar y éste pedazo de mierda hiciera comentarios sarcásticos hirientes camuflados en indirectas por el solo hecho que odiaba a las mujeres feas u otras tantas y tantas joyas que 180 páginas salidas del pandemónium nos pudiera retratar de manera absolutamente dolorosa.
¿La justificación? “alguna vez amé a cierta chica que me hizo daño con su partida y por la cual mi corazón palpita como un preso que quiere escapar de la prisión de su pecho y…” JAJAJAJAJAJAJAJA. Puñetera razón (patética, así como sacada de una intervención de Helga Pataki, en la serie noventera de Hey, Arnold!) que desencadena toda clase de insultos y comportamientos destructivos bastante focalizados en la figura femenina. Sé que se trata de ficción y que no debería detenerme en profundizar algo que a la final no tiene importancia, pero estoy muy acostumbrado a leer para vivir otras realidades, y por lo general de personas que me encantaría encarnar, no de memes que sirven de receptáculo de lo que creo que está muy mal en este mundo y que no dudaría en recomendarles la misma solución que el mismo Cobain aceptó en alivio a su malestar. Obvio, solo desde el hipotético mundo de la ficción
No sé. He visto comentarios por ahí tanto en Goodreads como en Youtube de personas prácticamente masturbándose con esta mierda que lo deja a uno pensando ¿será que la misoginia y la estupidez aportan algo? Personalmente no lo veo así. Lo único que tengo para resaltar de este trabajo es el hecho que Medina Reyes tiene una prosa libre y fluida, eso sí, llena de palabras de alto calibre que sazonan con una que otra risa el momento de la lectura. Por lo demás, no le recomendaría este libro ni siquiera a algún amor que me haya dejado y del cual deseara matar ese sentimiento (ya van muchas “ciertas chicas” que lo han hecho y no me pongo a llorar como una maricota histérica ni a comportarme como un bohemio y rencoroso ser vengador de la noche citadina).
En síntesis: en la historia no pasa nada, no tiene ni principio ni fin, es lenta, incoherente, terriblemente grosera con nuestra cultura colombiana y sobre todo con las mujeres. Es una historia patética, con un personaje simple y sin desarrollo y otros personajes que están ahí solo para hacer de árboles en el fondo, inmóviles y muertos. No hay desarrollo, no hay entorno realista visible, la cronología es un puto desastre y como si fuera poco la filosofía (si es que existe tal cosa ahí) es de poquísimo valor. ¿Tiene apartados buenos? Más o menos, cuando a nuestro “amado” protagonista le da por ser una persona de verdad y habla de sus sentimientos para sí mismo (como Helga, así de caricaturesco) pero yo lo definiría como una fresa en medio de una plasta de estiércol que tienes que comerte para poder llegar a saborearla. ¡Buen apetito!