"En País portátil, el personaje central debe cumplir una acción política importante y para ello atraviesa la ciudad. Un viaje urbano que dura una tarde y parte de la noche, se convierte para él en una especie de alucinante pesadilla, en la cual flotan la circunstancias de su pasado inmediato y las sensaciones remotas que en su regreso memorioso a la vieja casa familiar se abarca casi un deslumbramiento que va hasta los orígenes históricos. El conflicto está a flor de piel: en la situación precisa de ser actor y espectador al mismo tiempo de la violencia caraqueña de los últimos años..."
Adriano González León was a Venezuelan writer better known for the novel País Portátil, winner of the Biblioteca Breve Prize (1968) of Seix Barral. In 1980 was honored with the National Prize for Literature.
Leer esta novela, escrita en la década de los 60, en el marco de las actuales circunstancias del país, fue para mí como un juego de espejos. En cierto sentido la descripción de la represión es atemporal. Adriano González León hubiera podido emplear las mismas frases que utilizó en País Portátil para referirse a la situación actual en Venezuela. La diferencia primordial, sin embargo, es la ausencia de una lucha armada en este período de protestas. Volviendo al libro, es un notable exponente del boom latinoamericano. Sin caer en los clichés del realismo mágico, en su momento fue una novela innovadora, con cambios de ritmo, con saltos temporales. Un libro que exige al lector una actitud acuciosa y vigilante para poder transitar con éxito en el laberinto de la memoria de Andrés Barazarte, que al mismo tiempo es una revisión del pasado venezolano. Durante mi lectura tuve la fortuna de contar con algunos intercambios con un par de escritores quienes me dieron ciertos elementos muy útiles para entender más profundamente el libro. Ellos saben quienes son, no es necesario mencionarlos.
Pienso que en coyunturas políticas como la que estamos viviendo los venezolanos, vale la pena mirar atrás y tratar de entender cómo quienes nos precedieron articularon sus propias coyunturas, en este caso, a través de la literatura. Esto es especialmente necesario porque cualquier conocedor de nuestra historia entenderá que el presente no es otra cosa que la explosión de todos los traumas, conflictos, problemas y distorsiones que hemos venido acumulando desde la misma formulación del país —desde la misma conquista, se atreverá a plantear Adriano en estas páginas—, a las cuales no les hemos dado una solución satisfactoria. País Portátil es una obra propia de su tiempo, de la época del boom latinoamericano, publicada en el 69, ganando incluso el premio Biblioteca Breve, el mismo que catapultó a Vargas Llosa a la fama. En ese sentido, al menos en la forma, muy influenciada por el modernismo anglosajón, con una cercanía muy particular a Woolf más que a Joyce por su fluir de consciencia, y también por su tema, es un texto profundamente anclado en su época. Pero creo que la tesis fundamental que se plantea aquí es lo más extraordinario que puede tener este libro. Desde que he tenido consciencia de él, lo que he podido notar es que se suele dar mucha más importancia a la violencia policial, casi tratándola de novela testimonial y comparándola incluso con la violencia vivida bajo el chavismo. También se trata, muy someramente a mi parecer, la cuestión del continuismo de la tradición caudillista transformada en las guerrillas de los sesenta. Quiero criticar estos dos puntos: el primero no suele ser más que una visión distorsionada de unos acontecimientos. Porque Andrés, Eduardo, Delia y sus compañeros, como muchos de los que participaron en las guerrillas de los años sesenta, eran terroristas que querían instaurar un régimen comunista al estilo de Cuba, y esto de hecho se trabaja ampliamente a lo largo del texto, como en el mitin donde se dice que "el pueblo no quiere romper relaciones con Cuba", mientras que Cuba buscaba intervenir activamente en la democracia venezolana para desestabilizarla, cristalizando en la fallida invasión de Machurucuto, por aquella época, y en tutelaje del Chavismo-madurismo, en nuestros tiempos. Decir que Cuba quería intervenir en Venezuela a nosotros no nos suena extraño; ese es el paralelismo que más habría que resaltar, no la violencia y los excesos de la democracia con el terror chavista. Sé que, por