Nuestra cultura vive un extraño romance de atracción/repulsión con el crimen desde hace siglos. En su historia de la literatura negra británica, Daniel Cohen señala que ya desde el siglo XVIII los periódicos dedicaban un espacio sustancial a la así-llamada “nota roja”, mientras que personajes tan ilustres como el mismo Benjamin Franklin participaron en la práctica de componer y cantar baladas sobre crímen y castigo (algo de lo que el estadista luego se avergonzaría). En México, la tradición del corrido dió voz a una visión de la muerte donde, como escribe Gabriela Nava, “el valiente se la gana, los criminales y los bandidos se la buscan.” No por nada, criminales como Barbanegra, Jesse James, Al Capone o Pablo Escobar se han vuelto también personajes de nuestro folklore. Según ha escrito recientemente Marc Hogan, la costumbre de ver en cierto tipo de criminales y delincuentes unos anti-héroes rebeldes tiene raíces muy profundas. En vez de provocarnos repugnancia y repudio, no es raro que a veces veamos al criminal como un rebelde que desafía la autoridad de la ley a través de la imposición de su propia voluntad, o que veamos a los actos criminales, no como un horror abominable, sino como un símbolo del nihilismo propio de nuestro sistema capitalista.
Y si bien esta romantización del crimen se encuentra muy extendida en occidente, ella ha adquirido matices distintos en diferentes tradiciones y diferentes contextos. Después de todo, no es lo mismo escribir sobre crimen en un contexto de paz y propseridad que en uno de carencia y tensiones sociales. No es lo mismo hablar sobre actividad policiaca en un contexto de corrupción y impunidad extremas, que en un contexto en el que las instituciones policiacas son fuertes y cuentan con suficientes recursos para llevar a cabo su labor de manera eficaz. Es por eso que la literatura negra mexicana es tan distinta de, digamos, la estaodunidense, la rusa o la escandinava.
Desde el siglo pasado, Suecia ha desarrollado una nutrida tradición de literatura negra, la cual explotó en años recientes gracias a los mas de 60 millones de ejemplares impresos de la serie Milelenium de Stieg Larsson a lo largo del mundo. En su estela, docenas de autores escandinavos han encontrado un lugar en miles de libreros dentro y fuera de la región nórdica. Según el filósofo y teólogo finlandés Risto Saarinen, las características peculiares de la manera en que se escribe sobre crímen y castigo en Escandinavia se deben a la extraordinaria paz y justicia que se viven en dicha región europea. En décadas recientes, mucha de la literatura sobre crimen en Suecia se ha caracterizado por su intensa crítica, de tintes populistas y, a veces hasta facistas, al estado de bienestar social que se vive en ese país escandinavo. Detrás de cada historia se deja leer un comentario sobre la insuficiencia del estado de bienestar para erradicar el mal entre sus ciudadanos y sobre la necesidad de aumentar la disciplina y la vigilancia. Sin embargo, a partir del trabajo seminal de Maj Sjöwall y Per Wahlöö a finales de los sesenta, también existe una tradición literaria de literatura negra de izquierda, la cual, en palabras de John-Henri Holmberg en su introducción a El Lado Negro de Suecia, se escribe “desde la perspectiva de los oprimidos”, critica “los fuertes lazos entre el sístema jurídico y el poder político” y examina “los factores sociales y económicos que fomental la criminalidad”.
Los géneros negros, la novela de detectives, el thriller psicológico, el hard boiled, etc. suelen considerarse géneros menores dentro de la literatura, entre otras razones, porque suelen contar historias con una línea muy clara entre“buenos” y “malos”, nos permiten regordearnos en explícitas descripción gráficas de violencia, y favorecen estructuras lineales, donde la reconstrucción racional y causal de los hechos es lo más importante. Como señala Holmberg, la estructura lineal, el heroísmo, el moralismo y el romanticismo hace mucho tiempo que dejaron de estar de moda dentro de lo que se considera literatura y es por eso que, para muchos, estos géneros difícilmente merece el nombre de “literarios”.
Al mismo tiempo, sin embargo, al ubicarse en el espacio de las causas y las razones, esta literatura arroja también una luz única sobre nuestra naturaleza humana. Cuando el personaje de Adam, en “Una coartada para el señor Banegas” de Magnus Montelius se lamenta “¡No, por favor, no!, dime que no es cierto” el horror que sentimos emana de saber que, en circunstancias similares podríamos haber sido cualquiera de nosotros quien sintiera esa misma culpa, quien quisiera convencerse de que sólo fue un accidente. Montelius es extremadamente vago en su caracterización del personaje – apenas un apellido y una descirpción muy superficial de su trabajo – precisamente porque no importa. Precisamente porque cada decisión que toma, cada una de sus acciones, obedece a la lógica implacable de causas y efectos, de creencias y deseos tan humanos que son universales.
Así como se dice de la pornografía que distorsiona nuestra visión de la sexualidad humana, también se ha dicho de la literatura negra que distorsiona nuestra visión del crimen, la violencia y el sistema de justicia. Al ofrecernos historias compactas, donde las acciones y los sucesos de articulan causalmente entre sí como engranajes de un mecanismo preciso, nos dejan con la impresión de que vivimos en un mundo balanceado, donde a cada crímen le corresponde un castigo; a cada acción, una reacción, y detrás de cada suceso, hay una razón, un porqué. El reto que ahora enfrenta este tipo de escritura, no solo en Suecia sino en todo el mundo, es el de abrirnos los ojos a las complejidades éticas, morales y políticas que de hecho afectan a qué llamamos “crímen” y a qué “justicia”.