Este señor sí que la supo hacer. Mientras lo leo no puedo evitar imaginarme aquel personaje tan peculiar riendo con todas las ganas, al pensar en cómo embaucó a cientos de lectores/compradores; cómo embaucó traductores, editores, críticos literarios, y hasta al jurado del Rómulo Gallegos. El tipo debe pensar algo como “mierda, esta recua de palurdos hijos de puta sí me compra es pero lo que sea”, mientras se carcajea. Y no es para menos…, Vallejo escribe los únicos libros “decentes” -en el sentido de haber conseguido reconocimientos literarios importantes- que el colombiano promedio podría leer -al menos el de clase media y media-baja, que algo lee.
Todo ese sinfín de invectivas, quejas por el panorama político, vulgaridad, misoginia, racismo, etc., etc., son justo lo que el valiente pueblo ninguniano espera de un escritor, o mejor, lo único impreso que podría resultarles de auténtico interés. Es paradójico, pues son estas personas, que tanto dice odiar, a las que pide que mueran y dejen de reproducirse, sus mayores lectores, y los compradores idóneos para sus libros.
Esto es lo que hace que su obra sea algo tan sucio: que está escrita a la manera más colombiana posible: quejándose mucho por todo y de todos, pero sin hacer ni proponer nada al respecto. Vallejo es el más colombiano de todos, alguien que “hijueputea” -su verbo predilecto- a todo el mundo, porque cree que se las sabe todas, que la inmundicia no lo impregna y la maldición no lo impreca. Pues bien, no es que se las sepa todas, ni de lejos, de hecho, debe subsanar su falta de profundidad y alta-cultura con ciertos artificios recurrentes, como biologicismos -a veces eugenésicos, a veces simplemente médicos-, y rememoraciones nostálgicas de una infinidad de pasajes de su infancia y juventud, que regresan desfachatadamente en todas sus novelas, junto con sus tantos odios imperecederos y hasta contradictorios.
Se trata de la más pura novelística del yo, es decir auto-ficción, algo similar al stream of concioussness, pero con un solo personaje -él, por supuesto-, y sin llegar a las profundidades de la psiqué características de estas técnicas narrativas, pues lo suyo se queda en la superficie del ego, que le arroja incansable exageraciones pantagruélicas de anécdotas, sandeces vistas en noticieros, kilos y kilos de insultos -la mayoría dirigidos al papa, a la gente de a pie y a su propia madre- y datos enciclopédicos irrelevantes que va recordando. A este respecto vale la pena recalcar su uso abundante de cultismos latinos y comentarios sobre gramática, en una especie de clasismo sostenido por la curiosa idea de que conocer bien el idioma materno es equivalente a ser inteligente y culto, cosa que ni de lejos podría ser verdad.
Quizás por todo lo anterior sea aquel pueblo que tanto detesta el que le ha dado sus más jugosos dividendos en derechos de autor -o a lo mejor no, porque aquí lo poco que se lee se piratea como ron caribeño, como arroz chino. Incluso algunos de los nadaistas -de quienes también lo he leído quejarse- le ven como una especie de revelación literaria, aunque se deba a que son igual de biliosos y vulgares, muy a la antioqueña -al modo de las guascas y carrileras-, sólo que ellos, en su mayoría, parecen ser muy ineptos como para escribir sus propias novelas.
Esta cercanía fraternal envidiable con nuestra gente e idiosincrasia son, a la vez que la fuente de su popularidad, su defecto literario más marcado, porque algo tan local pierde universalidad. Puede ser cercano a personas de otros lugares, pero sólo debido a que mucha gente ha tenido algún tío, conocido, madre, hermana, abuela o vecina gritona, vulgar y medio blasfema, cuyas afirmaciones políticamente inaceptables son vistas por todo el mundo con la recepción risueña que sólo puede ofrecer una perspectiva familiar y jocosa de algo extremadamente ofensivo.
