Vale, me doy cuenta que cuando leí Un artista del mundo flotante de Ishiguro posiblemente quería leer esta novela. Una visión histórica acerca de Japón, en la que predominan jerarquías sociales muy férreas y obtusas, pero que también se entrega a grandes refinamientos musicales y artísticos, un mundo dónde el canto de los pájaros sirve de inspiración para crear prodigiosas composiciones y también impone una estructura social que engendra monstruos.
En el Japón del siglo XIX, durante la era Meiji, Shukin es una joven de familia acomodada que termina haciéndose cargo de enseñar al joven Sasuke los entresijos del samisen, un instrumento tradicional japonés, que está asociado a la vida disipada pero que, dentro del particular mundo de geishas y antros de perdición, también goza de prestigio y sus más virtuosos intérpretes obtienen cierto reconocimiento social. Ahí ya se marca esa dinámica corrosiva, sacando virtuosismo de lo escatológico, una relación nada clara, que se desarrolla a la sombra de la vida pública, noción que también se traslada a la relación entre Shukin y Sasuke. Ella viene de familia bien, él de familia humilde, ella goza de una llamativa belleza, él tiene mentalidad de lacayo, y así se configura una relación que se alarga durante décadas, durante las cuales ella le enseña pero con jarabe de palo, tratándolo como a un criado, despreciándolo y maltratándolo y sin embargo, entre tanta fealdad, surge cierta belleza.
Tanizaki es otro de esos maestros narradores orientales que tenía pendiente, y si bien no es éste el título más insigne de su producción literaria, me doy cuenta de su maestría, acertando a pintar con escasas pinceladas una historia compleja y poco clara, simplemente seleccionado detalles concreto y extraños para retratar una realidad extraña, como por ejemplo el hábito de Sasuke de practicar con el samisen encerrado en un armario y así asemejarse a la ceguera de Shukin, que perdió la vista de niña y que, de ese impedimento físico, Tanizaki también se despliega otra dimensión en su exploración de la belleza. Una narración ágil, delicada y a la vez cruel y perversa.
Es estupendo cuando un narrador demuestra saber desprenderse de los tapujos y a la vez ir por materia. Seguiré explorando la obra de Tanizaki, no hay duda alguna.