En el día y mes de mi nacimiento (28 de noviembre), pero muchos años atrás, José María Arguedas se encerraba en uno de los baños de la Universidad Agraria La Molina para dispararse un tiro en la cabeza. Tras cinco días de agonía su espíritu abandonaría este mundo, no sin antes dejar todo un legado que perdura hasta el día de hoy. El año pasado se conmemoró medio siglo de su partida (2 de diciembre de 2019), en tal día las circunstancias hicieron que traiga a mi mente un libro que hacía tiempo me esperaba: ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’ (novela póstuma, sexta y última, publicada en 1971). ¿Por qué no leerlo ya? -pensé-, acercarme a lo último que produjo su pluma, descubrir las intimidades antes de que efectuara lo que hizo; empaparme de su testamento literario.
Y lo leí, lo disfruté, me enterneció y me hizo recordar la tenaz lucha contra la muerte a través de la escritura -antes ya había investigado al respecto, a propósito de un análisis que hice sobre la obra del poeta guayaquileño David Ledesma Vázquez-. Esa suerte de engarzamiento a la vida por medio de la escritura; un posible llamado de auxilio, la última ancla que le mantiene asentado a ese ser que tiende a levitar, o como diría el mismo Arguedas: “porque yo si no escribo y publico, me pego un tiro”. Si las palabras no dicen nada, si la escritura no es vinculante, si este tipo de escritor ya no puede producir se apagan las luces y se dice adiós.
Antes de embarcarme en la lectura de los zorros, investigué y recordé algunas cosas relacionadas con la vida y obra de Arguedas -para ese entonces, mi único acercamiento hacia él había sido a través de breves notas biográficas y de sus cuentos-. Tenía ante mí la figura de un escritor peruano harto conocedor del mundo indígena; investigador, profesor, folklorista y antropólogo. Un personaje que había entendido y teorizado sobre la división del Perú -y de la mayoría de territorios latinoamericanos-, es decir, esa condición esquizofrénica fruto del choque entre dos culturas: la de origen indígena y la traída por los españoles. A raíz de los zorros -y sus propias dualidades-, y de un par de textos sobre su vida, se me hizo más presente su afán de preservar, promover y contagiar un apego inocente hacia lo nuestro, hacia nuestras raíces y ancestralidades. También se me hizo presente su carácter perfumado de una sensibilidad fuera de lo común. Un pathos que le permitió adentrarse en lo telúrico y que también lo desgastó hasta la muerte.
Pocas novelas he visto que conjugan tan perfecto la materialidad de una vida y la materialidad de una narración. Porque en los Zorros no solo tenemos la crónica de la hechura de la novela trunca, tenemos la historia del boom pesquero en Chimbote, vida y fortuna de los pescadores de anchoveta, el nomadismo de la gente de arriba -sierra- que se asienta abajo -costa-, y viceversa. Tenemos una colección de figuras, colores, culturas, formas de hablar, costumbres y sentires de ambas regiones.
Todo ello intercalado por las páginas íntimas de sus últimos diarios, en donde expresa no solo aquella recrudecida dificultad para escribir, decaimiento, fatiga, ansiedad y angustia; también enuncia su sentir hacia la literatura, hacia su labor y profesión, sus defensas contra los críticos y sus últimas voluntades.
Sobre la novela diré
En general se desarrolla dentro de un ambiente violento, lugar en el que triunfa el más vivo (Arguedas maneja con destreza el hablado costeño y el modo de ser y de pensar de los pescadores; hace libre uso de su experiencia como etnógrafo). Quienes dominan la industria de harina y productos de pescado -y pertenecen a las “mafias”-, quienes son dueños de lanchas y quienes reciben dinero del mar son los que ostentan el poder; experimentado a diferentes niveles e intensidades. Porque todos los caminos llevan a Chimbote, epicentro al que emigra la gente de la sierra -de arriba- a buscar fortuna, a formar familia y a fundar barriadas -invasión de tierras-; sin importar los eventuales riesgos. Las “mafias” son las encargadas de regar rumores sobre vacantes y así “salvar” a los próximos peones del trabajo en las haciendas. Las “mafias” acondicionan tugurios que mantienen a los trabajadores controlados y ajustados de su bolsillo; éstos se sienten superiores cuando van a la cama con alguna prostituta cotizada, basta con mencionar el episodio en donde Asto, de la lancha del zambo Mendieta, paga por la Argentina. Todas estas particularidades y la mecánica del negocio las conocemos a través de la conversación que sostienen don Ángel Rincón Jaramillo, jefe de la fábrica de harina de pescado “Nautilus Fishing” y don Diego, enviado especial de Braschi.
En cuanto a los personajes -de toda la gama creada por Arguedas-, por su relevancia dentro de la historia, personalidad, destino y peculiaridad, me quedo con los siguientes:
Braschi, máximo patrón de Chimbote, uno de los primeros en levantar una fábrica en donde solo había desierto. Admirado y odiado a la vez. Se deja sodomizar por el Mudo y otros pescadores en el prostíbulo de la ciudad. Cuando “Mantequilla” visita a Chaucato, para advertirle que Braschi le iba a quitar su lancha por haber financiado a quienes difaman la industria (Solano, Zavala y Maxwell), nos enteramos que el susodicho es difícil de encontrar; sin casa ni familia, vive en el Club y no se sabe cuándo está o no en Lima.
