Isidora Dolores Ibárruri Gómez, known more famously as "La Pasionaria" (passion flower) was a Spanish Republican leader of the Spanish Civil War and communist politician of Basque origin, perhaps best known for her defense of the Second Spanish Republic with the famous slogan ¡No Pasarán! ("They Shall Not Pass"), during the Battle of Madrid.
She grew up in Gallarta, the daughter of a local Basque miner and a Castillian mother. Upon her marriage to the revolutionary socialist miner Julián Ruiz Gabiña, Ibarruri moved to Somorrosto (Biscay). It was here, during the 1920s, that the once Carlist Catholic young woman became a revolutionary militant activist and one of the first members of the Spanish Communist Party (PCE) when it was founded in 1921. In the 1930s, she became a writer for the PCE publication Mundo Obrero, and was elected to the Cortes as a PCE deputy for Asturias in February 1936 during the Second Republic. After the end of the Spanish Civil War and her exile from Spain, she was appointed General Secretary of the Central Committee of the Communist Party of Spain, a position she held from 1942 to 1960, when she was made honorary president of the PCE, a post she held for the rest of her life. Upon her return to Spain in 1977, she was reelected as a deputy to the Cortes for the same region she had once represented during the Second Republic. She is usually regarded as being one of the greatest public speakers of the twentieth century.
Hay que luchar contra una sociedad en la que, por un lado, existe una minoría que se aprovecha del trabajo de los demás y, mientras tanto, los demás tenemos que vivir en la miseria. Y aquí está el origen de mi rebeldía, la comprensión de la explotación de que éramos objeto, el desprecio hacia esa gente que nos explotaba y el sentimiento de que era necesario cambiar esa sociedad para hacer una sociedad más humana.
Los generales sublevados presentaron su traición al Gobierno constitucional, emanado de la voluntad de los españoles expresada democráticamente en las urnas el 16 de febrero de 1936, como un “alzamiento” contra la “anti España”, una cruzada en defensa de la religión católica y una acción necesaria para impedir el establecimiento de un régimen comunista que sometería la patria a Moscú.
Desde finales de julio, tras su sangriento triunfo en menos de una semana en Sevilla, el ejército faccioso desplegó en la parte de Andalucía que controlaba una verdadera política de exterminio, en la que participaron destacados latifundistas, así como religiosos y militantes carlistas y falangistas, para sembrar el terror pueblo a pueblo. Alcaldes y concejales republicanos, dirigentes políticos y sindicales de las organizaciones del Frente Popular, trabajadores afiliados a la UGT y a la CNT, maestros, personas de filiación masónica… fueron masacrados. La violencia sexual contra las mujeres, con un sadismo espantoso, se empleó como arma de guerra, como instrumento para la extensión del pánico entre la población republicana. […] Además, en Galicia, La Rioja y Navarra, donde el golpe de Estado triunfó en pocas horas, la represión fue igualmente feroz. Los sublevados no solo buscaban acabar con el Gobierno del Frente Popular, también aniquilar su base social. A lo largo de toda la guerra, cerca de cincuenta mil personas fueron asesinadas en la zona republicana, principalmente entre julio y diciembre de 1936, mientras que la represión franquista acabó con la vida de al menos 130.000.
“Consciente de lo que nuestra lucha significa, el pueblo español prefiere morir de pie a vivir de rodillas”.
Ha habido en todas las épocas trovadores y poetas que se han dedicado a cantar la belleza de la mujer: “los ojos azules, la boca de fresa, las manos de nieve”… Detrás de trovas y poesías se ocultaba el dolor infinito de las mujeres esclavizadas, de las mujeres sometidas, de las mujeres que vivían sin esperanza de liberación. Y en estos momentos de lucha y de sacrificios no necesitan las mujeres de poetas y escritores que canten sus bellezas, sino de camaradas, de compañeros que les ayuden a romper los prejuicios de atávicas costumbres y de tradiciones que han hecho esclavas a las mujeres. Queremos para todas las mujeres una vida alegre y feliz donde sean ellas las que canten por saberse libres.
