El título ya es lo suficiente gráfico, así que el contenido no es engañoso. Es la literatura que asalta la última orilla, en la que se aborda lo indecible y, para mucha gente, lo inimaginable.
Lo que quizás más impacta es que esta historia, la del anticuario Lucien, a la cual accedemos a través de las entradas de su diario personal, donde describe actos muy sórdidos, éstos son expresados con evidente elegancia, con un lenguaje elevado y sofisticado pero no pomposo, a veces aportando algunas pinceladas gráficas, expresadas de forma imaginativa, de modo que el contraste de la elevación del estilo fricciona con la bajeza de los actos siniestros que se describe, con tal destreza que tal equilibrio precario se sostiene durante toda la lectura, alejándose del sensacionalismo y la pornografía emocional, haciendo por lo tanto de su empresa una exploración profana de las esquinas más oscuras del mundo.
Según me ha parecido durante la lectura, Wittkop emplea la necrofilia como vehículo de expresión de una soledad radical. Lucien, el narrador, en su tienda de antigüedades, trata con clientes, en el mundo exterior parece que, de vez en cuando, entabla contacto con otras personas, pero es alguien para quien la sociedad es una nube de odio e ignorancia, él la describe como el mundo hostil, los policías, la estupidez, el odio. Se comenta que es una persona tímida, también expresa su odio hacia Gilles de Rais, por lo tanto Wittkop no quiere caracterizarlo como una figura omnipotente, de maldad y poder por encima del mundo, sino como una figura romántica y ensimismada, una sombra temblorosa que busca saciar su particular y perturbador gusto cuando nadie mira, en la tranquilidad y el recogimiento de su habitación, necesitado de amantes radicalmente pasivos porque con los vivos, comprobamos en un par de momentos, a Lucien le resulta imposible. Es un marginal y está demasiado alejado del mundo.
El texto en su práctica totalidad es abyecto, aunque se expresa con gracia, por formas sorprendentes, incluso floridas. Quien haya leído al marqués de Sade, de quien Wittkop es evidente heredera, conoce expresiones como por ejemplo "las delicias de Sodoma", son gestos que en ocasiones me arrancaron risas, no te esperas que se emplee términos tan corteses para expresar cosas tan sórdidas. Tales elecciones de vocabulario no son una simple provocación. Comprendemos que, dado que todo está escrito en primera persona, es la visión del personaje, se expresa tal y cómo él lo siente. No posee intenciones magníficas, tan sólo está fascinado por esos amantes pasivos, a los que venera y son el objetivo último de su existencia, en ocasiones su admiración es muy estética, la riqueza con la que se expresan sus encantos es sumamente variada y Wittkop tiene el talento de hacerlo verosímil. Cuando Lucien toma uno de estos cuerpos lo que expresa es afecto y ternura, se muestra hospitalario, él ofrece su dormitorio a sus amigos fúnebres y los acoge para este profano y último homenaje, antes que acaben buceando en el fondo del Sena.
Para que lo anterior funcione y tenga sentido resulta crucial que el personaje esté caracterizado de forma convincente y que la voz narradora posea soltura y elocuencia, exigencias que Wittkop resuelve con sobresaliente solvencia. Lucien se siente a resguardo en el territorio privado de su diario personal y por lo tanto ahí se expresa sin tapujos y sin remordimientos, si no cae en la grosería es porque ha recibido una educación esmerada, cuida la forma en la que expresa sus gustos abyectos, con imaginación y humor, la amenaza reside afuera, en la calle, no en el diario donde se expresa. Aparte, para que el personaje transmita que su gusto es poco convencional y muy refinado, también se le hace conocedor de pintura y arte incunable, como ahora Koshi Muramoto, creador del siglo XVIII de los artísticos broches de kimonos, que esculpía con imágenes obscenas, muy queridas por Lucien. Cabe preguntarse, ¿cuánta gente sería capaz de dotar de gustos tan recónditos a un personaje?
Una vez lo anterior queda bien atado sabemos que la base de la narración es sólida, pero queda el meollo, ¿cómo imaginar las actividades de alguien semejante? También ahí Wittkop demuestra una enorme capacidad, que puede fabular no sólo acerca del imaginario del personaje, también en sus rutinas, los riesgos que corre, sus temores y la clase de personajes que a veces se topa. Buena parte de su tiempo Lucien lo invierte en enterarse de decesos recientes (sin discriminar demasiado en las consecuencias de la muerte), y luego, en las horas nocturnas, ir a dónde se ha enterrado al muerto, profanar su tumba y luego trasladarlo a escondidas en su Chevrlolet hasta su apartamento, dónde admira su belleza y se encierra en su dormitorio con estos "amigos fúnebres" hasta que su estado de descomposición se hace insalvable e intolerable incluso para él, ocultándose y disimulando al máximo todos estos manejos para permanecer alejado de la mirada ajena de esa sociedad, que lo aplastaría con fervor si se supiera de sus aficiones. Por lo tanto, de una forma algo retorcida, hallamos el clásico conflicto de la literatura romántica, el del individuo contra la sociedad.
Wittkop busca, hasta cierto punto, un naturalismo psicológico, tal y como se comprueba en el capítulo fundacional ubicado en la infancia de Lucien, en el día del fallecimiento de su madre, capítulo también lleno de eufemismos, lo que no resta potencia, tal es la capacidad poética de la autora. Desde ahí, cuando seguimos su día a día, se hace intermitente hincapié en la posibilidad de estos actos, de sus peligros reales como ahora ser descubierto, de sus efectos en la mente, sin duda quiere que al lector, hasta cierto grado, pueda encuadrarlos dentro de este mundo a pesar de su excentricidad. Pero claramente sus intenciones no son moralizantes ni tampoco busca sostenerse sobre una crítica social o política, más bien su exploración es estética, observa las fibras más raras del deseo, testea los límites de la lectura, comprueba cómo se puede expresar lo inerrable y cuanto puede aguantar el lector, quebrando tabús sin caer en el sensacionalismo. Porque su objetivo es atacar esa moralidad dominante, desautorizarla, atreverse a mirar más allá, dónde no es aconsejable acercarse, porque para eso también está y sirve la literatura.
Acabo la lectura francamente impresionado. Conocí la existencia de El necrófilo hace unos años, cuando estaba publicado en la colección La sonrisa vertical de Tusquets, dedicada a la literatura libertina y erótica. Durante estos años he manejado la idea de leerlo, pero a veces porque se interponían otras lecturas y otras porque temía no estar lo bastante perceptivo como para alcanzar la verdadera sustancia y no quedarme en la superficie, lo he ido postergando, decisión de la que hoy me alegro porque merece la pena llegar a esta lectura en las mejores condiciones. En mi caso particular esta reserva no se debía al miedo de resultar trastornado o abrumado, si te dices que vas a leer una novela titulada El necrófilo has de saber de sobras a lo que te atienes, pero está claro que el riesgo existe y que no es para todos los paladares. Ahora, si te interesan obras transgresoras que rompan barreras o bien que combinen de forma diestra, paroxística y paradójica lo espantoso con lo bello, el deseo y la muerte, sin duda El necrófilo es una gran oportunidad para adentrarse en lo prohibido y la literatura fuera de lo común.