El lector es, ante todo, una persona ávida de experiencias, un
sujeto predispuesto a dejarse llevar por el hilo conductor de
una pasión entre líneas. La soledad es, en cambio, una
alimaña de la que todo lector sufre su excesivo apego. En ese
que lee con ansiedad disfrazada de curiosidad, se aprecia
cierto rescoldo de misterio en sus facciones avivadas por el
ingenio de la lectura; unas señales faciales que hacen
adivinar la naturaleza de sus mentes, en demasía
ambiciosas, tanto que las experiencias de una vida normal no
satisfacen su apetito. Necesitan de más vivencias, de más
pasiones, de más vida; y en ese afán de vivir varias vidas en
una, se acaba cayendo en la cuenta de que no se vive
ninguna.