Y solamente en la medida que nosotras incorporemos a la mujer al trabajo, solamente en la medida que seamos capaces de dar a la mujer su independencia porque tenga un salario que le permita vivir una vida de dignidad, solamente en esa medida podremos hablar de democracia y de emancipación de la mujer y de la España nueva, de la España libre, de la España feliz. La guerra se detiene no cediendo cobardemente ante los promotores de ella, sino aplastándoles sin piedad. El fascismo es valiente en la medida que las democracias son cobardes. Y es indignante que, cuando hay un pueblo que lucha y que es capaz de morir en defensa de la causa de todos, se le deje solo.
España no quiere ser, ni será fascista […]. Y qué ejemplo más maravilloso es el de esos españoles que prefieren abandonarlo todo, su hogar, su tierra querida, antes que vivir bajo la bota brutal del fascismo invasor.
Yo puedo deciros, respondiendo al sentir de nuestro pueblo, que estamos dispuestos a continuar la lucha por el triunfo de la República Española mientras nos quede un olivo que defender, mientras haya un palmo de tierra donde poner los pies, entre tanto haya una piedra donde ampararnos para hacerles frente.
Para nadie es un secreto que la Iglesia ha sido la que en todas las épocas ha despreciado a la mujer, lapidándola cruelmente, considerándola como la causa y el origen de todos los males que afligen a la humanidad. […] Pero, camaradas, ocurre que son nuestros propios camaradas los que se oponen a que la mujer intervenga en la vida política y social. Son nuestros propios camaradas los que, como los de Sevilla, a pesar de estar a la cabeza del movimiento revolucionario, se niegan a constituir secciones femeninas en los sindicatos. Son casi todos nuestros camaradas los que se niegan, con cualquier pretexto, a que sus compañeras o sus hijas vengan a nuestro Partido. Y esto hay que cortarlo de raíz; no podremos llamarnos vanguardia del proletariado si abandonamos a la mujer a las fuerzas de la reacción.
No tiene que tener miedo el Gobierno porque los trabajadores se declaren en huelga; no hay ningún propósito sedicioso contra el Gobierno en estas medidas de defensa de los intereses de los trabajadores, porque ellas no representan más que el deseo de mejorar su situación y de salir de la miseria en que viven.
Hasta que la semilla socialista empezó a germinar en su conciencia mostrándoles su fuerza, los trabajadores no concebían que ellos tuviesen derechos y que se pudiese cambiar aquel estado de las cosas. […] Los obreros no conocían la fuerza de su clase. Solo sabían su número. Y a veces volvían su ira desesperada contra los que a las minas llegaban por el mismo camino que ellos, no viendo en los recién llegados compañeros de infortunio y de clase, sino competidores que iban a disputarles el puesto en la mina o en el barracón, ofreciéndose a trabajar por unos céntimos menos que ellos. […] Reaccionaban por instinto ante la injusticia, la vejación o el atropello y resolvían a golpes o puñaladas las cuestiones suscitadas en la mina con el capataz o el encargado. Ahora se comenzaba a hablar y actuar de manera distinta. El trabajo de los propagandistas empezada a dar frutos. A la hora de la comida, en los diferentes cortes de las minas, podía escucharse entre los obreros un lenguaje nuevo. Se hablaba a media voz de huelga, de protesta, de reivindicaciones. En el transcurso de la lucha sintieron los trabajadores su fuerza y aprendieron que su voluntad también contaba, que sin ellos no había embarque de mineral, ni dividendos, ni palacios, ni coches elegantes, ni fortunas, ni cuentas corrientes en los bancos. En breves días la lucha dio conciencia a decenas de millares de trabajadores. Ellos no volverían a ser, como antes, carne de mina, masa inconsciente, condenados a vivir y morir como parias.
Así era la vida de nuestros padres, así era nuestra vida; como un pozo profundo sin horizontes, sin perspectivas, adonde no llegaba el sol, y que a veces se iluminaba trágicamente con los sangrientos resplandores de la lucha que brotaba en llamaradas de violencia, cuando la capacidad de resistencia al trato brutal llegaba a los límites de lo humanamente soportable. Como un poso amargo iba sedimentándose en mi alma de adolescente un sentimiento de rabia desesperada, instintiva, contra todo y contra todos, sentimiento de rebeldía que más tarde se haría conciencia.