otra parte, llamar a los personajes terroristas es una palabra que incomoda, pero los hechos la justifican. Acciones como el asalto al Tren del Encanto en 1963, por ejemplo, fueron eso, acciones terroristas, y fueron a su vez percibidas exactamente así por la opinión pública, que en una aplastante mayoría respaldaba el régimen democrático que se quería derrocar. Es cierto que el fenómeno es más complejo, pues hubo jóvenes que llegaron a esa lucha desde un desencanto genuino con el Pacto de Puntofijo, desde el movimiento estudiantil, desde ideales que no eran mera crueldad. Pero el objetivo era, a la larga, antidemocrático, los métodos eran violentos, y romantizar eso —como se ha hecho durante décadas— ha tenido consecuencias que hoy pagamos muy caras. Porque, y hay que repetirlo, todo esto era en contra de un régimen democrático rabiosamente popular y que ha significado el mejor periodo que hemos tenido como sociedad. En la memoria puede parecer la lucha de la insurgencia como David contra Goliat, pero lo cierto es que aquella "violencia" hay que verla más bien como la lucha de una democracia por no ser derrotada por una dictadura que, sin embargo, tiempo después, sí pudo hundir sus garras en el país. Ya sabemos lo que sucedió, los seguimos padeciendo. Tampoco hay que hacer aquí una apología de los gobiernos de Betancourt y Leoni. No pienso que los excesos cometidos durante la lucha contra la insurgencia deban ser pasados por algo, deben ser denunciados y purgados siempre. Esto tiene su continuidad en esa visión romántica de trasladar las luchas caudillistas a las luchas guerrilleras, que tiene un gran arraigo, primero por los nostálgicos de la Venezuela rural, y segundo por aquellos que consideran que arraigando las ideas comunistas y la lucha guerrillera en la tradición más propia, se le da un viso de validez, y se sigue sustentando el romanticismo con el que se ven los trastornos de la venezolanidad. Pero la realidad es que, de la misma forma en que hizo Uslar con la historia independentista en Lanzas Coloradas, Adriano está profundamente enamorado del mundo rural de Trujillo, y siente una afinidad personal tremenda por la lucha guerrillera de los años 60; hay que tomar en cuenta que fue hecho preso por el gobierno de Betancourt por escribir la introducción a Duerme usted, señor presidente. Pero, a su vez, y en esto se encarna en la mejor tradición nuestra, es tremendamente crítico con ese mundo tan idílico, más duro en sus críticas que Uslar incluso, porque nos lo muestra en toda su anarquía, en todo su machismo, en todo su sinsentido, su falta de ideales, su falta de lealtades, una simple búsqueda constante del poder que, ya en los albores de la Revolución Liberal Restauradora de Cipriano Castro, no era otra cosa que una orgía perpetua de sangre, muerte, y lucha, y guerra, y muerte, y alzamientos, y destrucción, y mujeres solas en las casas enloquecidas, y hombres violando y matando y sacándose las tripas entre sí como animales rabiosos, y un Dios ladrón encarnado en la iglesia, y una estirpe desgastada y castiza destinada a morir como momias encerradas en casas llenas de cucarachas y ratas, el pasado pudriéndose. Un pasado tan pesado, tan metido dentro de la psique y de la esencia de Andrés Barazarte que él no podía hacer otra cosa que simple y llanamente entrar en la forma moderna de esas luchas sin sentido, que era la lucha armada de los años sesenta, que con su posterior pacificación e integración en la vida pública, con las críticas y arrepentimiento de varios de sus altos dirigentes como Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, no hicieron otra cosa que seguir los mismos patrones que tenían los caudillos en la época de las montoneras. Yo sé de primera mano que varios de esos guerrilleros, particularmente los de origen rural, lo que hacían era continuar con una tradición malsana que se instauró desde la misma fundación de la república. En ese sentido, Adriano comienza a bosquejar en su tesis lo que varias décadas después, y ya en medio de una dictadura que es la vuelta absoluta al modelo caudillista de corte socialista que se quería implantar en los sesenta, Ana Teresa Torres estudia a fondo en su ensayo La herencia de la tribu. Es decir, que a pesar de todo el amor, todo el romanticismo, todo el despliegue técnico, y toda la crítica hacia la violencia, uno