Inédito hasta ahora en castellano, este falso diario, escrito a lápiz por uno de los escritores más importantes en lengua alemana del siglo xx, es una amena, exquisita y elegante digresión en torno a la vanidad y al vacío, ese vacío que acaso es todo lo que se pueda decir a propósito de la vida misma.
Robert Walser, a German-Swiss prose writer and novelist, enjoyed high repute among a select group of authors and critics in Berlin early in his career, only to become nearly forgotten by the time he committed himself to the Waldau mental clinic in Bern in January 1929. Since his death in 1956, however, Walser has been recognized as German Switzerland’s leading author of the first half of the twentieth century, perhaps Switzerland’s single significant modernist. In his homeland he has served as an emboldening exemplar and a national classic during the unparalleled expansion of German-Swiss literature of the last two generations.
Walser’s writing is characterized by its linguistic sophistication and animation. His work exhibits several sets of tensions or contrasts: between a classic modernist devotion to art and a ceaseless questioning of the moral legitimacy and practical utility of art; between a spirited exuberance in style and texture and recurrent reflective melancholy; between the disparate claims of nature and culture; and between democratic respect for divergence in individuals and elitist reaction to the values of the mass culture and standardization of the industrial age.
Robert Walser, paladín de la luz y la sombra. El artista de los rostros dicotómicos. A veces sarcástico y otras benévolo. En ocasiones enmascarado, camuflado; otras en la más tibia desnudez. Escritor de sus experiencias, también de sus fantasías. Escritor de su vacío y de su plenitud.
Me ha resultado llamativo y poderoso ver en R. Walser uno de los escritores que más he visto justificarse en sus textos, de forma compulsiva.
Aquí un fragmento muy lúcido:
«Iba por la calle presa del enorme temor de que podría ser que el mundo de los lectores me creyera vanidoso, aunque no bien nos encontramos en sociedad o nos dedicamos a la cultura, todos somos vanidosos sin excepción, pues la cultura misma, qué deuda cabe, no es más que la encarnación de la vanidad, y debe serlo, y quien renuncia por completo a ser vanidoso, o bien está perdido, o bien se ha abandonado. En cuanto al reproche del egocentrismo, estoy muy tranquilo, pues creo que rehuir del Yo y todo lo relacionado con él sería un signo de mezquindad y flaqueza. Un relato escrito o expuesto en primera persona exige de suyo una dosis de coraje, lo que no deja de ser en rigor un fenómeno de naturaleza moral».
Antes de ingresar en el psiquiátrico de una localidad cercana a Berna, Robert Walser cultivó un recogimiento social que contrastaba con su fecunda creación literaria, dispersada en pequeños textos de prosa y poemas. La década de los 20, en la que su autor afrontaba ya una madurez casi completa, alumbraba La rosa -una recopilación que aquí editó Siruela- y, entre otros, un relato titulado Diario de 1926, que Walser escribió a lápiz en el reverso de las hojas de un calendario. Un borrador que no llegaría a publicar, pues su ingreso fue solo un paso antes de recalar en su destino final, una clínica de Herisau, en la zona centro-este de Suiza, donde encontraría su muerte en la Navidad de 1956. De ahí, pues, la importancia de esta recuperación literaria que nos trae, por primera vez en castellano, la editorial La uña rota, una nueva muesca en la delicadísima obra de su autor.
Si hay un gesto que caracteriza a la obra walseriana, ese es la naturalidad con que expresa cada uno de sus pensamientos, como si las palabras brotasen durante un paseo, en mitad del camino, plasmadas sobre la hoja en pleno movimiento. En Diario de 1926 no son pocas las ocasiones en que su autor se cita con alguien para conversar en el claro de un bosque o en el jardín de la ciudad, tampoco en las que se abandona a sus meditaciones entre las hojas de otoño. Así, aunque falso, uno tiene la sensación de estar atravesando cada periodo que parece esconderse tras su escritura irregular, digresiva, plagada de meandros y fugas. Y, sin embargo, todo es una gigantesca evocación del retrato de un artista y su tiempo. Porque la narración de Walser salta continuamente de lo personal a lo público, de la percepción a la impostura, del enamoramiento a la crítica acerada, donde su vida y su tiempo caminan en paralelo. He ahí, pues, la belleza con que describe determinados sentimientos amorosos -fugaces y transitorios, como una pequeña chispa que enseguida desaparece- y la mordacidad con que se interroga no solo por su estilo y maneras, sino por las de sus coetáneos y herederos.