Pero nosotros éramos hijos de mineros, de aquellos mineros que con sus huelgas y protestas estremecían Vizcaya. Y si en la escuela cantábamos obligatoriamente: “A Dios queremos en la enseñanza…”; en la calle, espontánea, voluntariamente, cantábamos lo que en ella habíamos aprendido irradiando del Centro Obrero y que por tener cierto sabor de cosa prohibida nos agradaba en extremo: “Emperadores y Papa, el rey y los obispos, y todos los ministros de la reacción que dicen ser muy pobres, nadando en las riquezas, siegue sus cabezas la Revolución.”
Se lo digo a ustedes ahora para que sepan que la miseria nos hace incrédulos. ¡Dios…! ¿Dónde está Dios cuando nos morimos de hambre, cuando no tenemos un cacho de pan que llevar a la boca? Para los pobres, si existe Dios, es ciego y sordo. ¿Que decir esto es pecado? ¡Mal año para los pecados! Porque cuando vienen los hombres de la mina llenos de barro, mojados hasta los huesos, cansados hasta más no poder y en el fogón solo hay una cazuela de sopas de ajo con mucha agua y poco pan y en la casa frío y tinieblas, se reniega del cielo y de la tierra, y se piensa que el infierno no puede ser peor que nuestra vida.
Y cuanto más avanzaba en el conocimiento del socialismo, más y más me reconciliaba con la vida, a la que ya no veía como un pantano en el que los hombres se hundían sin remisión, sino como un campo de batalla, en el que cada día el inmenso ejército del trabajo ganaba posiciones, avanzaba aun en las derrotas, mientras nuestros enemigos de clase reculaban y se debilitaban, aun en los momentos en que aparecían más fuertes. Mi nueva fe era más justa y sólida que la fe religiosa. Ahora nada esperaba de la bondad de un Dios desconocido e incognoscible, sino del esfuerzo de los hombres. De nuestro propio esfuerzo, de nuestra propia lucha. Yo no me resignaría a dejar la vida como la habíamos heredado. Lucharía por cambiarla, por construir un mundo mejor, por abrir para nuestros hijos el camino hacia una sociedad sin opresión y miseria.
Mientras estuvo en Madrid, ni un solo día dejó Rubén de venir a la puerta de la cárcel y de pasarse allí el día con la ilusión de verme, o de que yo le viese a él. Esto me producía un dolor insoportable porque me sentía impotente para proteger a mi hijo, del que nadie se preocupaba. De nuevo la vida mostraba cuán difícil era para una mujer madre dedicarse íntegramente a la lucha revolucionaria. La vida, la libertad, nada importaba; pero los hijos, ¿tenía yo derecho a sacrificarlos, privándoles incluso, dentro de nuestra vida mísera y azarosa, de los cuidados, de las atenciones, del cariño de la madre? En mi vida de comunista, esto ha sido para mí uno de los aspectos más duros y penosos, aunque nunca haya hablado de ello, si bien haya callado siempre, pensando que la mejor manera de enseñar y convencer es el ejemplo, aunque a veces cueste lágrimas de sangre.
La organización de Mujeres Antifascistas se convirtió por su actividad en la gran organización nacional de las mujeres españolas, a la que se incorporaron incluso aquellas que en tiempo de paz no solo se habían negado a ingresar en ella, sino que la habían combatido. La lucha común, aunque inspirada por distintos motivos, fue el gran aglutinante de voluntades y es posible esperar que lo que ayer pudo ser, en la defensa de la República y de la democracia, lo sea también mañana en la reestructuración de una España pacífica y democrática.
Me llegaba al alma la solidaridad de las gentes del pueblo que, por ser comunista y perseguida por la policía, me consideraban como algo suyo, que había que cuidar y defender.
En Navarra ha tenido el tradicionalismo reaccionario un baluarte que ha figurado como inaccesible a la democracia por las debilidades de los diferentes gobiernos republicanos socialistas, que, temerosos de enfrentarse con las fuerzas tradicionalistas, han abandonado en manos de estas a los obreros y a los campesinos navarros. […] Al comenzar la sublevación militar fascista contra los núcleos de demócratas existentes en Navarra, se ensañó con salvaje violencia la locura criminal de requetés y fascistas, llenando de dolor y de luto centenares de familias [En Navarra, uno de cada diez votantes del Frente Popular fue asesinado. P. Preston: El holocausto español, cit., p. 259.]
