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228 pages, Paperback
First published January 1, 2013
El viajero ha pasado a ser una especie en extinción en un mundo tomado por turistas.
Su mente funciona como la de los grandes criminales de la historia: ninguna acción, por retorcida que parezca, es mala si se hace en nombre de un principio mayor.
Camino del hotel, el taxista me cuenta que es ingeniero. Al día siguiente, en la pagoda de Shwedagon, otro taxista dice que le falta un año para terminar Medicina. Subo a taxis conducidos por arquitectos, biólogos y profesores universitarios. Es posible que no haya, a finales de los años 90, una ciudad con taxistas mejor preparados que los de Rangún. Para cualquier cosa menos para conducir taxis.
Lu Xun dejó escrito que las mentiras escritas en tinta no pueden borrar los hechos escritos con sangre, pero nadie dijo que no se pudiera intentar.
¿Qué hace que unas revoluciones triunfen y otras fracasen? La disposición del tirano a masacrar a sus ciudadanos —y contar con un ejército dispuesto a hacerlo— aumenta sin duda las posibilidades de permanecer en el poder. Si existiera, el manual para dictadores sobre Cómo enfrentarse a la revolución, escrito quizá por el generalísimo birmano Than Shwe, diría algo así: «Aplaste las llamadas de libertad lo antes posible, de forma contundente y sin piedad. Si deja que crezcan, puede ser demasiado tarde».
Siguen el ejemplo de Thich Quang Duc, que dio nombre al término «quemarse a lo bonzo»
Abbottabad había sido un popular destino turístico desde su fundación por el oficial británico James Abbott en 1853. Jubilados y visitantes de fin de semana disfrutaban de su paisaje, su clima y lo poco que quedaba de la arquitectura colonial del siglo XIX.
Dieciocho de las veinte ciudades más contaminadas del planeta están ahora en China, sus cinco principales ríos han sido tan intoxicados que en algunas zonas son dañinos incluso al tacto, la mitad de los bosques han desaparecido desde 1978 y monstruosas ciudades industriales se levantan sobre lo que antes eran aldeas.
William Somerset Maugham (1874-1965) completó algunos de sus viajes míticos acompañado de servicio, desplazándose en coche por lugares donde nunca habían visto uno, cruzando selvas sin despeinarse y bajando el Mekong con traje de chaqueta.
Todavía hoy, cuando pienso en el Gandhi anónimo e idealista de Salem, puedo sentir la envidia que me provocaba su infatigable espíritu soñador.
«Hijo, soy tu madre, Yoko. ¿Dónde estás?». «Yoshiro, si ves este mensaje llámame al tel…». «Busco a mis padres», dice el pequeño Taro, de siete años. Viendo su entereza, la dignidad con la que los japoneses evitan cargar el peso de su desgracia en los demás, sabes que cuando vuelvas —en un año, dos o tres—, su gente se habrá puesto de pie. Una vez más.
Más que nunca, tengo la sensación de que el viaje no termina hasta que vuelves. No a los lugares visitados, sino a las gentes que conociste en ellos. A las comunidades arrasadas por los tsunamis del Índico y el Pacífico, para quedarme con la fortaleza de quienes las reconstruían, no con su desolación; a la aldea explotada de Camboya, para escribir de quienes trataban de devolverle la dignidad, no de aquellos que se la habían robado; a países sometidos por la tiranía como Birmania, para celebrar con los manifestantes su primer paso hacia su libertad, sin olvidar nunca a los que dieron la vida por ella; a la Cachemira que desafiaba con su belleza la fealdad de los hombres, para comprobar que sus paisajes podían cambiar, y Ramzan Guru seguiría siendo el mismo patrón cascarrabias y bohemio de un barco que nunca partía.