"Insólitos y siniestros, atrapantes y melodramáticos, estremecedores y crueles, los cuentos de Beatriz Guido condensan su mirada sobre una realidad rugosa, llena de pliegues, que muestra un cariz inverosímil y, a la vez, crudo, como si se echara sobre ella una luz develadora.
Cualquiera sea la obra que leamos que lleve su firma, sabemos que todo lo malo que pueda ocurrir sucederá en su peor versión posible. El desenlace siempre se produce de manera inesperada, aun cuando ya esté anunciado. Así debe entenderse el concepto de realidad de las ficciones de Guido, y en particular de sus es aquello que ocurre, como quiera que sea, de manera contundente, sin que haga falta provocarlo, desearlo, ni sea posible rechazarlo.
Escribir, inventar, fabular, mentir, y también leer, es poner la mano en la trampa o caer en la cornisa. Quedar atrapado en una historia, flotar en el aire apenas sostenido por una saliente del este es el pacto que Beatriz Guido propone en sus cuentos. El lector comprobará que no se trata de actividades desprovistas de riesgos" (Valeria Castelló-Joubert).
Vengo con un librazo que me entusiasma mucho compartirles.
Hace un tiempo un amigo me dejó este libro en la casa de otro amigo. Lo pasé a buscar. Me sorprendí. Nunca había escuchado de él y la autora me sonaba muy poco. Entonces googlie y no pare de googlear. Leí biografías, artículos, todo lo que se me cruzaba donde aparecía Beatriz Guido.
Así conocí a una de las escritoras más profileras del siglo XX en Argentina. Una novelista, cuentista, guionista de cine, médium, agitadora cultural y figura pública. Sin embargo su nombre resuena poco: sus libros son difíciles de conseguir, sus pelis no aparecen mucho, la critica no la trae a colación y nadie la usa de referente.
Por suerte hoy volvemos a tenerla en librerías gracias a esta nueva edición del Fondo de Cultura Económica.
Pasemos al libro. Los cuentos de La terraza son raros, inquietantes, brillantes. Hay ataúdes que aparecen por la calle, niños demasiado lúcidos, huelgas obreras que arrancan por puro deseo de revolución. Todo tiene algo de pesadilla elegante, con una escritura afilada que no se parece a nada que haya leido antes.
Guido escribía como quien espía por una cerradura. Con fascinación por lo que se oculta, lo que no se dice, lo que incomoda. Sus personajes viven en un estado de tensión constante, como si todo pudiera romperse en cualquier momento. Además las revelaciones siempre llegan a través de una violencia: social, física, simbólica. Guido no tiene pudor en llevarnos ahí, a esos lugares donde se mezcla el melodrama con lo siniestro.
Hay algo que me encanta y admiro mucho en los escritores que es el uso de las palabras. Tomarse el tiempo para encontrar ESA palabra única, siento que es un acto de amor hacia la escritura que yo como lectora lo aprecio y Beatriz como Escritora lo hace.
La terraza me dejó pensando en muchas cosas, por eso me entusiasma tanto que vuelva a circular. Reeditar este libro no es solo una buena noticia editorial, es una oportunidad para incomodarnos, cuestionarnos, recuperar una mirada distinta sobre la literatura argentina.
Releer a Beatriz Guido es dejar que esa escritora, que espiaba a sus invitados por la cerradura, ahora nos mire a nosotros.
3,75 ⭐️ incluye 22 cuentos, d elos cuales: "El secuestrador"; "Agustina o el infortunio"; "Ocupación"; "El bobo"; "Usurpación"; "La representación"; "Piedra libre"; "La mano en la trampa"; "Piel de verano"; "El niño en el arco"; "La terraza"; y "Chocolates Uberallen" son de mis preferidos.
Beatriz Guido fue célebre por imaginar los escabrosos escenarios que también desarrollarían otras de nuestras mejores cuentistas, como Silvina Ocampo o Mariana Enriquez. En las páginas de 𝙻𝚊 𝚝𝚎𝚛𝚛𝚊𝚣𝚊, la autora construye espacios donde la crueldad, la represión y la violencia son las constantes que precipitan el desenlace de cada relato.
Perteneciente a una generación de escritores críticos del peronismo —Jauretche la calificó de "tilinga" en su libro sobre el "medio pelo" en la sociedad argentina—, Beatriz Guido trabaja, no obstante, una mirada sobre la realidad nacional que es irreductible a ese mote. Justamente, uno de sus tópicos recurrentes, el de la casona o casco de estancia venidos a menos, revela una profunda desconfianza hacia todo ideal de pertenencia. No hay refugio posible en sus historias, ni siquiera en los espacios que prometen protección: “para eso sirven estas casas, son las antesalas de la muerte…” advierte Joujou, el personaje de “Piel de verano”.
Desde la sórdida pesadilla de "El secuestrador", pasando por el montacargas de "La mano en la trampa" y el hueco en la pared de "Agustina o el infortunio", Guido demuestra un dominio narrativo que incomoda tanto como fascina. Sus personajes espían por el ojo de una cerradura, sometidos a fuerzas internas y externas que conspiran contra cualquier posibilidad de redención o escape.
Y es que la obra narrativa de Guido —que inspiró muchas de las películas más recordadas de Leopoldo Torre Nilsson— no ofrece consuelo ni finales felices. Para mí fue un pasar enfebrecido de una página tras otra.