Podría decir que es un gran serial. Y, como tal, hay de todo lo que debe haber y más: abnegación, drama, sacrificio, secretos inconfesables, personajes ruines, traiciones, sublimación del amor, autodestrucción... De todo hay en Los Miserables sin escatimar nada. Y, aparte, se habla de historia, de política, de filosofía, de religión... Hasta de urbanismo. La obra es brillante a fuerza de excesiva, pero, sobre todo, por la fuerza de sus personajes y sus escenas. Quedan grabadas para siempre. Yo he leído a ratos con entusiasmo, a ratos con interés y, por momentos, con desesperación ante tanto "sacrificio" abnegado. Pero así son las grandes epopeyas y las historias que han permanecido en la memoria de la gente: excesivas. No es lo mismo lo excesivo que lo superfluo. Aquí el exceso viene de la ola emocional que provoca la destilación del drama, de la tristeza, de la injusticia. A veces uno dice "basta ya". Pero la literatura del s. XIX está llena de esos excesos. Y, vete a saber, igual es por eso por lo que esos libros se han convertido en clásicos.