La Busca es una de las novelas más conocidas y aclamadas de mi querido Pío Baroja, y no puedo más que sumarme a la opinión general de entusiasmo ante tal obra.
Es la primera novela de la trilogía La lucha por la vida, nombre muy representativo de la obra, en la que se nos muestran las desgracias del pobre (falto tanto de dinero como de espíritu) Manuel y su combate por sobrevivir en este (hoy tan diferente y tan igual a la vez) infausto mundo, que pretende atrapar a los descarriados y desgarrarlos con sus modernas zarpas.
Los personajes de La Busca trascienden el libro, en tanto que son retratos de lo más bajo y (a veces) humilde del pueblo madrileño de principios del siglo veinte. La Petra, por ejemplo, es la madre de Manuel, una criada venida a menos; El Bizco, un facineroso que prefiere la vida de pillo antes que partirse el lomo al sol; Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, conocido por Hombre Boa, un gran acróbata, que vio y vivió todo lo bueno del mundo mientras le sonrió la fortuna, y que ahora no es diferente de la mugre madrileña… O Roberto Hasting, o Don Telmo…
Si algo tiene La Busca, son personajes, peripecias y desventuras; cuya mezcla no resulta un cóctel explosivo de dramatismo barato, sino una semblanza real de aquella España pobre y sucia, aquella que acababa de salir (¿o de entrar?) de su noventa y ocho. La pobreza es la única y verdadera protagonista de la novela, todos los personajes la orbitan y la habitan. Todos la ven, la viven y la sufren. Y ahí, en la pobreza, es donde surge lo excepcional, el ingenio para sobrevivir, el pillaje, la busca. Mientras que el Zorro vende trapos, Los Rebolledos inventan todo tipo de artefactos, Roberto busca su línea genealógica para reclamar la fortuna que le espera, el señor Custodio, cuyo trabajo es recoger los desperdicios de la ciudad para ganarse el pan; el Bizco y Vidal roban, Manuel trabaja, roba, mendiga...
Se trata, en fin, de un documento histórico sobre Madrid que don Pío nos lega. Vida, costumbres, expresiones, arquitectura, callejero. Ricas descripciones acompañan constantemente la narración, pintando la miseria ambiental, la ruina estructural, la suciedad, mugre… El Corralón representa el típico patio donde, hacinados, se hallan sus habitantes, como bien nos muestra la película Surcos (1951); la taberna de la “Blasa”, lugar de procrastinación y esparcimiento de toda la baja ralea y que, por ello, es foco de conflictos y confrontaciones; la tahona, donde entra a trabajar Manuel y conoce a Karl, representa las duras condiciones de los trabajadores.
Sin duda alguna, La Busca es un magnífico libro, tanto por su indiscutible valor histórico y biográfico [de Madrid], como por su valor literario, pese a ni siquiera pretender ser una gran novela y tener carácter folletinesco. Pero donde más destaca, tanto la obra como el autor, es en la crítica social. La ciudad se encumbra como generadora constante de golfos y maleantes ante el hambre y el desamparo, ante las duras condiciones de trabajo y de vida. Se dan al hampa porque la vida más fácil es la de ladrón. Se dan a la busca como lucha por la vida.