Poema tras poema, Jacobo Molina nos revela nuestro propio mundo con la mirada inquietante de quien lo contempla por primera vez, convirtiendo escenas ordinarias en sucesos extraordinarios. Más allá de estos juegos de perspectiva, en La (des)ubicación de las cosas también permea una visión lúdica de las formas de la poesía, heredada de las vanguardias del siglo XX.
Una exploración poética del espacio urbano de Monterrey. Un Monterrey real, el de las capas sobre capas de historia, el de lo marginal, el alejado (pero también amenazado) por el azul de las ventanas brillantes de los nuevos edificios que compiten vacíos por ser más altos que los anteriores.
El libro de Jacobo es algo que solamente él pudo haber escrito con esa misma obsesión que se concentra en un elemento perdido, algo tan pequeño y específico en contraste de una ciudad con tanto movimiento como Monterrey:
más allá de la jungla de automóviles enterrados bajo el asfalto se hallan un par de pesos viejos desfigurados por el agua y el lodo
El resto del poema se desenvuelve en torno a elementos veinticinco años después, pero la esencia y el enfoque siguen siendo los dos pesos viejos enterrados, como si fueran inmunes al ruido.
La extrañeza de las imágenes poéticas (en el mejor sentido de la palabra) nos ofrecen una visión distorsionada (y tal vez real) de la ciudad, un viaje que, a través de sus versos desarticulados, podemos disfrutar pero temer al mismo tiempo.
Este es un poemario para quienes aman (o quieren conocer) la ciudad de Monterrey, su ruido, su barrio antiguo, su legado poético, sus altas y sus bajas. Está lleno de poemas cuidadosamente trabajados y por manos que no temen ensuciarse. Creo que el libro alcanzó su punto más alto con el poema de los pentágonos.