La doble perspectiva Platón-Nietzsche se opone, en sentido general, a la suscitada por Aristóteles-Kant, aunque las analogías son, en gran parte, bárbaras. Para los filósofos que podríamos llamar del "ars aude" (es decir, "atrévete a ser artífice" aunque sería más apropiado "poïetes aude", "atrévete a crear", sin distinción de qué es lo creado sino para qué) la creación artística permite al creador elaborar un instrumento para alcanzar ideas superiores. Por ello, Nietzsche sugiere que el verdadero creador haga de su vida una obra de arte que le permita alcanzar el estado de "superhombre", como menciona en Así habló Zaratustra. Así, afirma " ¡Y en verdad! ¡También algunas cosas propias son una carga pesada! ¡Y muchas de las cosas que residen en el interior del hombre son semejantes a la ostra, es decir, nauseabundas y viscosas y difíciles de agarrar -, - de tal modo que tiene que intervenir en su favor una concha noble, con nobles adornos. Y también hay que aprender este arte: ¡el de tener una concha, y una hermosa apariencia, y una inteligente ceguera!". Es decir, mediante la escenificación de la creación, el ser humano es capaz de establecer el camino para los "ciegos" que no saben cómo convertir su interior informe para elevarse como súper-hombres. En esta línea, se encuentra vinculado a la tradición post-kantiana de hallar el camino de la superación, la búsqueda de la mayoría de edad que se encuentra en la misma línea platónica que recoge Agustín de Hippona y que Kant trató de racionalizar aunque, como demuestra en Sobre lo sublime, acaba adoptando una postura donde los juicios apriorísticos son imposibles. No es de extrañar, por tanto, que Nietzsche afirme que "cabalmente al héroe lo bello le resulta la más dificil de todas las cosas. Inconquistable es lo bello para toda voluntad violenta", ya que la única forma de superar el abismo al cual se inclina el creador es observarlo de frente. "Sí, sublime, alguna vez también tú debes ser bello y presentar el espejo a tu propia belleza. Entonces tu alma se estremecerá de ardientes deseos divinos; ¡y habrá adoración incluso en tu vanidad! Éste es, en efecto, el misterio del alma: sólo cuando el héroe la ha abandonado se acerca a ella, en sueños, el súper-héroe." O, lo que es lo mismo, lo Bello se presenta en la imitación (el espejo de la belleza propia, entendida como mimesis de una idea superior al modo platónico) y de esta forma, en el reconocimiento doble de: a) lo imitado y b) lo elevado, es posible para el hombre aproximarse al abismo donde yace el "misterio del alma", en el cual ya será un súper-hombre pero, ojo, en sueños. Es decir, la única posibilidad será abandonando la percepción de lo real ilusorio y aceptando lo irreal trascendental.
En esta tendencia hacia la adquisición de lo verdadero, el papel del artista debe ser siempre entendido como poïetes (esto es, creador) y no como artifex (el ejecutor, que pueden coincidir o no en ser la persona que idea la obra de arte y la persona que le da realidad material). Claro que, para ello y como dije un día en una clase, es necesario utilizar la inteligencia. No debe entenderse como tal más que la primera acepción, la "capacidad de comprender y entender", ya que, como plantea Goodman, el arte puede convertirse y, de hecho en nuestras días, debe ser así, en un instrumento de comunicación. Plantear el arte como syntaxis en lugar de forma corre el riesgo de desvirtuar el sentido de aprendizaje que se transforma en aprendizaje emocional. Por ejemplo, como dije en esa misma clase, no todo el mundo es capaz de comprender qué es la melancolía (su sentido griego, μελαγχολία es simplemente abrumador, es la bilis negra que según los médicos te impedía comer, dormir, te volvía irritable o ausente). Es necesario experimentarla y tener una cierta capacidad liminar para diferenciar tristeza, y también alegría, de la melancolía. La forma de transmitir esa emoción no es lo esencial, sino saber transmitirla.
Tampoco debe olvidarse que, por lo general, incurren los artistas potenciales en el deseo de impregnar a su obra de un “aura” inmediata. No se puede vivir del arte, en todo caso, se vive del mercado del arte. E, igualmente, no se debe vivir del arte sino vivir el arte. “Haz de tu vida una obra de arte”, nos recuerda Nietzsche.Cuando Walter Benjamin se plantea la cuestión del aura en el arte, crea una enorme paradoja dentro de lo que puede ser su propio pensamiento al desmaterializar un elemento que había insistido, a lo largo de todo el siglo XX, en objetualizarse. Es lo que Danto llama la "transustanciación" de la obra de arte (La madonna futura, Barcelona 2004) al convertirse en un objeto que, por sí mismo, impone un paradigma que puede ser repetido ya que el mismo hecho de hacer de algo arte rompe su banalización existencial. Sin embargo, este mismo aura permitió reintroducir el valor cualitativo en un objeto, el de arte, que había sido exonerado de esto al convertirse en valor refugio de la economía de postguerra (así lo sugieren, aunque sin atreverse del todo a desarrollarlo Nathalie Moureau y Dominique Sagot-Duvaroux en Le marché de l'art contemporain, París 2006, pág. 17 y ss.). Claro que no es lo único. Precisamente, no es casualidad que la obra benjamiana se circunscriba en un momento de crisis, desencanto y transición del pensamiento marxista que trató de desacralizar el mundo entrando, en mi opinión, en francas contradicciones.
