Algunas investigaciones históricas, arqueológicas y etnográficas revelan, que en la época inca, el hombre andino estaba obsesionado con la tradición; amaba contar. Estaba apegado a las formas adquiridas y lleno de miedo al cambio. Anhelaba preservar el pasado y ese anhelo se expresaba en sus costumbres y hábitos que luego se convirtieron en instituciones y prácticas a través de las cuales recordaba su historia. La forma de vida andina era un recordatorio constante del pasado. Esto es evidente en el culto la adoración de lugares en la naturaleza, donde se decía que había aparecido el primer antepasado de cada clan. También en el culto una momia fue tratada como un ser humano vivo.