Lo primero que voy a decir es que Aquelarre, la Isla del Fuego, de Fernanda Bertonatti y Vanesa O’Toole, es el inicio de una saga fantástica que tiene previsto extenderse por cuatro libros (en principio), y que cada uno transcurrirá en una isla (Isla del Fuego, Tierra, Aire y Agua). Al comenzar a leer, y si somos seguidores de la temática, inevitablemente pensamos en los primeros libros de Harry Potter, pero sólo en cuanto a la premisa: chicos que asisten a un lugar mágico a comenzar su aprendizaje, y allí forjarán amistades, amores, y en algún momento se darán cuenta que están en medio de un conflicto más grande, que los supera, y en el que jugarán un papel preponderante. Ahí se terminan las similitudes. No prejuzgar. Lo que acá encontramos es una historia con vida propia, que abreva en textos de magia y ocultismo con profundos conceptos y que le dan un trasfondo más sutil y realista que el de la obra de Rowling. Encontrar en una historia que apunta a un público juvenil (al que muchas veces se subestima), referencias a Eliphas Levi, Aleister Crowley, El Kybalion, entre otros, fue un verdadero placer, a la vez que invita a visitar (o revisitar) los textos mencionados para enriquecer la experiencia.
Lo segundo a mencionar es el hecho que la historia se desarrolla en dos líneas de tiempo: la primera y principal, en el año 1996, donde conoceremos al grupo de chicos que comienzan su aprendizaje mágico en La Capital, la Isla del Fuego, y donde pasaremos un año acompañando a los adeptos dando sus primeros pasos. El tono de esta línea argumental es fresco y ameno, con el espíritu de un primer año de secundaria, donde comienzan sueños, se hacen amigos, nacen amores, y también celos y peleas. He leído alguna crítica a esta trama porque los personajes se comportan frívolos y superficiales, pero justamente las autoras no olvidan que estamos ante chicos en la pre-adolescencia, y a pesar de que están en una isla para desarrollar sus aptitudes mágicas, sus intereses, objetivos y miedos no escapan a los de cualquier chico de su edad. En ese sentido me parece muy bien presentado su mundo, y tranquilos, que nada es lo que parece. Los personajes evolucionan, sufren, aprenden, y crecen. Tiempo al tiempo. En Candra, por ejemplo, eso se ve claramente. Una de las autoras me preguntó cuál personaje me gustaba más. Esperé a terminar el libro para decidirlo, y es Candra, sin dudas, a pesar de que su tozudez exaspera más de una vez, jaja. De paso señalar que esta chica aporta un punto de vista interesante: es cristiana y está orgullosa de serlo. Uno podría pensar que una cristiana rechazaría la magia fuertemente, y que a la vez ella misma sería mal mirada en ese ámbito debido a su fe, pero los diferentes puntos de vista religiosos son aceptados por igual, y todos conviven en armonía. Habrá que ver si a medida que la saga avance, se explota el potencial que pueden tener los conflictos de fe en una historia como ésta, que trata, entre otras cosas, del destino.
Gwendolyn es muy interesante también, y parece ser más de lo que muestra. De todas maneras, la mayoría de los personajes están bien trabajados, tienen algo que decir, se sienten “reales”, con sus fortalezas y debilidades, virtudes y defectos, y (casi) no hay ninguno de relleno, y si lo hay, tal vez en el futuro tenga su destaque, veremos…
Al ser muchos personajes, recomiendo ayudar la memoria con la lista que está en las últimas páginas del libro. Al principio aparecen muchos nombres, múltiples puntos de vista, nacionalidades, edades, afinidades, apariencias físicas. Hasta que estén familiarizados con todos, esa lista de personajes principales será de gran ayuda (y, calma, no hay spoilers en la descripción de cada uno). Ah, sí, sobre las nacionalidades tengo una crítica que hacer: me hubiera gustado más profundización en la cultura que trae cada uno por haber nacido donde nació, además de cómo esto afecta su relación con la magia. Me explico mejor: si hay rusos, australianos, argentinos, armenios, taiwaneses, etc., quisiera saber más de sus costumbres, su crianza, su relación con la magia particular de cada región de la que provienen, en definitiva, algo que les sume relieve como nativos de sus respectivas tierras, y no quede todo solamente en una banderita de un determinado color en la ficha de personaje.
Sobre la línea del 2037, decir que también transcurre en La Capital pero en un mundo completamente transformado y para mal. Oscuro (literalmente), desolador, trágico y con un aire de total desesperanza. Sabemos qué ocurre pero no sabemos cómo será posible arreglarlo (¿será posible arreglarlo?). Los personajes de esta línea temporal se nos presentan tan misteriosos como interesantes, y los hechos que aquí se narran son trascendentales, pero las visitas a esta línea de tiempo son espaciadas, y disparan más preguntas que respuestas. En comparación con la línea temporal del 96, la del 2037 tiene menor protagonismo en este primer libro. Habrá que esperar y ver cómo evoluciona la trama para saber qué papel cumplirán los personajes del 2037 en la saga.
Como en toda buena historia, hay fuerzas poderosas en oposición, claro. En este sentido, los personajes que llevan adelante el “gran conflicto” están ocultos tras una bruma dispuesta con habilidad, y hasta el final del libro no terminaremos de juntar las piezas del rompecabezas, e incluso en ese momento, solamente vislumbraremos una parte de la trama mayor. En todo caso, el misterio se agradece, a la vez que engancha para querer leer la segunda parte (La Isla de la Tierra) lo antes posible.
Otra cosa que sugiero para disfrutar mejor de la lectura es tener a mano el mapa de la isla donde transcurre la acción, que si no vino con el libro, como un anexo, pueden conseguirlo en el sitio web de Aquelarre, en la sección dedicada a La Isla del Fuego.
La Isla, justamente, merece un párrafo aparte. Uno realmente la recorre durante el año que transcurre la historia. La experiencia se hace muy vívida con cada descripción, y al final tendremos la sensación de que podríamos recorrerla sin problemas si pudiéramos visitarla. Moverse por sus senderitos en bicicleta me pareció un detalle genial. El Bosque Rojo también es un disfrute. Hasta parecen oírse los pájaros (y otros seres) cuando los adeptos andan por ahí. Ni hablar de la playa…
Bien, esta reseña ya se fue demasiado extensa, así que para concluir: Aquelarre, La Isla del Fuego fue una gratísima sorpresa, y se valora todavía más por el esfuerzo, empeño y amor por la obra que le ponen Fernanda Bertonatti y Vanesa O’Toole, que a su vez trabajan para que la literatura fantástica siga creciendo en Latinoamérica. Con historias como ésta, hacen un enorme aporte para que el género se destaque, sin dudas.
Seguiremos metidos en el Aquelarre, qué va a ser. Ya estamos hechizados para todo el viaje. Recomendadísimo, sin dudas.