Mientras escribe, describe y enuncia su romance con una mujer llamada Erna, para la que redacta una carta que formará parte del diario, Walser analiza, como si se tratase de partes de su anatomía, aquellos rasgos que lo definen: ¿acaso el poeta está por debajo del escritor como el sirviente lo está del potentado? ¿Es su aire desgreñado, reservado y autárquico, un signo de desdén hacia los salones y las modas contemporáneas? En el fondo, con aire travieso, Walser necesita convocar las palabras de otra persona para subrayar las suyas propias. Así, evoca las de una muchacha para afirmar la delicadísima ternura de la pasión que transmiten sus escritos, tan vivaces que reflejan la mediocridad de su realidad; retoma una cuestión literaria con un antiguo compañero para advertir la falta de fondo con el que se dibujan los estilos y la escritura; y muestra la vanidad inherente a la profesión de la cultura, uña y carne que no pueden despegarse tan fácilmente.
Lo hermoso de la escritura walseriana es que no conoce de regímenes ni jerarquías, es decir, que es capaz de embutir en un renglón todo aquello que pasa en ese momento por su cabeza, desde lo más elevado a lo más modesto. Y aunque el propio escritor suizo defienda la simplicidad del diario, de las impresiones en bruto, por encima del más elaborado dietario, lo cierto es que esta miniatura escrita a lápiz exhibe lo mejor de Walser: su inquebrantable precisión para extraer, invocar y atrapar la belleza de cada cosa, incluso del vacío pueril que acecha al oficio de escritor. Paseos, reflexiones o conversaciones, en voz alta y en voz baja, describen un caudal expresivo tan condenadamente rico que obliga a leer una y otra vez cada página para captar sus matices, su bellísima prosa incapaz de resistirse a apuntar el detalle de lo que le rodea.
Alejado de cualquier corsé literario, Robert Walser es uno de esos autores cuya riqueza hay que buscar en los márgenes, en ese mundo aparte construido con la delicadeza de cada descripción y las palabras cuidadosamente escogidas. Si leer sus Sueños invita a sumirse en una especie de irrealidad arrebatadoramente cautivadora, trufada de matices, fantasías y hermosas evocaciones, este minúsculo Diario de 1926 desgajado de su obra completa es como un alto en el bosque. En ese bosque nevado que en la Navidad de 1956 le vio dar su último paseo antes del final, secreto y solitario. Acompañado de una belleza que ni el silencio pudo extinguir.
Diario de 1926 Tengo que confesar que este libro me puso un poco nerviosa. No tenía idea de lo que me podía esperar, pero por el título, sí que esperaba algún tipo de relación de hechos de vida, o una descripción de ese año en particular. Pero lo que me encontré fue a Walser divagando, con ideas que no paran nunca de llevarte de un lugar a otro, que empieza y se olvida para ir a la siguiente. No hay una sola idea que concluya o sea una historia, anécdota, con principio y fin, son muchos principios, durante todas las 75 páginas, sin detenerse. Es como escuchar a un loco brillante soltando ideas fantásticas sin parar, pero me da cosa que nunca te da tiempo de interesarte en una, porque ya cambió de tema dos veces y sigues en la anterior. Dice por ejemplo: "En el seno de una familia, por cambiar de tema, en una pequeña mansarda que prepararon y dispusieron para mi aquellos a cuyo hogar me había mudado, escribí una suerte de novela sobre la que habré de decir un montón de cosas, hecho que haré, querría asegurarselo de antemano a mis lectores, sin rodeos y en pocas palabras. " Y no vuelve a mencionar tal novela.
O cuando dice "Para volver al tema de don Giovanni..., sobre el cual he tenido ocasión de manifestarme con anterioridad" (no en este libro).
