Yo creo que los libros, como el amor, llegan cuando deben llegar. ¿Cuántas veces no he intentado leer tal o cual novela sin lograrlo? Será que no estaba listo para ellas. Farabeouf (o la crónica de un instante) siempre había parecido un libro inalcanzable para mí, rodeado de esa aura mística propia del Ulises o el Paradiso. La temática tampoco me animaba demasiado, pero luego de haber pasado dos semanas rodeado de grandes lectores y escritores, me dije, creo que es hora. Y creo que no estaba equivocado; digo, parafraseo humildemente a Borges: no sé si sea un buen escritor, pero me considero un buen lector, o al menos un lector agradecido. Si todas mis lecturas anteriores (las que considero más cercanas a la forma de narrar de Elizondo: Pedro Páramo, Tres tristes tigres, algunos cuentos de Borges, James Joyce, Virginia Woolf) me llevaron a este momento, me atrevo a decir que he descubierto la literatura; disfruté, como se disfruta un clavado en el agua fría, una carrera que deja exhausto, sin aire, esta novela (o anti-novela). Me dejé arrastrar, leí como poseso porque sólo así puede leerse, entendiendo sin entender, siendo el protagonista de una historia con infinitos protagonistas, sintiendo miedo ante algo que nunca termina de pasar y pasará por siempre. Más allá de un comentario crítico, que si la tortura como forma de placer, que si lo atávico de la ouija y el I Ching, que si la anatomía de los cirujanos, quiero recalcar la enorme capacidad de Elizondo para desdoblar la realidad hasta lo inimaginable, para desafiarlo todo, la memoria, los sentidos, la existencia, la lectura misma que lo es todo y nada. La poesía inmensa que crea en una palabra, en un diálogo, una descripción, en verdad es abrumador. Hay tantas cosas que quisiera decir, compartir, robar, de esta narración, pero quizá hacerlo sería una traición a ese aire místico y oscuro que habita entre sus páginas; a lo mejor no decir nada sería decirlo todo. Finalmente, sólo quiero agregar un pensamiento que me estuvo rondando por la cabeza todo el tiempo mientras leía: Farabeouf es el verdadero libro de arena, que donde quiera se abra no inicia ni termina, que entre un hecho y otro existe la eternidad, siendo siempre el mismo hecho y nunca igual. O será que Elizondo y yo no somos reales, somos producto de un Borges soñador, él escribiente, yo lector, intentando salir de este laberinto de espejos.