Este libro fue una lectura compartida en el inicio con mi abuela y, muy a mi pesar, terminado por mi cuenta. Es una lectura con muchas aristas. Me la pasé discutiendo entre las páginas muchas opiniones con las que discierno profundamente, y resaltando otras tantas con las que concuerdo absolutamente. Fue interesante leer un diario de alguien contemporáneo, lo cual fue una experiencia absolutamente nueva para mí.
Algo que tenemos en común con Abraham es el amor profundo por los libros. Cuando empieza a escribir su diario, habla de un dilema con la falta de ganas de estudiar, y cómo no saber qué hacer si no es estudiar para escribir un libro. A lo largo de todo el texto jamás pude encontrar un punto común entre mi concepción del estudio y la de Abraham. Personalmente para mí el estudio es lo que mantiene la rueda cerebral andando, que evita que se oxiden las neuronas. No concibo el estudio como algo más que satisfacer el propio placer por el conocimiento, y no comprendo la idea de estudiar con el maro objetivo de salir hacia afuera y hacia otros. Pero sí encontré algo en común: yo tampoco sé afrontar la vida sin los libros y sin estudiar.
Aprendí muchísimo de esta lectura y me divirtió encontrar cómo a través de sus lecturas es la única forma que Abraham encuentra de reflejar su vida. También un poco lo entendí.
En algunas partes se me hizo tedioso y soberbio, pero en todos los casos me resultó intrigante e interesante leer la vida desde una perspectiva tan diferente a la mía. Si bien nuevo, inexplorado e inesperado, disfruté bastante de esta lectura.