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739 pages, Paperback
First published January 1, 1948
He half opened his eyes; through the lashes he sensed the darkness thinning, an inchoate clarity, a hint of light filtering through the dense curtain. Before Adam’s eyes, in the illegible chaos filling the room, colours started gathering and pushing each other aside, and lines began to attract or repel one another. Each object sought its sign and materialized after a quick, silent war. As on its first day, the world sprang forth from love and hate (Hail, old Empedocles!), and the world was a rose, a pomegranate, a pipe, a book. Caught between the call of sleep still tugging at his flesh and the claims of the world already stuttering its first names, Adam looked askance at the three pomegranates on the clay plate, the wilted rose in the wineglass, and the half-dozen pipes lying on his work table. I’m the pomegranate! I’m the pipe! I’m the rose! they seemed to shout, proudly declaiming their differences.
A shifty player, a weaver of smoke – that’s what he’d been and still was! …whether the dream was good or bad, sublime or ridiculous, at least it would be an authentic gesture, an honourable posture before the Absolute. But he, immobile as a god who sits cross-legged and makes himself a self-reflecting mirror, had always been prone to the poetic madness of assuming imaginatively his possible destinies and living them out ad intra, a hundred phantasmagorical Adams having struggled, suffered, triumphed, and died.
They’d all crossed the line now into the land of adventure. Before them, the land sloped away gently, coated in an armour of aggressive bushes, all barbs and quills. But the seven men hardly noticed them, so powerful was their exaltation before that Argentine night, the purity of its gloom, the firmness of its flesh: it seemed to fuse heaven and earth, man and beast, in a single block of darkness. Their eyes soon tired of trying to penetrate the obscurity below. But when they raised their gaze aloft, a sacred dread filled their hearts before the vision of stars clustered in the sky like the thousand eyes of a blinking Argos. It was an ancient terror that rained down from above, and a silence so deep, one seemed to hear the dew distilled in the flasks of the night trickling down to earth.
I looked and for an instant wondered whether what my eyes were seeing was in the realm of reality or fiction… Suddenly there rained down upon the plain a flood of grimy papers, sheets of newsprint, illustrated magazines, gaudy posters. The multitude threw itself upon that grubby manna, picking it up by the fistful, greedily chewing and swallowing it. Immediately afterward, the men lowering their trousers and the women lifting their skirts, they all squatted and solemnly defecated…
"Pero Samuel Tesler lo rechazó, ebrio de coraje.
—Estoy harto de oír pavadas criollistas —dijo—. Primero fue la exaltación de un gaucho que, según dicen ustedes y a mí no me consta, haraganeó donde actualmente sudan los chacareros italianos. ¡Y ahora les da por calumniar a esa pobre gente del suburbio, complicándola en una triste literatura de compadritos y milongueros!
(…)
—La devoción al recuerdo de las cosas nativas —tartamudeó Del Solar, pálido como la muerte— es ya lo único que nos va quedando a los criollos, desde que la ola extranjera nos invadió el país. ¡Y son los mismos extranjeros los que todavía se burlan de nuestro dolor! ¡Si es para llorar a gritos!"
"Una mezcla de irritación y de lástima se había traslucido ya en el semblante del filósofo villacrespense. No ignoraba él los estragos que venía produciendo en la última generación una doctrina herética en sus principios y dudosa en sus fines, la cual, elaborada tal vez en el sucio crisol de algún cenáculo irresponsable, había tornado un vuelo sin parangón en la historia de nuestra metafísica nacional y justificaba los alarmados gritos que ya se oían por doquiera: «Criollismo» era el nombre de tan oscura heterodoxia; (...) fácil era ver que se trataba de levantar hasta el nivel de los dioses olímpicos a ciertos personajes del suburbio porteño cuyas hazañas aparecían cuidadosamente registradas en los archivos policiales de la ciudad. (...)
—¡Hasta dónde puede llegar una mala literatura! ¡Hasta convertir en héroes nacionales a dos o tres malevos inofensivos!"
Franky lo estudiaba con cierta melancolía glacial.
—¡Despampanante! —observó al fin, señalando a Pereda—. Lo mandan a estudiar griego en Oxford, literatura en la Sorbona, filosofía en Zurich, ¡y regresa después a Buenos Aires para meterse hasta la verija en un criollismo de fonógrafo! ¡Bah! ¡Un pobre alienado!
"Lo malo está en que don Luis ha querido llevar a la literatura sus fervores misticosuburbanos, hasta el punto de inventar una falsa Mitología en la que los malevos porteños adquieren, no sólo proporciones heroicas, sino hasta vagos contornos metafísicos."
"Lector agreste, si te adornara la virtud del pájaro y si desde tus alturas hubieses tendido una mirada gorrionesca sobre la ciudad, bien sé yo que tu pecho se habría dilatado según la mecánica del orgullo, ante la visión que a tus ojos de porteño leal se hubiera ofrecido en aquel instante. Ya Buques negros y sonoros, anclando en el puerto de Santa María de los Buenos Aires, arrojaban a sus muelles la cosecha industrial de los dos hemisferios, el color y sonido de las cuatro razas, el yodo y la sal de los siete mares; al mismo tiempo, atorados con la fauna, la flora y la gea de nuestro territorio, buques altos y solemnes partían hacia las ocho direcciones del agua entre un áspero adiós de sirenas navales."
"Hombres y mujeres, en número infinito, corrían y se amontonaban en aquella planicie, acá y allá, sin orden alguno, como torbellinos de hojas otoñales al soplo de contrarios vientos: la multitud se detenía súbitamente, y sus millares de cabezas giraban en redondo, semejantes a otras tantas veletas indecisas; luego mujeres y hombres tornaban a correr, a entrechocarse, a detenerse y a levantar sus cabezas giratorias. De pronto se descolgó sobre la llanura un diluvio de papeles mugrientos, hojas de periódicos, revistas ilustradas, carteles llamativos; y la multitud, arrojándose al punto sobre aquel roñoso maná, lo recogió a puñados, lo masticó y devoró con avidez. En seguida, ellos bajándose los pantalones y ellas levantándose las faldas, se pusieron en cuclillas y defecaron solemnemente, mientras, con voces de cotorras, declamaban ampulosos editoriales, gacetillas de cinematógrafo, debates políticos, noticiarios de fútbol y crónicas policiales.
—¡Gran Dios! —murmuré, volviéndome hacia el astrólogo—. ¿Qué pueblo es ese que tanto se agita en la llanura? Todas esas caras me son familiares, como si las hubiera visto mil veces en la calle Florida, en el Luna Park o en el estadio de Boca Juniors.
—Es el pobre Demos —respondió Schultze—: la mayoría nuestra que, inclinada igualmente al bien y al mal, sigue la dirección de cualquier viento. Sus actos y voces anuncian a las claras que hoy la solicitan vientos despreciables (...) Si bien lo mira —concluyó Schultze—, resulta una fiel imagen de la existencia que todos ellos cumplen en la Buenos Aires visible."