La sublevación (canción vasca): Antes que ser esclavos, los ríos correrán tintos en noble sangre a enrojecer el mar.
El mismo 18 de julio, por la noche, en nombre del Partido Comunista hablé al pueblo por la radio del Ministerio de la Gobernación. Desde aquel momento, el “No pasarán” se hizo carne en la resistencia del pueblo. Las calles de Madrid y de todas las ciudades y pueblos importantes eran campamentos militares. Abandonar la calle significaba exponerse a que la tomase el enemigo, porque este estaba en todas partes. Había un gran nerviosismo. La presencia de mujeres armadas despertaba la emoción y la simpatía de todo el pueblo.
“¡Han entrado! ¿A qué esperamos?”. Se oye una orden, una voz de mando, en una lengua extraña, que corta como un latigazo el aire de la calle. Las primeras estrofas de un himno cercano y entrañable acompaña el rítmico movimiento de los desconocidos. El aire se llena de sones y palabras vibrantes, solemnes, que estremecen a los madrileños. […] ¡Los hombres que desfilan por las calles del Madrid sitiado cantan La Internacional en francés, en italiano, en alemán, en polaco, en húngaro, en rumano…! […] El pueblo madrileño se lanza a la calle al encuentro de los que ya sabe son amigos. Y hombres y mujeres, en impulso incontenible y emocionado, abrazan llorando a los combatientes de las Brigadas Internacionales…
Frente a nuestra lucha no había, no podía haber neutrales. O en pro o en contra. La indiferencia cuando se decidía la paz o la guerra, la democracia o el fascismo en el mundo, era un tanto a favor de los agresores.
Volví al Estado Mayor de Modesto y al poco tiempo comenzaron a llegar los primeros grupos de prisioneros. Eran soldados y civiles que habían resistido, así como un grupo de sacerdotes vestidos de paisano que, al caer en manos de los “rojos”, creyeron que serían fusilados sin remisión. Las historias que contaban acerca de las fuerzas republicanas, recogidas de la propaganda fascista, hacían palidecer la historiografía de los sacamantecas y bebedores de sangre. Cuando se dio de comer a los prisioneros y se les llevó a descansar, dejándoles en libertad para hablar con los combatientes republicanos, se sintieron locuaces. Hablaban de la Pasionaria con verdadero horror; de los crímenes que había cometido, de su crueldad par con los prisioneros, especialmente para con los curas y monjas, de las jotas sobre ella cantaban en Radio Zaragoza. […] Imagínese el lector el susto de aquellos hombres cuando les aclaré con quién estaban hablando. […] Al convencerse de que yo era Pasionaria en cuerpo y alma, un temblor se les iba y otro se les venía. Les tranquilicé asegurándoles que no les iba a ocurrir nada, pero era difícil devolverles la serenidad después de los piropos que me habían echado.
En la historia de Teruel, a la leyenda romántica de Isabel y Diego, […] irán unidas las páginas tremendas de la dominación fascista y los horrores de la plaza del Torico, adonde las damas de la buena sociedad iban cantando como en una romería a presenciar las ejecuciones de los republicanos. ¿No habrán sido turbados sus sueños por el recuerdo horrible de los crímenes que sancionaban con su presencia? ¿Habrán contado a sus hijos lo que vieron?
En una reunión de la Ejecutiva del Partido Socialista celebrada en Barcelona en noviembre de 1938, […], Julián Besterio declaró que “sin la participación de los comunistas no había posibilidad de ganar la guerra; pero si la guerra se ganaba, España sería comunista”. Él no aceptaba, no podía aceptar esto. Por tanto, la conclusión era lógica: “Perder la guerra para que no triunfasen los comunistas”. A esta conclusión llegaba la insensatez anticomunista del “honorable” profesor de Lógica, al que hoy se pretende canonizar por el Partido Socialista. Y en esta dirección patricida, contrarrevolucionaria, antiespañola, orientó su actividad el líder socialista que culminó en su participación, junto con otros socialistas del ala caballerista, en la Junta de traición del coronel Casado que entregó España a Franco.
El paso del Ebro (canción popular): En el Ebro se han hundido las banderas italianas y en los puentes solo ondean banderas republicanas.