puede concluir que Adriano ya entendía en los albores de la pacificación de Caldera que lo que aquellos muchachos habían hecho fue una gran equivocación y que eran víctimas de un problema tan nuestro que se podría remontar incluso a la misma independencia, incluso hasta la misma conquista y reparto de tierras. También podemos pensar que la obra traiciona a su autor, y que si Adriano lo veía distinto, habría que decirle como le dijeron a Vargas Llosa sobre el final de La ciudad y los perros: usted no entiende su propia obra. Es difícil extraer esta conclusión del libro y creo que quizás algo tenga que ver el poder leerlo a la distancia y con información suficiente. Porque esto es ante todo una obra literaria con grandes ambiciones formales, cuya narración llega a ser críptica, que muchas veces se enfoca más en generar sensaciones y pintar frescos que en relatar acción, y cuyas secciones más logradas parecen poesía en prosa, de lo trabajadas y potentes que llegan a ser. Pero creo que luego de leerlo varias veces, de reposar, y por supuesto, de conocer nuestra propia historia, se puede entender como el germen de una idea que hoy tenemos que mirar claramente: nos constituimos como país en la guerra civilista y desde entonces, poniendo a un lado la democracia puntofijista, nunca hemos dejado de matarnos entre nosotros y repetir esos mismos patrones de vacío de poder que desde nuestra misma formación nos vienen azotando.
Andrés Bazarte atraviesa la ciudad y su viaje se convierte en una especie de pesadilla, en la que afloran las circunstancias de su pasado y las sensaciones de su regreso memorioso a la vieja cada familiar, que le permite abarcar grandes períodos históricos, logrando retratar la violencia caraqueña que ha existido desde el origen de la tragedia.
País portátil es una novela imprescindible, pues captura los sentimientos del país en el momento histórico que retrata, bajo la idea de la venezolanidad. Es un espejo en el cual vernos. Gonzáles León nos transmite a los lugares que narra, haciéndonos sentir angustia o tranquilidad, mientras pasea por las calles de Caracas que, aunque fue descrita hace más de cuarenta años, sigue siendo la misma, inclusive la proyección de lo que es hoy: caos, miseria y corrupción.
País portátil se vincula a nuestro presente, aludiendo a la necesidad de un compromiso político y social que vive en la memoria colectiva. El escritor presenta a un personaje insatisfecho con el mundo que lo rodea, para criticar a una sociedad que se afianza en el asenso social y la mediocridad común, dentro de una ciudad heteróclita, cargada de monóxido de carbono, fas de bombas lacrimógenas, dentro de una violencia socio-existencial entre lo rural y lo urbano, apoyados en un eje político que se alza en País portátil.
La violencia, dentro de la ciudad, es la respuesta. En ella el personaje aprende y se transforma, buscando dar respuesta a su pasado histórico, que encarna la memoria colectiva, permitiéndose identificar su presente en los aspectos sociales y políticos que han marcado a su país, en la búsqueda de su identidad, de arraigo.
En su novela, Adriano Gonzáles León resume la crisis venezolana que nos ha perseguido casi desde nuestra Independencia, ofreciendo una mirada de nuestro país que surge como un bisturí, que no pretende ser una hipérbole de lo que deberíamos ser, sino un aguijón contra nuestros errores. Se vende un país portátil, con su autoestima en el suelo, con un enorme complejo que lo hace anti nacional. Es un lugar sin memoria, donde ya nada sorprende, vive el crimen indultado, o un charlatán presidente, decía Rubén Blades en su canción que nombra este libro, añadiendo que estamos llenos de falsos héroes, de ideales con precio y mediocridades totales, domesticados por engaños, dentro de un pueblo auto condenado por no aceptar la verdad…
Bajo esa idea de lo transitorio, portátil o pasajero que vive en nuestras raíces, la novela es un análisis político de la Venezuela atrasada que hemos sido durante tantos años, en una constante dictatorial y una efímera democracia. En definitiva, País portátil es un libro que hay que leer sí o sí, pues se mantiene más vigente que nunca y es, de nuevo, un reflejo de los errores que hemos arrastrado por tantos años y que nos hacen ser la sociedad basura que somos hoy en día. Sin embargo, ¿cabrá la posibilidad de cambiar?
