Cortázar es el jugador de la lengua por antonomasia, al menos, del idioma español. Ningunx como él se permite jugar, o como hubiera quizás preferido él, "jazzear", con un libro. La epítome, Rayuela. Pero también los cronopios, también las transcripciones de sus lecturas en universidades. También, desde luego, sus poemas.
El libro como objeto no es una innovación de Cortázar, pero sin duda es quien, de entre los escritores latinoamericanos del siglo pasado, más exploró los límites de esta idea. Jugar con las palabras, no solo en español, sino en inglés, en francés. ¿Y por qué no? En lenguaje "cronopio" también. Y ya que estamos en esto, ¿por qué no también jugar con la edición? Pongamos textos de cabeza, reinventemos las notas al pie, incorporemos elementos poéticos con la prosa. ¿Qué cosa es esto: un collage, un poema, un pequeño ensayo, una ficción, un cuento, una carta? Lo que es, es una obra.
Es verdad: de la obra de Cortázar, esta es quizás una de las más difíciles de abordar, de masticar, de digerir. No por su complejidad en la prosa, sino porque uno debe hacer el ejercicio de SOLTAR y entender que a veces el aparente sinsentido, es un sentido para alguien más. Hay ensayos que no entenderemos del todo; no habrá que intentarlo.
En la etapa de mayor productividad académica y política de su vida, Cortázar entrega este libro como una ventana para mirar dentro de su curiosa mente de camaleón - en sus palabras -. Qué buen viaje al día de Cortázar en ochenta mundos.