En esta antología de la obra poética de Hugo Mujica podemos recorrer y ahondar un itinerario en el que vemos iluminarse los núcleos fundamentales de la condición humana a través de una inusual y sorprendente convergencia de lírica y metafísica, belleza poética y reflexión sapiencial. Mujica desnuda la existencia desnudando la poesía misma, despojándola de todo ornamento y toda distracción. Llevando el lenguaje a su esencia logra dar voz a lo esencial de la vida misma. Voz que pertenece al silencio que esta obra enseña a escuchar, en la crucial desnudez de esta poesía es la vida la que se desnuda, la que transparenta su misterio. Misterio de una trascendencia, de un misticismo donde lo totalmente otro es la realidad misma liberada de su utilidad, la vida cuando recupera su poesía, cuando ofrece su dimensión naciente, su gratuita y temblorosa belleza.
Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Estos estudios se reflejan en la variación de su obra que abarca tanto la filosofía, como la antropología, la narrativa como la mística y sobre todo la poesía. Su vida y sus viajes han sido el material principal de su obra, hitos como el haber vivido y participado de la década de los 60 en Nueva York, como artista plástico. Entre sus libros de ensayos se encuentran Pensado el acto creador (2007), La casa y otros ensayos (2008) y La pasión según Georg Trakl, entre otros.
«cuando dos huecos se encuentran no son huecos : es transparencia» (88).
«Al principio callábamos lo importante, no callando, diciendo todo lo otro : todo lo que no éramos (yo aún no sabía que eso era lo importante, ni sabía que lo importante no era eso). Después también callamos lo que decíamos, pero tampoco fuimos lo callado.
Necesitábamos cubrirlo, cubrir lo que no éramos: hicimos el amor eso era, hacer el amor, o hagamos llantos o casas o gestos, fue hacer el hacer, era cubrir el miedo, era seguir hablando para no callar lo callado, eran todas las palabras de algo que no era las palabras de algo, que quizás apenas era ese temblar en la garganta cuando las palabras respiran, o era escupir, era estar ya sin poder seguir respirando vida a vida y vida sin llegarnos a decir, sin exhalar, sin vivir, sin tener la trama que narre el miedo, el miedo de no conocer la trama, o simplemente el miedo : esa sombra de todo lo que no es (ese nombrar temblando)» (147).
«adentro no cabe adentro» (177).
«y hay vidas que ni gritan ni golpean que no tienen ni siquiera una tapia donde tatuar un nombre, donde inscribir su paso,
son vidas a la intemperie: es la espera en carne viva
como la de un mendigo en medio de un páramo
ante nadie, para nada, pero sin bajar ni cerrar las manos» (180).
«Sed adentro hasta donde el mar se seca noche, hasta donde la sed amanece playa» (202).
«Un relámpago, en la noche que dilata, alumbra su mismo apagarse» (219).
«lo que pide ser acogido en el vacío de lo que nos fue arrancado» (225).