A veces los títulos de los libros resultan muy reveladores, descubriéndonos que nos va a parecer la lectura. En Qué desastre de vida, la palabra “desastre” no está puesta de manera casual. Y, sorprendentemente con ella se puede definir toda mi experiencia con esta novela que, además, resulta aburrida y pesada con ganas.
No creo que haya leído nunca nada de la autora, Karen Templeton. Pero visto el panorama, me cuidaré mucho de volver a cometer ese error. Y es que Templeton es una escritora mediocre, con un estilo informal que, aunque consigue tener cierta gracia, literariamente hablando deja muchísimo que desear. Compuesta por una prosa penosa, aunque ágil, lleno de un insulso lenguaje funcional, unas descripciones que brillan por su ausencia (salvo en el caso de los “trapitos” de la protagonista y alguna cosa más) y un personaje principal con el que no tienes más opción que reírte, por que llorar es malgastar fluidos corporales, y esta aberración, no se lo merece.
Qué desastre de vida, tiene una historia simple con un punto malsano de estupidez. Empezamos con una boda frustrada. La de Ginger Petrocelli, diseñadora de profesión, que en solo 24 horas pasa a estar compuesta y sin novio. Después de la clásica ingesta masiva de alcohol, Ginger todavía le queda por superar la visita de un Nick, oficial de policía y exnovio de Ginfer, que le informa de la posible desaparición de su prometido, diciéndola de paso que es sospechosa. A partir de ese día, el destino se ceba con la pobre Ginger, que ve como en pocas semanas se queda sin casa y sin trabajo, obligándola a volver con su Madre, a la que, por supuesto, no soporta. Como no quiero aburriros más lo dejaré aquí, pero os advierto que la cosa sigue en el mismo tono hasta el insoportablemente estúpido (y curiosamente) contenido final.
En resumen, Qué desastre de vida, es una lectura penosa y previsible. Puede tener algún momento divertido, pero no os dejéis engañar, es la misma bazofia romanticona y poco creíble, que además, supuestamente contiene alguna lección, que yo no he sido capaz de ver o comprender. Mi consejo es que no perdáis ni un ápice de vuestro tiempo leyéndola.