Me deja sin palabras la intensidad, pero a la vez la extrema delicadeza, con la que los conflictos se tratan en esta obra. Si bien pueden parecer temas mundanos y los personajes en ocasiones demasiado infantiles e incluso sosos, la manera en la que estos últimos se enfrentan a ellos, en su gran mayoría con una perspectiva totalmente primeriza, te hace empatizar mucho con ellos.
No seremos los primeros, ni tampoco los últimos, que o bien nos hemos encontrado con unas situaciones laborales extremas, o hemos tenido a alguien que ha tenido que pasar por más de un calvario ante la precariedad en su puesto de trabajo. Es por eso que este volumen, el avance del mismo y la resolución final de Panko, me ha gustado tanto. Que un personaje tan cerrado e inseguro caiga en la cuenta de que no debe dejar pasar que la sigan mangoneando y ninguneando en el trabajo, ha sido como un soplo de aire fresco, un ¡A POR TODAS, CHICA!, desde lo más profundo de mi corazón, que también, debo reconocer, se ha puesto en guardia ante el comportamiento inicial de alguien tan visceral e inocente como es Ryohei.
Y digo inocente, porque si algo tengo que recordarme mientras leo, es que Ryohei no deja de ser un jovencillo que, hasta el momento (y que conozcamos, ojo), no ha tenido que enfrentarse a un ambiente de trabajo como el de su ahora ya novia. Que su perspectiva de las cosas es más simplista y, en comparación, sus razonamientos son completamente opuestos a los de ella. Y, aun así, qué fantástica pareja hacen, ¿verdad?