"Debería despertarme. Esa es la salida más facil, ¿verdad?, y la menos realista, aunque ¿no sería bonito? Pero debería. Debería despertarme. Esto es un sueño demasiado terrible. Alguien lo llamaría pesadilla... es una pesadilla, ¿pero por qué andar discutiendo por definiciones?... y si puedo despertarme de ella debería, porque entonces cambiaría todo, pero ahí voy otra vez, el pretexto más fácil y más deseable del mundo, el sueño."
Cuando uno cree que agotó todas las variantes posibles de la novela, se choca con "Interestatal" de Stephen Dixon, este extraordinario cuentista y novelista norteamericano, fallecido en noviembre del año pasado.
Esta novela es de un impacto altísimo, ya que a uno como lector le estalla en los ojos y la mente y lo pone incómodo, lo hostiga, lo hace sufrir, desesperarse y preguntarse muchas cosas.
"Interestatal" es de esas pocas que realmente incomodan.
Tan sólo le basta una hoja de narración a Dixon para estamparnos en la cara el problema que le surge de golpe a Nathan Frey, el personaje principal del libro, así, intempestivamente y sin rodeos, manejando su auto por la autopista interestatal cuando dos tipos se le ponen al lado a alta velocidad y comienzan a molestarlo y pedirle que baje la ventanilla, le hacen señas, lo increpan, se ríen, se burlan, Frey accede casi ingenuamente y comienza la tragedia, ya que el acompañante saca un arma y le apunta directamente a la cara; Frey se aterra, trata de evadirlos, pero no puede, se desespera, le pide a sus dos hijas Margo de 9 y Julie de 6 que se mantengan agachadas, pero algo sale mal, y el delincuente dispara, el tiro rompe el parabrisas, le lastima la mano y sigue otros dos balazos más, se escuchan gritos de las niñas y de Frey desaforado, desesperado, pero sucede lo impensado, una de las balas impacta contra Julie y la mata (vaya, pero si parece que estoy escribiendo al estilo de Dixon sin darme cuenta), entonces Frey enloquece y lo impensado sucede, Julie está desangrándose, todo es un caos en medio de la autopista, ya que Frey no logra revivirla, Margo grita como loca, llora desconsoladamente, tiene que actuar con la mayor premura posible, logran salir de la interestatal acompañados por la única persona que paró para ayudarlos para llegar al hospital pero ya es tarde, Julie ha muerto y no hay vuelta atrás; todo se pone negro, Frey se desmorona, ¿qué hacer?, ¿cómo seguir?, ¿cómo decirle a Lee, su esposa que su hija está muerta? Los interrogantes se agolpan en la descontrolada mente de Frey y todo el primer capítulo de "Interestatal", que es el mejor del libro narra esta trágica historia agolpando sucesos, interrogantes, miedos, caos y desesperación hasta el final de lo que sucede después de ese homicidio, del funeral, de cómo Frey persigue a los asesinos de su hija, de los años posteriores, tratando de rehacer su vida ya rota, de Margo ya grande y casada, de esa pesadilla que se instala en su cabeza y no puede borrar nunca más. Pero esto no es todo, ya que Dixon, como en un loop infernal vuelve a la carga desde la óptica de Frey y todos los hechos vuelven a vivirse en forma cruel, descarnada, horrenda, capítulo tras capítulo, en siete oportunidades más sin freno ni paz, todo es un verdadero pandemonio, como un castigo del infierno dantesco, y todas las emociones, las sensaciones, los dolores y los sufrimientos de Frey vuelven a hacerse carne propia, una y otra vez, sin stop, sin piedad, porque es una horrenda pesadilla de la que no puede escapar, como un enorme callejón sin salida. Los siguientes capítulos ahondarán en la historia, en lo que pasó después, en las situaciones previas de Frey con sus hijas antes de emprender el viaje desde Nueva York por la interestatal, de su derrumbe psicológico, siendo "Interestatal 6" e "Interestatal 7" los que Dixon decide incluir cambiándoles el final en lo que parece ser distintas versiones del mismo hecho, pero también Dixon plantea toda una diversidad de temas posibles que incluyen, la relación de padres con hijos, el existencialismo, el dolor, la carga, el remordimiento, la culpa, lo que no debería haber pasado, el amor de nuestros hijos, la reacción ante situaciones extremas, la injusticia, Dios, la religión, la medicina, la muerte. A mi entender el mejor capítulo de esta excepcional novela es "Interestatal 6" cuando Dixon nos pone a nosotros los lectores en los zapatos de Frey preguntándonos, ¿qué harías? ¿hubieras hecho lo mismo que Frey? ¿hubieras frenado? ¿te hubieras planteado los mismo remordimientos que él? ¿cómo enfrentarías la aterradora y dolorosísima posibilidad de ver a tu hijo o hija muerta? ¿resistirías? ¿te desmoronarías? ¿te volverías loco? ¿te suicidarías? ¿qué hacer? ¿cómo seguir? Quién sabe... yo puedo afirmar que fue angustioso leer ese capítulo con la imagen de mi hija de cinco años persiguiéndome en la cabeza y trataba de no imaginarme esa situación, pero era inevitable pues volvía una y otra vez y seguramente no volveré a leer esta novela aunque sea tan buena pero a la vez tan dura, cruda, angustiosa, no sé, no me veo atravesando estas páginas de nuevo y no lo voy a hacer aunque sea ficción porque lo que Dixon logra en esta supera en todo lo que leí a otras novelas como "La carretera" de Cormac McCarthy o el final de "Humillados y ofendidos" de Fiódor Dostoievski que son lo únicos dos casos en lo que tambaleé debido a lo triste y desolador que estaba leyendo.
Stephen Dixon, que por lo que se ve era un experto en esto de escribir distintas versiones de un solo hecho como sucede en esta novela y que es algo que hizo en cuentos como "Adiós al adiós" en los que pone en práctica distintas variantes posibles para su final.
Otra de sus características es también la de utilizar en "Interestatal" la narración en primera persona (en los casos que Frey piensa, cuenta o trata de razonar lo que le sucede), segunda (la más intempestiva, la que pone al lector en el lugar de Frey y lo presiona para asumir esa realidad ficcionaria del personaje) y tercera persona (cuando expone los hechos con la mayor cantidad de detalles posibles que percibimos en el día a día pero a los que no les prestamos atención).
Dije alguna vez que Dixon es un escritor original y que los talentos como él son atemporales y lo sigo sosteniendo.
Esta novela pone a prueba los nervios del lector y es imposible abstraerse porque como autor genial que es, troca la figura del personaje por la nuestra y al plantearnos estos dilemas como yo hice con la pequeña Julie a la que visualizaba con la cara de Martina, mi hija.
Escribir novelas tan vanguardistas como estas no le salen a cualquiera, pero sí a Stephen Dixon.