Usamos la palabra monstruo para hablar de lo diferente, lo antinatural, lo abyecto; es decir, de aquello a lo que buscamos oponernos. El monstruo siempre es el otro. Al despojarlo de humanidad, sus acciones adquieren una dimensión mítica que, con el tiempo, se convierten en lugares comunes para la pedagogía y el moralismo.
«Mi madre quiso matarme cuando nací». Así empieza uno de los once cuentos de este segundo libro de Romina Paredes; un volumen donde se explora la violencia de una madre, de un Estado precario, del clasismo limeño y de la impunidad con que opera el statu quo; al tiempo que parafilias como el síndrome de Humbert Humbert o grabar a personas en baños públicos para luego colgar el registro en sitios web adquieren dimensiones de experiencias comunitarias. Más que una crítica, Paredes realiza una inmersión en lo monstruoso de nuestro carácter como civilización, para sacarlo a flote en una demostración ejemplar de apnea literaria.
Como pudieron ver en mi reseña de Famulus, me volví fan de esta autora (también mis talleristas) y me di a la tarea de conseguir su nueva colección. Al no lograrlo, Romina tuvo la gentileza de mandarme una copia desde Perú... ¡que se perdió en el correo de nuestro país! Pero en otro acto de suma gentileza me facilitó la versión digital. Me encantó cómo en estas nuevas historias deja de lado la sutileza de lo fantástico para decantarse por una narrativa todavía más confrontativa y mordaz, donde (como la portada lo sugiere) los verdaderos monstruos somos nosotros mismos. Once cuentos incómodos, perturbadores y muy reales.
Nunca me asustaron los monstruos debajo de la cama. Desde muy chico supe que lo único que separaba a la gente normal de la monstruosidad era un pequeño acto, un único y en apariencia insignificante rasgo en su personalidad que finalmente es catalizado. La primera vez que yo me convertí en uno fue a los siete años. No fue la última. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ Estos cuentos de Romina son sobre ese tipo de monstruos, los que nos rodean en la rutinaria cotidianidad logrando pasar en gran medida desapercibidos a pesar de sus acciones: la violencia psicológica de una madre, el vouyerismo en un consultoría médico, la desidia de un funcionario de la morgue, el maltrato animal relacionado con el fraude de seguros, el vecino acosador, el hermanastro violador, la abuela elitista... ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ Es de esos libros que se pueden leer de una sentada o que pueden digerirse en pequeñas dosis diarias. Su narrativa sencilla y amable (que no necesariamente simplista) lo hace posible.
***
Fue el nombre de su libro el que llamó mi atención: Monstruos. En ese momento, mientras estaba en aquella librería limeña, mis mounstros aún me atormentaban, por lo que no dudé en sacar el libro de la repisa. La librera lo notó y me habló de ella, de Romina, su autora. «Es activista por las mujeres —dijo—, y todo eso se ve reflejado en su obra». Prevenido como soy de la literatura proselitista, lo miré con desconfianza. Igual lo compré, más por pena que con convicción, aunque confieso que en el fondo la idea de expiar mis propias mounstrocidades a través de sus cuentos era muy atractiva para dejarla pasar. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ Como suelo hacer con autoras que son nuevas para mí, no quise averigüar nada de su vida hasta después de leerla. Así que primero supe que su narrativa es minimalista (incluso naif, aunque parece adrede), con claros matices de denuncia política (contra el racismo, el patriarcado, la inoperancia estatal, la familia como institución...) y con magníficos remates, y después me enteré que además de escritora es traductora, que fue nadadora profesional o que odió los talleres de escritura creativa que tomó porque, entre otras cosas, insistían excesivamente en la credibilidad de las historias, ignorando que cualquier premisa puede ser creíble si se cuenta bien. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ Nunca podré saber si su obra es buena o no para expiar mounstros; cuando finalmente me animé a leerla, ya todos se habían ido.