La primera vez que intenté leer “De nuevo, el amor” fue en febrero de 2020 estaba en Madrid; lo sé porque siempre que comienzo a leer un libro estampo en las primeras páginas mi nombre y apellidos, la ciudad en la que estoy en ese momento, la fecha y mi firma. Es una fórmula que sigo desde los 13 años que, además de servir para saber que un libro me pertenece, me aviva la nostalgia. Decía que lo empecé en esa época que fue cuando lo compré porque lo recomendaron las Deforme, creo que Lucía. Intenté leerlo y lo dejé al cabo de un par de días porque se me atragantaba su lentitud, su narrativa me parecía excesivamente introspectiva y no conseguía conectar con nada. Volví a intentarlo un año después; sé la fecha gracias a Goodreads, una aplicación que uso para registrar lo que mi memoria de pez va a olvidar. Y ahí llevaba como libro comenzado dos años hasta que la semana pasada le eché mano otra vez. Y me pasó algo parecido, me costaba entrar en sus páginas con naturalidad, pero poco a poco empezó a sucederme algo y es que, aunque no estaba enganchada como para no parar de leer, tampoco era capaz de renunciar a coger el libro cada día un ratito. Y ahí apareció: con la excusa de un montaje teatral en el que participa la protagonista del libro, Sarah Durham, Doris Lessing nos mete de lleno en los debates internos de una mujer de sesenta y cinco años, que, como muchas, o como yo, se descubre en lucha con su cuerpo cuando su corazón y su cerebro son despertados por el amor y el deseo tras un largo letargo. Si tuviese que resumir con una sola palabra su lectura, no lo dudo: delicia. Os copio algunos de mis subrayados (también en comentarios, hasta que IG tenga a bien ampliar caracteres) , porque a buen seguro alguna de vosotras estáis o transitareis por ese camino.
La mayoría de los hombres, y más aún las mujeres-mujeres jóvenes, temerosas de sí mismas-, castigan a las mujeres mayores con mofas, las castigan con crueldad, cuando ponen de manifiesto inadecuados signos de sexualidad.
Aquella invisible línea trazada alrededor: “no me toques….”, aquella mirada sexualmente altanera propia de alguien, más joven, que aún no ha cumplido los veinte, y dice: no soy para ti, persona impúdica, pero si supieras lo que podría hacer contigo si quisiera… Una mirada acompañada de la ronca (silenciosa), burla del adolescente, lleno de agresión sexual, deseo y dudas sobre sí mismo
Estar enamorado es una condición poco importante, e incluso cómica. No obstante, hay pocos estados más dolorosos para el cuerpo, el corazón y -peor aún- la mente. […] por qué las personas enamoran con frecuencia y no se enamoran en condiciones de igualdad, ni tan siquiera al mismo tiempo.
Envejecer, o incluso hacernos mayores, es tan cruel que mientras gastamos todas y cada una de las energías en intentar despistarlo o posponerlo, en realidad raramente conseguimos que su constatación no nos hiera aguda y fríamente.
Millones de personas pasan sus vidas, tras feas máscaras, suspirando por la simplicidad desde el amor conocidas por la gente atractiva. Ahora no hay diferencia entre mi persona y aquellos excluidos del amor, pero es la primera ocasión en que me doy cuenta, puesto que a lo largo de mi juventud, me encontré entre la clase privilegiada sexualmente, pero nunca pensé en ello o lo que podía significar no serlo.
Inesperadamente, llegó a un estado en el que dormir sola era un don, y una gracia, y no podía creer que tan recientemente hubiera llorado y sufrido por la compañía del cuerpo de un hombre.
Imágenes de sus propios encantos no podían alimentar el erotismo como, solo ahora lo comprendía, habían hecho en otro tiempo, cuando se había sentido casi tan ebria de sí misma como del cuerpo masculino que amaba el suyo. Ni se podía permitir recuerdos de cómo había sido ella, Puesto que comportaban una seca angustia de pérdida.
Cómo pude vivir cómodamente durante años y años, y luego, de repente, caer enferma de añoranza… ¿de qué? ¿qué es lo que permanece despierto en el oscuro, cuerpo y corazón y mente, enfermo, por el anhelo de afecto, de un beso, de consuelo?
La realidad es que no hay tantas relaciones auténticas en una vida, pocas historias de amor.
Una mujer de cierta edad se planta delante de su espejo, desnuda, examinando esta o aquella parte de su cuerpo. […] Lo que no podía evitar (tenía que afrontarlo) era que cualquier chica, por poco agraciada que fuera, tuviera algo que ella no poseía. Y que nunca más volvería poseer. Era algo irrevocable. No se podía hacer nada. […] Había ido llegando aquella situación resignadamente, como se supone que se debe hacer, y luego, de repente la caída en el abismo. […] Hay dos fases en esta enfermedad. La primera es cuando una mujer mira, mira más de cerca: sí, aquel hombro; sí, aquella muñeca; sí, aquel brazo. La segunda es cuando se obliga a ponerse delante de un espejo real, para mirar dura y fríamente a una mujer que envejece: se obliga a volver al espejo, una y otra vez, porque la persona que está mirando siente que es exactamente la misma (cuando está lejos del espejo), que a los veinte, treinta, cuarenta. Es exactamente la misma que la muchacha y la mujer joven que se miró en el espejo y contó sus atractivos. Tiene que insistir en que esto es así, esto es la verdad: no lo que yo recuerdo… Esto es lo que estoy viendo, es lo que soy. Esto. Esto.
El poeta hablaba del amor, no del dolor. Después de todo, es posible estar enamorado y no desear estar muerto.
Había estado pensando, con excesiva frecuencia: nunca más tendré un cuerpo de hombre joven en mis brazos. Nunca. Le había parecido a la sentencia más terrible que el tiempo pudiera dictar.
Y hablaba como si lo hiciera de una rodilla rota o de una jaqueca, y no de un brutal puño que golpear repetidamente en el corazón de uno.
“No sirvo para el dolor” había dicho él. Bien, tampoco ella servía. Ni creía en ello. ¿Para qué servía el dolor? ¿Qué es lo que duele? ¿Por qué duele nuestro corazón físico? ¿Qué es este peso que llevo dentro? Parece una piedra pesada sobre mi corazón.
-Creía haberlo aceptado todo, pero no es verdad. Por lo tanto, vuelta empezar.
Con este telegrama, quería decir: pensaba que había aceptado que no me casaría, ni tendría un amante serio con quien vivir, porque mi madre está enferma y empeora y, en cualquier caso, estoy envejeciendo, aparecen canas en mi pelo y era muy desgraciada pero lo había aceptado, pero ahora…