Por ejemplo, trató de estructurar científicamente las relaciones interpersonales a través de una reivindicación del valor de comunidad frente al de individuo, pero al mismo tiempo situó a ese mismo individuo como eje de su desarrollo económico. Igualmente, criticó fervientemente la religión, o lo sagrado, por convertirse en superstición y, de esa forma, servir de instrumento de control de la masa; pero, como es sabido, ha tenido que servirse del culto personal al líder (como los fascismos) para sobrevivir, caso de Stalin, Mao o Kim Jong-il. Hay cosas que son imposibles de contener y la creencia es una de ellas. Por eso, la teoría en torno a la cual el choque de ideologías que cesó a la caída del Bloque Soviético habría de traer el finalismo histórico, no es más que otro espectro más en el viejo cementerio de las teorías pensamiento cíclico/pensamiento finalista. Prueba de ello es que la tendencia a la ruptura y cese de la materia en la que se trabaja había sido ya tratada por el arte postmoderno a comienzos de los 70. Y no es casualidad que coincida con el fracaso de las reivindicaciones sesentayochistas.
Creo, de hecho, que en el postmodernismo artístico podría estar parte de esta respuesta, como indica Marc Jimenez (Qu'est-ce que l'esthétique?, Paris 1997, pág. 413 y ss; en el mismo libro, muy interesante su reflexión sobre Marx y lo que llama la "infancia del arte"), ya que el deseo de ruptura, de crear tabula rasa no tiene más interés que el de fijar una nueva normativa, no el de romper con el mismo hecho de la normativa. En este sentido, el devenir histórico estaría sujeto al nuevo tiempo presente (esto es un poco de Aróstegui, qué duda cabe) en el cual se investiga en muchos casos de un modo casi periodístico. La verdadera crisis deviene, precisamente, cuando se hace necesario generar nuevas normas en las relaciones políticas, sociales y económicas que han venido impuestas por la despolitización de la vida de la comunidad, y, al mismo tiempo, por la inexistencia de una comunidad real. ¿Cómo se ha conseguido esto? Muy sencillo, alejando al individuo, en primer lugar, del resto de sus semejantes y, en segundo lugar, acercándolo a otros que tienen sus mismos intereses pero en lugares espaciales, y a veces incluso temporales, muy distantes. Malversando a Benjamin, la experiencia de shock (la experiencia fragmentada) se ha trasladado también a las relaciones interpersonales. La forma más sencilla de hacer esto es a través de una educación burocratizada, maniatada y mediocre tanto en los docentes como en los que reciben la formación. Los instrumentos son banales, la información que se proporciona ineficaz y las nuevas normas que sustituyen a las anteriores son, por lo general, frágiles. De hecho, a través de los medios de comunicación masivos lo único en lo que se insiste es en romper la norma. Continuamente. Anuncio de Hugo Boss mediante, por citar un ejemplo.
Pero es que, además, voy más lejos. Visto en perspectiva, la única época real de revoluciones y reivindicaciones de colectivos organizados contra un poder fáctico ha sido el siglo XIX, alargado en algunos casos puntuales como el ruso hasta comienzos del XX. Al eclosionar el pensamiento ilustrado derivado desde el luteranismo y el calvinismo (no hace falta decir que es lógico que fuera desde tierras germanas el lugar del cual se propagó una mayor dimensión para el individuo), sólo quedaba ya situar a "Emilio" (el célebre personaje de Rousseau) en el centro de la sociedad. Para eso hicieron falta nuevas promesas que sustituyeran a las cristianas: daba igual el Reino de los Cielos, el importante era el que el individuo nacional reivindicase (e incluso inventase) aquí en la Tierra. No fue, por tanto, la corriente socialista-marxista la que arrastró al individuo hacia la desacralización de lo divino sino el nacionalismo burgués al sacralizar la tierra común, la nación. Esa lucha derivó en repúblicas, en el final del Antiguo Régimen (cambió la forma sagrada del Monarca por la forma sagrada de la soberanía nacional), y todo eso; pero también en el Imperialismo y, en última instancia, en dos guerras mundiales. Casi podría decirse que al triunfar el Imperialismo se acabó, de nuevo, la Historia. Luego vino todo lo demás. Porque tampoco es casualidad que todo este proceso sobreviniera en el declive de los dos grandes imperios español y francés que basaban su modelo en la fisiocracia a medio camino entre una economía de prestigio y otra de mercado. Al triunfar Gran Bretaña, la economía de mercado se abría paso.
Esa misma economía fue fundamental en el cambio de mentalidad que se observa, por ejemplo, en los impresionistas cuya pintura es, ante todo, burguesa. Al recorrer el Museo de Orsay en París pueden verse paisajes, pinturas delicadas, reflejos de la vida urbana en la que el flaneur, en palabras de Baudelaire, pasea por la ciudad maravillándose del avance que ha proporcionado la democracia burguesa. Su fracaso está en Auschwitz-Birkenau. Después, sólo era posible ya romper con toda norma porque depositamos tanta fe en el individuo y éste ha fracaso tan estrepitosamente que era difícil rehabilitarlo.
No obstante, todavía hubo algunos coletazos durante el siglo XX de las revoluciones anteriores. Aunque contradecir a Rifkin sea una osadía, creo que deberíamos restar dimensión al papel de la sociedad civil en la segunda mitad de siglo. El Mayo del 68 supuso en gran parte un absoluto fracaso. La Primavera de Praga acabó de aquella manera. El Movimiento de Derechos Civiles consiguió grandes cosas pero se diluyó, como el feminismo, en la aceptación o, aún peor, en la auto-marginación como forma de diferencia, y así hasta un buen número de movimientos que siguen suponiendo un modelo descafeinado del sistema decimonónico de individualismo. Probablemente porque la misma fe que tuvimos en la democracia burguesa la depositamos en el neoliberalismo. Ése que ha fracaso y que nos dijeron que había muerto. Ése que ha tiranizado nuestra enseñanza y enmudecido nuestra prensa. Ése que, a día de hoy, sigue siendo el cáncer enraizado por todos y cada uno de los órganos de nuestra sociedad.