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El libro “Cuaderno de Bento” del famoso filósofo John Berger es un libro que he disfrutado enormemente por su espléndida y admirable originalidad, no tanto por la temática que esclarece, sino por la manera en la que ilustra y relata.
Es un libro corto, ameno de leer. Que hace referencia a un dibujo más misterioso, más enigmático. Un dibujo que siempre tendrá una historia detrás. Un dibujo espontáneo, fluido, fruto del momento y el instante.
“Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer visible para los demás algo que hemos observado, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable.” (p.22)
Adoro esta frase, es tan cierta. Tan real, tan poética. Te muestra una realidad del dibujo tan interesante. Aquel dibujo sentimental, tan importante. Que trata de mostrar la realidad pura. Aquel que responde a las preguntas que recurren. Aquel que con su secreto desvela aquello jamás expresado.
“La idea que constituye el ser formal del alma humana es la idea del cuerpo, el cual se compone de muchísimos individuos muy compuestos. Ahora bien: hay necesariamente una idea en Dios de cada individuo componente de un cuerpo. Luego la idea del cuerpo humano está compuesta de esas numerosísimas ideas de sus partes componentes.”
Ética, parte segunda.
Hay tantas lecturas de esta cita… es especialmente curioso pensar en ello. Pensar que el ser humano está compuesto de muchos otros. Tantos reflejos y tantos pasados en nuestra propia piel. Que esto lo hace irrevocablemente interesante. Y creo fervientemente, que en cuanto al dibujo, la forma de observar, la forma de coger el lápiz o el carboncillo refleja toda esta teoría. Creo que el dibujo es una forma de sacar nuestras tantas personas en el interior. Por eso jamás un dibujo es similar a otro, incluso hecho por la misma persona. La versatilidad del momento, la sensación emocional del instante, la intensidad de nuestro ánimo. Todo influye en cuanto a cómo acabamos dibujando.
La Silvia triste es probable que no dibuje de la misma manera que la Silvia emocionada.
“Mas no por ello dejamos de sentir y experimentar que somos eternos, Pues tan percepción del alma es la de las cosas que concibe por el entendimiento como la de las cosas que tiene en la memoria. Efectivamente, los ojos del alma, con los que ve y observa las cosas, son las demostraciones mismas. Y así, aunque no nos acordemos de haber existido antes del cuerpo, percibimos, sin embargo, que nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna y que esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración.”
Spinoza, ética, parte quinta.
Respecto al dibujo, creo en el concepto de lo eterno. De hecho, es esto lo que hace al dibujo interesante. Creo en la concepción del dibujo como algo mágico; algo que al igual que la fotografía o la escritura, dota de aquello que representamos de una vida eterna, goza de inmortalidad.
Aquello que físicamente está frente nosotros, naturalmente es temporal. Pero la visión intelectual traspasa esta barrera y lo dota de la particularidad de que quizá viva por siempre.
Obviamente Spinoza ha sabido expresar esto que digo de forma mucho más ingeniosa e inteligente que yo, y es por eso que la considero una de las citas más interesantes del libro.
De todas las escenas, para mi, el pasaje de la bailarina me pareció el más curioso de todos. Habla del dibujo como una forma de búsqueda, de viaje que constante, donde de manera reflexiva el artista exprime su realidad actual. Con la bailarina que descansa, el artista dibuja y dibuja, borra, y sigue dibujando hasta que topa con el reflejo verdadero de dicha silueta. La esencia, la inherencia de la bailarina. Su carácter en los músculos, la personalidad en su movimiento.
Y como, J. Berger relata “no pararé hasta que su alma aparezca”.
Me resultó una forma muy sensible de considerar el dibujo.