Se dirige a "el apreciado lector" y pide comprensión varias veces durante el pequeño libro por lo que dice. La verdad me deja un poco perdida, pero a la vez me resulta brillante. El tono en el que escribe, es tan lúcido, que incluso su locura toma sentido. Me hace pensar en Efrén Hernández, uno de mis autores más queridos, que su estilo es básicamente eso, como ver a una persona distraída moviéndose de un espacio a otro, aparentemente sin razón. Porque en medio de esta locura (eso me parece, para decir la verdad, una locura) tira cosas súper bonitas, sobre lo que llama teoría de la novela, sobre el amor (la mujer ocupa un lugar importante, no una, varias, y aparecen sin parar) me gusta lo que dice sobre la música: "...la escala musical es importante, toda vez que puede utilizarse como principio de todos los tipos de música existentes, que en sus diversos perfeccionamientos terminan por separar un gran consuelo al corazón, levantar bondadosamente el ánimo a las almas abatidas y recordar a los espíritus sanos y alegres la existencia de la melancolía y del dolor;..." Pero todo el tiempo tuve una sensación incómoda, como de estar leyendo algo que no se tendría que haber publicado, como que este libro no estaba pensado ni concluido, ni escrito conscientemente, comunica sin comunicar, y dice sin decir nada concreto en realidad. El tono en el que escribe es el que puedo reconocer de haber leído los tanners y Jacob von gunten, pero sin historia que ayude a disfrutar de su particular humor, que incluso aquí se cuela.
Hölderlin, que escribía poemas muy intrincados, hacia el final de su vida se volvió loco y se refugió en una habitacioncita de poeta que daba a un río, en Tübingen, al sur de Alemania. Hay algo inmensamente hermoso y melancólico en sus poemas de esta época: son todos parecidos, constantemente repite la misma imagen que se le presenta aunque con leves diferencias, el paisaje visto por la ventana, el paso de las estaciones. Entonces empieza a firmar sus poemas con otra fecha (muchos años anteriores o posteriores), y a usar un seudónimo: Scardanelli. Entonces firmaba: Humildemente Scardanelli
Este diario es un resabio de cuando Walser se estaba transformando, también él, en Scardanelli. Solo y loco, pero amable y paseante hasta el fin. Sos un bendito, Walser.
Este pequeño libro nos relata diversos hechos sin aparente relación entre sí. De ellos se extrae la la situación mental en la que estaba Walser por entonces(ingresaría en un psiquiatríco poco después), ya que los pensamientos aquí plasmados tiene mucho que ver con el conocimiento de si mismo y la opinión que suscitamos en los demás. El libro se me antoja parecido a El paseo, del mismo autor, una amalgama de diversos temas donde Walser va divagando aquí y allá, sin centrarse demasiado en nada. Aunque la prosa de Walser es encantadora esta obra no llega al nivel de las mágnificas Jakob Van gunten o El ayudante, donde el peculiar estilo de Walser se aprecia en todo su espelndor.
"“No tengo mucha confianza en mí mismo, pero creo en mi persona”, me digo, y ya veré qué rumbo toma ese paseo hacia los dominios de mi experiencia vital, experiencia que me observa con aire problemático, con la mirada misteriosa de lo que aún no está resuelto, y a lo que observo a mi vez con aire parecido."
El maestro de Frank Kafka sufría de alucinaciones acústicas. Concebía sus días como un extenso paralelismo entre la real fantasía y la etérea realidad. El suizo Robert Walser, de volátil y caótica imaginación, elaboró un ficticio diario que vuelve lo inefable en bello. De altísima complejidad, con temas y personajes que entran y salen como en una entidad pública, Walser edifica una narrativa espiral de infinitas realidades.
Diario de 1926, publicado post mortem en 1972, acoge vidas, emociones, personajes detallado en un monólogo de incontinencia verbal bárbaro. Se presenta Robert Walser, paseante en Berna, sin más remilgos que sus propios demonios, que logran construir calles y una elocuencia jamás vista en el autor en vida. Conocido por ser sumamente introvertido, su personaje, en el ficticio diario, logra enamorarse, convertirse en un parlanchín con las damas, en atestar un audaz golpe argumentativo contra los contrarios.
Se vanagloria de sus libros leídos, de anteponer la práctica por encima de la teoría, de amañar la lectura con un lenguaje encriptado. Una obra sui generis, personalísima, que será un muralla para cualquier lector. Luego de este conglomerado de galimatías, el maestro de Kafka se dirigió al sanatorio, por su propia cuenta, para no volver más.
#robertwalser
#literaturasuiza
#literaturauniversal
This entire review has been hidden because of spoilers.
Me he divertido bastante con este relato. Vaya manera de narrar, una ironía que me ha sacado sonrisa tras sonrisa. Aunque si que cambia con "relativa" rapidez de un tema a otro, me ha encantado.