En la nota final, el autor cuenta sorprendido como, al entregar el manuscrito, descubrió que Colm Toibin había escrito una novela sobre Henry James también. Hay muchas cosas en común en ambas obras: se presta atención a su sexualidad, a si sintió o no amor, y se le presenta también al final de su vida.
Si estas comparaciones suenan generales, es deliberado ya que, en todo lo demás, no podían resultar más distintas. The master es una novela de fantasmas deliberadamente tensa con la importancia literaria de James y que busca una forma de representar el océano de su conciencia. En cambio, El autor, el autor no tiene demasiados problemas con adaptarse a lo que podemos llamar un cierto pastiche del estilo de James, que a mi juicio no le resulta fácil, ni natural, a David Lodge, puesto que el mejor escritor jamesiano en lengua inglesa es Alan Hollinghurst, por su quiebro, humor y finura, y Lodge está más cómodo, en cambio, con el humor situacional, la cultura, la situación o la acumulación de peripecias, características que al menos en esta novela insinúan a un par que viene del gran Charles Dickens.
La obra empieza con un James moribundo y se va justo en el momento en que el maestro se encargaría de escribir, y representar desastrosamente después, su Guy Domville, el fracaso teatral que le haría volver con una energía y un estilo tardíos, tan injustamente criticados, distinta a la escritura de novelas.
Lodge no me parece, ya digo, un escritor particularmente jamesiano, pero hace un montón de cosas divertidas y briosas aquí. La primera es que trata de algo que rara vez se representa cuando se escribe sobre artistas, y no digamos ya sobre vidas ajenas, que es el poder motor de la envidia. El relato es la historia de dos amigos, James y George Du Maurier, el segundo ahora olvidado, pero entonces, y en las fechas en las que transcurre la historia aún más, el autor del exitazo de novela y después de los escenarios, Trillby.
También es la historia de ese desastre. Y Lodge, a partir de la tercera parte, de las cuatro que componen el libro, es cuando se permite ser más atrevido, con un capítulo, escrito claramente aparte de este proyecto, donde solamente se propone narrar el fracaso, en tiempo real, de la primera función, la célebre y ya desastrosa noche del estreno, de Guy Domville jugando con la perspectiva, el extrañamiento y el consenso. Es una escena virtuosa, como siempre deudora del genio de Toltsói y la visita de Anna a la ópera hacia el final de Anna Karenina, pero aquí tiene un sentido distinto, disonante, puesto que el resto de la obra, escrita en estilo indirecto libre, no se ha movido demasiado de James, con la excepción del prólogo inicial donde son los trabajadores o "la casa" del James enfermo quienes "narran y sienten" esa parte.
El final de la obra se permite otro desvelo más, rompiendo con lo sabido y documentado, no sin antes pasar por un episodio encantadoramente inventado, en el que James coincide en su casa con la niña Agatha Christie (que ambos vivieron en la misma casa es un hecho, pero que lo hicieran a la vez no sucedió).
Esta novela menor ofrece al lector una buena comedia, un gusto muy divertido por los detalles y esconde una revelación muy triste, quizás paradójica, y es que de James no aprendemos nada necesariamente nuevo sino que son Constance Fenimore Cooper (cuyo suicidio es el episodio más flojo de la obra, seguramente porque Toibin lo trató de un modo profundo y delicado en su obra) y George Du Maurier, cuya imagen final, del al autor divorciado de ese éxito que le da toda clase de riqueza, bienes y prestigio en vida deviene olvido para el pronto entendimiento del atemorizado James. Son los grandes personajes de esta novela, que me ha dado descanso en días difíciles y más de una sonrisa.