Chaucato, patrón de la bolichera “Sansón I” y parte de la “mafia” antigua. Aprendió todo lo que sabe gracias a Braschi, fue su guardaespaldas y llegó a considerarlo como a un hermano; luego se vuelve su rival. Tiene la plata suficiente que le da el derecho a estar con varias prostitutas a la vez.
Antolín Crispín, músico ciego encargado de cantar las historias de los pescadores. Vive en la casa de Florinda, hermana de Asto.
Moncada, en sus días sanos se desenvuelve como jalador de pescado, pero en los días de locura se disfraza de un personaje diferente, realiza una suerte de performance y predica en los mercados. Compadre de don Esteban. Crítico de Braschi y sus negocios con el poder. Cuando tiene la audacia de entrar al Gran Hotel Chimú -y es apresado-, la mujer de don Ángel Rincón piensa que el loco habla como alguien instruido y que inclusive podría ser descendiente del Mariscal Obregozo y Moncada.
Don Esteban, chupetero, antes de establecerse en Chimbote trabajó en una mina de carbón. Jesusa, su mujer, tiene un puesto en el mercado de Bolivar Alto, en una zona urbana “calificada”. Producto de sus días de minero padece de una afección en los pulmones que le debilita y le hace toser escupitajos negros; guarda la esperanza de lograr botar cinco onzas del carbón de sus pulmones para poder limpiarlos (la mayoría de mineros de Cocalón, compañeros de don Esteban, están muertos).
Maxwell, gringo, ayudante permanente de albañilería y ex miembro del Cuerpo de Paz. Al principio de la novela -la primera noche de su licenciamiento legal del Cuerpo- va al prostíbulo y baila con la “China”, produciéndose un altercado con el Mudo. Al final de la novela solicita al cura Cardozo su consentimiento de no ser excomulgado y permitírsele casarse con Fredesbinda y establecerse en Chimbote.
Sobre los zorros diré
Según Mario Vargas Llosa (‘La utopía arcaica’, 1996), los Zorros de Arguedas son personajes mitológicos tomados de las leyendas indígenas recopiladas por el doctrinero hispanoperauano don Francisco de Ávila en la provincia de Huarochirí (estas leyendas fueron traducidas del quechua por Arguedas y publicadas bajo el título de ‘Dioses y hombres de Huarochirí’). Según las intenciones del autor -motivos que no se llegan a cristalizar del todo-, los zorros debían entrometerse de vez en cuando en los sucesos de la novela con el objetivo de comentarlos y orientarlos.
Su aparición inicial se da en el Primer diario (Santiago de Chile, 1968), 17 de mayo. Durante su diálogo mencionan la salvajina (ima sapra, Virgen del ima sapra), mencionan a Fidela preñada que fornica con el niño -¿Arguedas?- y la “zorra” de las prostitutas -vagina-. Luego se los alude varias veces en el Capítulo I: Tutaykire queda atrapado por una “zorra” dulce. En el prostíbulo el “corral” las putas muestran la “zorra” -vagina- afeitada. Los pescadores se cogen a la gran “zorra” -el mar- a la que también empiezan a cogérsela los extranjeros. La puta Paula Melchora alza su queja a las gaviotas y reclama que los borrachos le lastimaron su “zorra”. Ambos zorros vuelven a entablar un diálogo, mencionan el mundo de abajo (donde no llueve, una tierra cálida cerca al mar) y el mundo de arriba (llanos, montañas que el hombre hace producir a fuerza de golpes y canciones).
Narran algún mito relacionado con Huatyacuri, hijo artesano del Dios Patriarca, quien superó todos los retos que le puso el yerno de Tamtañamca y fue capaz de hacer danzar a las montañas con un tamborcito hecho por un zorro; danzó disfrazado, convirtió a su rival en venado y a su mujer en ramera de piedra. También cuando Tutaykire, guerrero de arriba e hijo del patriarca, fue detenido en Urin Allauka -mundo de abajo- por una virgen ramera que quería adormecerlo y dispersarlo. En el Capítulo III los zorros trasmutan en la figura de don Ángel Rincón Jaramillo -de arriba- y don Diego -de abajo-; don Ángel dice que en los cuentos de la patria se llama Diego al zorro. Al salir del prostíbulo don Diego se encuentra con un hombre pequeño de hocico largo -“zorro” de arriba- que le advierte no fiarse de don Ángel. En el Tercer diario (Santiago de Chile, 1969), 20 de mayo, Arguedas revela que para seguir el hilo de los “zorros” debió “aprender” la técnica de ellos y haber vivido como ellos. Los “zorros” se le corrieron y pusieron fuera de alcance (Arguedas visitó varias veces Chimbote con la finalidad de hacer una correcta etnografía; aprender y vivir con los pescadores). En la Segunda parte, la primera noche del licenciamiento legal de Maxwell, luego de haber bailado con la “China” y haber tenido el altercado, despreció a la gorda y le dejó con la “zorra” encendida. En el ¿Último diario? (trozos seleccionados y corregidos en Lima, 28 de octubre), 20 de agosto de 1969, el autor se lamenta de que los zorros no podrán narrar la lucha entre los líderes del sindicato de pescadores. Los zorros iban a comentar y danzar el sermón que enjuicia al mar y a la tierra. Ellos corren de un lado al otro de los mundos, hilvanan los materiales del relato (vale recordar que nuestro autor era un gran aficionado de la música y danza tradicional, también fue un gran cantor).