¡Qué poco podían sospechar los que entonces encerraban a los hombres de las Brigadas Internacionales en campos de concentración que muy pronto muchos de ellos iban a ser los dirigentes de la resistencia al fascismo en cada país y los gobernantes de sus patrias […]!
Con el alma rota, atravesaron la línea fronteriza bajo la mirada de los gendarmes, que observaban inquietos los rostros ceñudos y el gesto decidido de aquellos hombres derrotados, pero no vencidos, a quienes encuadraban para conducirlos a los campos alambrados de Argelès, de Coillure, de St. Cyprien. Las primeras palabras francesas que los combatientes españoles aprendieron en el país de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, oídas de los gendarmes que encuadraban a nuestros combatientes camino de los campos de concentración, fueron el “Allez, allez, reculez!” [“¡Vamos, vamos, retroceda!”]. […] En aquellos campos de dolor y de esperanza, cinco meses después de terminada la resistencia española, nuestros combatientes conocieron el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuyas primeras batallas se habían librado en España.
El triunfo del fascismo en nuestra patria no significaría una etapa breve y transitoria de gobierno reaccionario, como fue la dictadura de Primo de Rivera o el Bienio Negro. El triunfo del fascismo sobre la República no sería una simple derrota parcial y pasajera. Sería el fin de todo lo que los obreros han conquistado en decenas de años de trabajo y de duros combates; sería el fin de toda libertad, el aplastamiento de la dignidad humana, la esclavitud más dolorosa. […] La resistencia es posible y será un hecho que nos permitirá salvar la vida y la libertad de millares y millares de hermanos nuestros.
La heroica resistencia armada del pueblo español a la agresión militar fascista y a la intervención extranjera había terminado. “La paz honrosa”, la paz fascista, la paz de las cárceles y de los cementerios, extendió sobre España sus alas de muerte, cubriendo de sangre y luto millares de hogares. Se cerraban una página gloriosa y trágica de nuestra historia. Un nuevo periodo de lucha comenzaba. Los caídos eran invencibles. En los surcos abiertos por la guerra en las entrañas de España germinaba una nueva generación de combatientes. Y sobre la patria encadenada, sobre la España de cárceles, de “sacas”, de torturas, de ejecuciones sumarísimas, una luz, una fe, una esperanza. La que inspiró la épica resistencia de nuestros combatientes a la pérfida agresión, […] la que brotando de los hondones del sufrir de todo un pueblo, atravesando los espesos muros de las prisiones franquistas, dice al mundo con la voz inabatible de un pueblo inmortal: ¡España vive, España lucha, España permanece!
Y, sobre todo, lo que la guerra mostró de manera exhaustiva es que sin la unidad de la clase obrera la dirección de la revolución democrática cae inevitablemente en manos de la burguesía, que frena esta revolución, que no la lleva hasta el fin, que incluso la transforma en instrumento contra el proletariado.
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Subtitled ‘The Autobiography of La Pasionaria’, I read this 1966 memoir in the mid-1970s. It was written by Dolores Ibarruri, a communist leader of the Republican forces during the Spanish Civil War of the mid-1930s. Supposedly it was she who coined the rallying call ‘No Passaron!’ or ‘They Shall Not Pass’ to inspire efforts to keep Franco’s fascist forces from entering Madrid. Though she lived in exile after the war and eventually returned to Spain after the death of Franco and the end of fascist rule, the book focusses almost exclusively on the war years.
Unfortunately, I remember almost nothing about my reading of it from almost a half century ago, and though I know it was a hardback volume and I very rarely if ever discard books, I don’t even know what has become of it.
A really good book about a great dedicated Communist. it has a lot of funny stories and sad stories as any autobiography about the revolutionary struggle would have. I particularly enjoyed the sections revealing the fascist elements of the Trotskyist and anarchist movement in Spain with specific mention of the trot-anarchist putsch.
overall a solid book for anyone interested in the Spanish civil war and pre-civil war communist movement.
La Pasionaria'nın kendi ağzından yalın bir anlatımla anılarını dinlemekti benim için bu kitabı okumak. İspanya/Avrupa tarihiyle, devrimle, komünizmle veya halk hareketleriyle ilgilenenlere tavsiye ederim.