Andrés Barazarte, joven andino en Caracas de los años 60. Despersonalizado e integrado a la masa, desilusionado por su imagen distorsionada del progreso, afligido por el malestar del hombre moderno. Dubitativo, inseguro y asustado. Lleva a cabo dos viajes simultáneos: un estrepitoso recorrido urbano en transporte público y una reconstrucción de su pasado. Todas las sensaciones que le va produciendo esta ciudad tienen una conexión con la memoria, los recuerdos de su infancia y su familia: los magnánimos Barazarte.
Un constante juego de planos y personas narrativas superpuestas permite al lector asistir a ese diálogo permanente de Andrés con memorias y referencias, familiares y nacionales, que se remontan hasta 1610.
Conocer la historia de Venezuela no es necesario para entender la novela. El esfuerzo que deberá realizar el lector apunta más hacia comprenderla como propuesta literaria, con sus alternancias y experimentos. Sin embargo, no por esto dejan de disfrutarse los colores con los que González León matiza su prosa, llena de olores, sabores, sonidos y sensaciones del desquiciado quehacer del venezolano.
Venezuela está pasando a ser un país monoproductor, el dinero producido por el petróleo genera enriquecimiento abrupto, inesperado, lo que se traduce en el ambiente urbano convulso que percibe el protagonista. País portátil expone una sociedad en la que se adoptan –o se imponen– nuevas formas que no han sido del todo asimiladas culturalmente y que arrastran las costumbres para dar paso a la modernidad.
La novela no solo muestra los problemas de la urbe, también algunas de las realidades más crudas del interior como la violencia rural, de la mano de los antepasados de Andrés. En contraposición al crecimiento atropellado, se retratan las barbaries y la muerte de toda la estirpe Barazarte, cuya casa viene a significar decadencia, desvanecimiento de una memoria aniquilada por completo con el final de la novela.
3x1 de casas muertas, oficina no. 1 y cuando quiero llorar no lloro, pero gonzález león es mucho más atrevido que otero silva, a mi juicio, como novelista e ideólogo. presenta una crisis nacional estática e interminable (portátil pero no pasajera), y da susto cuan acertado que sigue siendo
“Sí. Podemos hacer una excepción mientras llega el desfile: espléndidas morenas bien alimentadas que agitan maracas y pañuelos de colores, el arpa y la garza blanca del morichal, las torres de petróleo y el río más salvaje del mundo. Jets to Canaima! Simpático all the way! Is different, ¿verdad?”
Lo admito, leer “País Portátil” no fue sencillo. No es algo que puedas disfrutar mientras vas en el metro o haciendo una fila en el banco. Es un libro que, para poder entenderlo, hay que sentarse y LEERLO. Así, en mayúscula. Con todas las letras. Dedicarle tiempo y concentración. A pesar de todo, lo disfruté y aprendí de él como escritora, como persona y como venezolana. Pienso que es algo que todo el que esté en busca del “Mostrar en lugar de contar” tiene que leer. Es increíble como Gonzáles León te transporta a los lugares que narra: percibes la putrefacción o la tranquilidad o el desgano en carne propia. Varias veces me puso la piel de gallina. Pero ya hablaremos de eso más afondo. En cuanto pueda recuperar mis notas (estoy atravesando algunas fallas técnicas en este momento, jeje), les prometo una reseña completa.
