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432 pages, Paperback
First published July 1, 2013
-La montura le espera en la puerta, milord.
-Gracias Camps. (...)
-Desde hace diez minutos, si me permite comentárselo, milord.
(...)
—Como si por prohibirte hacer comentarios fueras a dejar de hacerlos, Camps. O como si por llamarme milord todo el tiempo fueran menos inconvenientes, o impertinentes.
—Solo señalo, milord, que hace cinco minutos que debiera estar en el White’s. Considero parte de mis deberes como administrador de esta casa hacerle notar sus descuidos. —Tanteó, antes de continuar—. Alguien debe hacerlo dado que el resto de la sociedad parece considerarlo perfecto. Milord.
Julian suspiró. En opinión de Camps, y dicho fuera de paso también según su ayuda de cámara, y su cochero, y todo el condenado servicio, recibía demasiada atención e indulgencia, toda ella dirigida, además, a alimentar su vanidad. Lo que no era bueno, insistían, para un hombre que se preciara de serlo, pues podía arruinar sus virtudes. Y todos ellos parecían considerar su obligación rebajar su supuesta soberbia, ya fuera de manera directa como hacía Camps, murmurando como su valet, o mediante silencios como el resto del personal con el que tenía menor relación. Incluso las mujeres de la casa le miraban admonitorias si no acudía a dormir, en lugar de suspirar rendidas por él como hacían las doncellas de Wilerbrough o Sunder. ¿Qué tenía que hacer un hombre para que el servicio le tratara como el lord que era?
La respuesta llegó sola: no contratar a antiguos compañeros del campo de batalla, ni a sus esposas o viudas.