Un relato tremendamente personal y profundo, al estilo de ‘Futuro imperfecto’, desde la mirada de una madre que cuenta su vida y la de su hija adicta a la heroína hasta el momento de su muerte por VIH. Esta lectura ha sido como estar sentada con Raquel en un café, haciéndole preguntas y escuchando su propia historia de cómo la droga destroza todo lo que toca y pudre sus alrededores.
Frases que me he subrayado:
- En ese instante me habría gustado vivir en el antiguo Egipto y qué me enterrasen con ella. Supe que sobrevivir a un hijo es el peor de los castigos y que el tiempo, en lugar de atenuarlo, lo hace más insoportable.
- A mi hija se le interrumpió el período a los veinte años, y cuando la llevé al ginecólogo, éste diagnosticó que la heroína había envejecido hasta tal punto sus células que presentaba el mismo cuadro que una mujer en la edad de la menopausia.
- En el informe que había dejado podía leerse: «Edemas.» Eran la causa, al parecer, de las inflamaciones. Pero yo sabía que no. La muerte, que había entrado conmigo en la habitación, se había acostado a su lado.
- Mi hija era una niña sensible y cobarde, no en el aspecto físico, sino en el moral. Cuando se sentía herida psíquicamente necesitaba refugiarse en la in-conciencia y en la amoralidad. Con los años, y después de conocer muchos yonquis, he podido constatar que éste es un denominador común.
- ¿Tal vez, ese hijo que estaba perdiendo Ada aquella mañana y que en 1996 hubiera cumplido veintitrés años, habría influido en que la vida de su madre fuera distinta?
- Ignoro qué habría dentro, supongo que lo mismo que en todos estos locales, pero yo lo asocio con mi doloroso descubrimiento de la heroína—caballo, jaco, burro, blanca—, al que llegué precedida por un intenso y desagradable olor a limón podrido, a descubrir cuando iba a tomar un café que no había cucharillas, a encontrar bolitas de algodón endurecido, a que me faltaban objetos personales, como joyas, ceniceros de plata, algún dinero, poco al principio; que cinturones y corbatas estaban en los sitios más insólitos, y también a un incesante ir y venir de nuevos amigos de mi hija, que llegaban, se encerraban en su cuarto y se iban sin despedirse. Pero yo paraba poco en casa y no le di importancia al principio, achacando las faltas a mi despiste.
- Yo había dicho y escrito en muchas ocasiones que estábamos haciendo de nuestros hijos una generación perdida a fuerza de sumergirlos en una sociedad de consumo que no se ganaban con el sudor de sus frentes. Queríamos darles, aun a costa de nuestra integridad, cuanto nos había sido negado a nosotros, que éramos la auténtica generación perdida de la posguerra.
- Solía decir que siempre se vuelve al caballo, y mi experiencia le da la razón, porque no sólo engancha el cuerpo, que en un mes como mucho se repone, sino la mente, y el que lo prueba una vez no lo olvida jamás.
- Ni entonces ni luego ni nunca he querido probarlo, y no por miedo a su dependencia, sino por el odio tremendo que siento hacia él y el rencor hacia un enemigo que se ha llevado lo más querido de mi vida y ha procurado contagiar cuanto tocaba.
- Ha hecho muchos y serios intentos por dejarlo y, como no puede, asume como un enfermo la ingesta diaria y puntual de sus medicinas. Sabe que sin él no puede vivir, y tampoco mucho tiempo con él. Es el gran dilema de todo yonqui.
- Hablaba con la mirada fija no sé dónde; aparte de que su miopía siempre le hacía parecer despistado y ausente, ahora realmente lo estaba. Le hablaba a los fantasmas del pasado, y entre ellos estaban sus amigos. Javi charlaba conmigo como con un colega de verdad y admitía que los yonquis viven igual que los presos o peor aún, porque a éstos les queda el consuelo de la libertad, y a él, no.
- ¿Cómo era Ada? ¿Perversa, egoísta, mala, en una palabra? Sencillamente era yonqui. Y como todos, vivía por y para el caballo. He tardado muchos años en comprenderlo, así como el daño irreparable que nos hizo a todos cuantos convivíamos con ella, sobre todo a sus hermanas pequeñas, a quienes llevaba ocho y seis años.
- »Creo que porque la quise tanto llegué a odiarla tan profundamente después. Me costó muchísimas lágrimas y años de profundas decepciones y amarguras reaccionar ante la cruel realidad: se había convertido en una yonqui y estaba enganchada hasta el punto de no reparar en el daño que nos causaba a cuantos vivíamos con ella.
- Y así empecé a darme cuenta de que todos estábamos metidos en el mismo barco que mi desgraciada hija mayor, como si también nosotros fuéramos adictos de más de dos gramos diarios de caballo.
- Era su padre biológico, pero el título de padre había de ganárselo rellenando los cientos de páginas en blanco, que estaban así porque yo había decidido no escribirlas con renglones torcidos ni distorsionados.
- Por el momento Coché aún figura en la agenda de mi hija con su nombre y apellidos sin tachar... Cuando se fue tuve ganas de morir; ¿qué pintaba yo en el mundo?, ¿cómo sobrevivir a tanto dolor y desolación? Pensé una vez más que la culpa era nuestra: de los adultos, padres, educadores, políticos, sociólogos, informadores que habíamos confundido la felicidad con el materialismo; la libertad con el libertinaje...
Esta novela nos la narra la madre de una adicta a la heroína, en ella podemos ver el dolor y sufrimiento que esta adicción le causa tanto a la que lo sufre como a su familia y amigos. Un relato crudo y diferente sobre drogas.
Un testamento que sirve para tomar conciencia de un pasado no tan lejano y que muestra con crudeza como la heronina afectó a tantas familias sin tener en cuenta clases sociales. Me ha encantado leerlo.
Es impresionante conocer la vida de una familia que vive con un drogadicto, este libro me hizo enojar muchísimo pero también me enseñó un poco sobre lo que miles de personas viven día a día.
Sobrecogedor relato real de una madre que perdió a su hija debido a la epidemia de heroina en los 70. La autora no solo explica la vida de su hija y de su familia, si no que hace una profunda reflexion sobre su papel de madre y responsabilidad en todo lo que ocurrió.
La historia va sobre una madre que tiene una hija enganchada a la heroína. La heroína tiene atrapada a Ada 19 años, hasta que después de que todos los amigos de su agenda hayan muerto, ella acaba muriendo también por la enfermedad del sida. La lectura se hace un poco pesada, porque de va alternando la vida de la madre con la de la hija. Hay mucho relleno que para mi gusto sobra. Pero aun así se aprende mucho de esta droga y de lo mal que lo pasa no solo la persona que la consume, que ya solo vive por la heroína y se convierte en un yonqui marginado, si no ves como lo vive la gente de su alrededor y lo mal que lo pasa su familia.
A esta madre de una niña adicta a la heroína, su amor se le expresaba en forma de puntos rojos en los brazos. Cuando el médico preguntó si la señora era adicta, la amiga contestó "no, ella no es adicta pero su hija sí" y el médico entendió perfectamente: esos puntos rojos reflejaban el amor de una madre y la preocupación por su hija moribunda. Una novela muy emocionante y hermosa.