Imprescindible. Es una gran novela venezolana que captura y plasma las imágenes y los sentimientos del país en los años de su contexto, pero además de eso, en el fondo, el imaginario que construye a partir de la ciudad de Caracas y la forma de vida de los pueblos andinos a finales del siglo XIX y principios del XX es un reflejo brillante de aquello que late en la idea de la venezolanidad. Es un imaginario rico en poesía, es una muy aguda mirada crítica hacia nosotros mismos como país. Es un nítido espejo en el cual vernos en nuestra propia literatura y hace falta leerse y discutirse más.
Para mí es un strong 3.5 de 5, pero no me disgustan las 4 estrellas.
Un amigo me lo recomendó hace meses y me decidí a leerlo recientemente. La verdad es que aún con la breve sinopsis del libro, me esperaba otra cosa. Pero no lo digo como algo malo... De hecho, diría que es incluso positivo, porque me sorprendió con su estructura por sobre la tradicional novelesca y lo que creía que iba a tratar.
Creo que sobre todo es un libro que puede abrigar la curiosidad de los venezolanos, especialmente la de aquellos que le sabemos un poquito a la historia política del país. Es una obra de 1969, que tal como dice en la introducción de la edición que leí, se encuentra al final de la década sangrienta de Venezuela, adornada con las insurrecciones y la batalla del Estado democrático contra la "izquierda revolucionaria" popular de la época. Por lo que es un retrato fiel y legítimo al panorama político, social e incluso literario de entonces, si tomamos en cuenta que además entra en los tiempos del boom latinoamericano.
Este libro es el contraste del pasado y el presente de su tiempo. La Caracas "civilizada" y "moderna" con la llanura decimononica del centro. La Venezuela rural de costumbres que es la historia familiar de los Barazarte, y la Venezuela de concreto, luces y bullicio arropada por el crecimiento económico del petróleo.
No sé por qué, pero aunque ya fue hace años que leí Cien años de soledad, este libro me recordó a ese justamente por la cuestión de un poco la crónica familiar y el estilo que tiene González León, en el que uno en un pestañeo se pierde entre nombres y anécdotas. A mi juicio combina bien la historia de los Barazarte, con los recuerdos del protagonista y el suceso real que es ese camino de autobús con un objetivo qué cumplir. No se chocan las cosas entre sí, sino que está bien acomodado en ese aspecto.
La prosa del autor al principio no me convencía, que es ese estilo de ensayo sin pausas hilando ideas que parecen tan distantes entre sí. Pero con el paso de las páginas le fui agarrando mucho el gusto, como si fuese uno que llamasen "adquirido". Comencé a conectar más con su modo de contar la historia, porque, al final, todo ocurre en la cabeza del protagonista, y desde ese lente, parece ser una prosa mucho más correcta y orgánica. Y, en general, me parece ingenioso en su manera de hacer las remembranzas y las descripciones del entorno. Es visualmente gratificante, te contextualiza en el espacio y tiempo con profundidad.
También es una revisión de las dinámicas dentro de la izquiera juvenil de la época, medio trabajando por inercia y abstracciones, con sueños y una sensación de que todo lo arropa lo "naive". La juventud tonta, ilusionada y finalmente derrotada. Y de las historias familiares, cargadas de tragedias y errores que la impotencia no puede reparar. Creo que es un libro que en la segunda lectura me dará mucho más, cuando eventualmente lo lea.
No sé si siquiera deba estar en la lista, porque hice el intento 3 veces de leerlo y no logro pasar de la 2da parte. Encierra bastantes conflictos políticos y sociales que presentaba la época en que fue escrito y comienza bastante interesante, pero siendo una novela experimental, cuando hace esa transición a la 2da parte, hizo que me perdiera totalmente.
Una novela caraqueña, que, tal vez, pueda ser representativa para el resto de la región latinoamericana. Es una narrativa sobre los tiempos de la guerrilla, tiempos en que se tomaba acción por las ideas, de lucha armada, de lucha cultural. Pone en relieve un mal del que aún no se salvan nuestros países, el de suprimir y oprimir al que piensa diferente.