A esta novela le duele el título.
No son grotescos lo que desfilan en las páginas de este libro testigo de la duda en el cinismo; este libro desnuda las conspiraciones contra la familia, éste es un libro que hubiera querido escribir orgulloso para después hundirme de vergüenza por las obligaciones a las que están sometidos los personajes.
En Los grotescos, cada integrante de esta adinerada familia tiene sus razones de fuera para ser infeliz: entre los hijos de aquella anciana moribunda se cuentan ladrones, putas, cobardes, enfermos, hipócritas, drogadictos, pero durante la cena familiar el telón de las apariencias los abriga todos en una sola farsa monumental, colectiva, agonizante. En la novela, la muerte es un fantasma que sorbe el café entre los invitados que se odian a sonrisas, mientras que el morbo carcome a cada personaje hasta dejar borra de lo que alguna vez fueron, y los dedos del lector quedarán impregnados de toda esa hojarasca traidora, producto de una familia carente de moral, pero nunca de ginebra y oporto.
No es la aristocracia lo importante, lo importante son los celos, las llamadas secretas, las ganas de cogerse a la prima, la respuesta de culpar a la criada. Los grotescos no presenta a grotescos, sino que presenta lo grotesco, lo inhumano del humano, lo ajeno en el hermano, lo odioso en el marido, la sangre de mi sangre siempre que también venga con perlas.
Mauricio Bernal es el titiritero en esta merienda de ridículos donde los mafiosos tienen miedo y las salas de recepción reciben a los invitados con imágenes terribles y alegóricas (Colgado en la sala, el cuadro de "La balsa de la Medusa" adorna de manera perfecta tanto lo que ocurre en la casa como lo que ocurre en toda la novela); la abuela no es más que el portal por donde se cuela la muerte para hacer dudar a cada personaje de sus virtudes y su moral anticuada. Ninguno de ellos es nefasto, pero tampoco son apremiantes, no se merecen herencia alguna, y al mismo tiempo los amamos cada a uno a su manera, a su estúpida manera de callar las cosas para todos, menos para el lector que encuentra en increíble desnudez cada instante pensado por las avariciosas mentes de cada hermano, cuñada y sobrino en casa.
La novela es constante en tensión y drama, cada uno de los remedios de persona tiene su voz, su forma, su peso. En algún momento pensé que me haría falta garabatear un árbol genealógico que me ayude a distinguir quién es Germania, Emilio, Federico y Ximena, pero el narrador jamás suelta al lector y lo mantiene fresco en la carroña de aquella casa para perdedores con zapatos lustrados.
La novela termina con un remate cortaziano, los personajes ascienden y descienden con la justicia divina de quien se sabe partícipe de una magnífica vergüenza familiar.