Ahora bien, no todo en sus páginas es tiempo perdido yéndose junto con los cadáveres que arrastra el Cauca de sus memorias. Tiene vuelos poéticos verdaderamente interesantes, surgidos de las catacumbas del modernismo latinoamericano. Estos saltos entre las travesuras sinuosas de la muerte, sumados a un nihilismo un tanto pueril, le dan ese toque de cuasi elegancia que le ha hecho acreedor a comparaciones con autores a los que no les llega ni a los tobillos -como el buen Celine.
Respecto a sus buenas fórmulas poéticas, Vallejo admite las simpatías en que se originan. No son gratuitos sus trabajos biográficos sobre Asunción Silva y Barba-Jacob, o su confesado aprecio por la prosa autárquica de José María Vargas Vila, quien también fue homosexual, misógino, invectivo, anti-clerical, anti-colombiano y contestatario al son de los cocos. Sin embargo, en la época que le tocó vivir al bogotano todo esto tenía más mérito; eran tiempos represivos, y sus invectivas al menos llamaban a las masas al sentimiento libertario -aunque fuera de una manera difusa y politológicamente mal argumentada-, mientras que las invectivas de Vallejo, plenamente nihilistas, no invocan más que a la muerte.
Bueno, es posible que esa sea su gracia, y hasta la única cuota de universalidad que albergan sus escritos: ese sentimiento de estar solo y nadando en bilis, añorando e idealizando la muerte, pero al mismo tiempo, rezándole a un pasado que visto desde el presente infernal parece idílico. En esta contradicción que arremolina flota la belleza de sus relatos, pese a que los excesos de provocación amenacen con hacer que todo parezca un simple adorno retórico.
Tal vez el que la vida del enemigo acérrimo del vaticano se desenvolviera en tranquilidad, relativamente desprovista de miserias materiales, represente una ganancia para su obra. Su estilo expresa inconformidad, nostalgia y hasta melancolía, pero nunca un auténtico dolor, es probable que se quede en lo más yoico precisamente por la imposibilidad de salir del cobijo de las alas de un pesimismo hedónico y facilista; la elección de quejarse en lugar de sufrir, de odiar como por amor al odio, sólo para evitar la soledad y la gélida tristeza que anuncia la muerte.
En cualquier caso resulta entretenido de leer, tiene muy buen oído para el castellano, tanto para el limpio como para el soez, y un gran talento para mezclarlos, anudando asociaciones mentales en un lenguaje preciso. Evoca y mantiene el interés, pese a las redundancias y discontinuidades en el hilo temporal -si es que maneja alguno.
Leer su libro me hizo dudar de la seriedad tras el ensayo que Pablo Montoya escribiera sobre el conjunto de sus obras, pues parece querer hacer ver como descubrimientos personales ciertas características que el propio Vallejo resalta acerca de sí mismo, de una manera bastante explicita y transparente. A saber: su relación ambivalente con lo católico, que le lleva a insultar y quejarse por todo lo relacionado con la cristiandad, a la vez que extrae la mejor prosa de su estilo característico de adagios de beata y salmos domingueros; una serie de santiguamientos y blasfemias que parecen antitéticos, pero que se complementan a la perfección dentro de su universo narrativo de culebrero, resultando bastante graciosos, sobre todo al lector antioqueño, dada su cercanía coloquial.
También me parecen insuficientes los desenmascaramientos que P. Montoya intenta frente a su falta de pensamiento político serio, basados en sus constantes cambios de partido y postura, pues él mismo dice en forma abierta que ningún partido le parece mejor, aunque a veces se sienta liberal o conservador por lo mismo que hace que llegue a sonar muy religioso en ciertas ocasiones, es decir: por simple evocación empática de las predilecciones de alguien cercano a sus afectos.
Insisto, a veces me destornillo de la risa; es como si leyera una novela escrita por una de las tías malhabladas de mi padre, sólo que con un plus de sordidez, rencor y purismo gramatical.