La lectura de Fadanelli –a veces altanera, a veces circunspecta, a veces, incluso, exasperante– no es para cualquiera: a muchos les resultarán engorrosas las reflexiones y las diatribas contra la condición (in)humana de los tiempos que corren de este “fiel observador del desencanto” y “crítico insobornable de los vicios de la sociedad”.
Los ensayos que pueblan “El idealista y el perro” son recorridos por eminencias de muy distintas disciplinas –no sólo escritores como Julio Torri, Stefan Zweig, Borges, Houellebecq, Joseph Roth, Bashevis Singer, o filósofos como Schopenhauer, Nietzsche y Gilbert Ryle; incluso hallamos astrónomos como Friedrich Bessel o matemáticos como Andrew Wiles–, que ayudan a Fadanelli a tratar temas variopintos como las mujeres, la pedantería, los deportes, la brevedad, los perros, los antipáticos, y un abundante etcétera. Bien blande Arnoldo Kraus: “El idealista Fadanelli y el perro que Guillermo construye en su imaginario y con sus palabras conforman un volumen cuya escritura hilvanada, coherente y evocadora fluye, y mientras fluye, pregunta, mueve, incomoda. No podría ser de otra forma: escepticismo y desasosiego son cualidades de los idealistas. A partir de ellas la realidad se mira sin ambages. Los idealistas construyen, postulan y preguntan sin cesar. En ‘El idealista y el perro’ triunfa la apuesta del autor: la esperanza asoma a partir de la cruda realidad”.
En lo personal, aunque no comparto muchas de las opiniones de Fadanelli, la lectura de sus ensayos convoca a la apertura y bifurcación de las propias posturas intelectuales, abre un abanico de posibilidades de diálogo, y ello siempre será bienvenido.