En Justicia, naturaleza y geografía de la diferencia, David Harvey se propone integrar el espacio en la teoría marxista, integrar el lugar en el desarrollo de la teoría materialista. El autor considera necesario en este camino, dar cuenta de los dilemas que surgen al vincular lo local con lo global, a la naturaleza con la cultura y a la justicia ambiental con la justicia social.
Para una concepción materialista de la historia, la dialéctica es un instrumento de análisis con el que es posible considerar en toda su complejidad las relaciones que se ponen en juego entre el todo y las partes, entre el cambio y la continuidad, nuevamente, entre lo local y lo global, la naturaleza y la cultura, la justicia ambiental y la justicia social, etc.
Harvey, como punto de partida para sus análisis, establece que las transformaciones son permanentes, que el cambio es la norma y que lo dado y estable deben ser explicados y desnaturalizados, punto de partida que facilita comprender a las pretendidas nociones absolutas de espacio y tiempo, primero, como conceptos e ideas relacionales y, en segundo lugar, comprender, ni más ni menos, que el tiempo y el espacio no son universales, sino que son creaciones sociales individualmente subjetivados.
El desafío que se presenta para el autor está dado por vincular esta perspectiva particularista y relacional del espacio y del tiempo, con políticas superadoras que sean capaces de relativizar la concepción homogénea que el capitalismo impone de ambas categorías.
Es claro que para comprender qué significan el espacio y el tiempo en la era moderna, organizados bajo parámetros capitalistas, es necesario contrastarlos con otras concepciones espacio temporales. El tiempo cronometrado y el espacio cartesiano nos parecen intuitivos, pero ¿cómo se los consideraba en la edad media? y cómo se los consideraba en sociedades precapitalistas, en palabras del autor, "Si el espacio y el tiempo son ambos sociales y objetivos, entonces se deduce que los procesos sociales (a menudo conflictivos) definen su objetivación", significativamente, las diferenciaciones de clase, de género, culturales, religiosas y políticas en las concepciones del tiempo y el espacio frecuentemente se convierten en escenarios de conflicto social. De semejantes luchas pueden surgir nuevas definiciones de lo que es el tiempo y el lugar correcto para todo, así como de las propiedades objetivas correctas del tiempo y del espacio.
En Justicia, naturaleza y geografía de la diferencia, el autor entiende que las relaciones sociedad – naturaleza, se normalizaron con el iluminismo a partir del discurso cartesiano, que consideró a la naturaleza como un objeto separado del hombre. Para Hervey, Iluminismo y liberalismo no son concepciones contrapuestas, ambas consideran, por caso, que la liberación del hombre tiene, entre otros fundamentos, el dominio de la naturaleza. Si bien deconstruir la concepción iluminista y liberal de las relaciones entre naturaleza y sociedad es un paso previo y necesario para invocar otros valores alternativos, fundamentar a continuación cuáles serían los sustentos teóricos y políticos que den lugar a las alternativas es una práctica compleja y ambigua. Aquí el autor considera válido analizar los discursos y propuestas sobre la naturaleza menos en términos de lo que se dice sobre ella que en términos de la propuesta social y política que se desprende de su valorización.
De los 14 capítulos que componen la obra, el capítulo 14 de Justicia… es un capítulo de síntesis, con cierta autonomía, en el que el autor explica el desarrollo urbano en relación con el desarrollo del capitalismo, desarrollo urbano comprendido como proceso y no como una cosa, la ciudad estudiada como palimpsesto y una historia que se presenta primero como tragedia y luego como farsa.