La sensación que te produce esta novela es la misma que sentís un domingo bucólico de verano, cuando te pegás una siesta después del almuerzo familiar. Ese momento que transcurre lento, que es totalmente transitorio, una pausa. Así se siente este libro: pasatista.
Tiene un par de escenas que me gustaron por sus referencias musicales (sobre todo las relacionadas con el rock nacional) y otras escenas que me evocaron recuerdos muy personales, logrando que empatice un poco más con la trama.
Pero, fuera de eso, no es nada del otro mundo. Es una lectura ideal cuando querés algo relajado sin tener que pensar mucho.